La espigadora y yo: Agnès Varda (1928-2019)​

En la noche del 28 al 29 de marzo murió la cineasta Agnès Varda, cuyas obsequias, a las que asistí, fueron el martes 2 de abril. Mi crónica salió en el suplemento de Cultura de la diaria ese viernes.


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“Ningún rasgo distintivo, ningún talento excepcional, pero estoy acá. Ustedes me miran. Y el tiempo pasa”, dice Jane Birkin mirando a cámara, envuelta en negro. Hace un momento su rostro se fundía sobre la máscara mortuoria de la desconocida del Sena, una muchacha hermosa que fue encontrada ahogada en 1865 y de cuya cara, se dice, el encargado de la morgue hizo una réplica que luego se vendió masivamente.

Lo que describo es una escena de Jane B. por Agnès V. (1988), documental de  que sigue a la cantante y actriz, y que vi por primera vez el jueves 28 de marzo de este año. Si anoto la fecha es porque a la mañana siguiente me desperté con la noticia de que Varda había muerto esa madrugada.

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Mi historia con Varda tiene ya unos cuantos años. La primera película suya que vi fue Sin techo ni ley (1985), en un curso de lenguaje cinematográfico. La historia, que se centra en una joven llamada Mona que parece vivir por fuera de la sociedad, está narrada con maestría, tensando los límites entre lo que comúnmente se denomina ficción y el documental, y pone en cuestión el tema de la verdad y el lugar de la mujer en la sociedad.

Fue, la verdad, una manera casi perfecta de ingresar en la filmografía de Varda, que en todo momento está empujando las barreras, desde la pionera La pointe courte (1954), considerada por muchos la precursora de la Nouvelle Vague francesa. Según sus palabras, ella no sabía filmar cuando rodó esa pieza iniciática, pero tenía experiencia con las imágenes por medio de sus trabajos como fotógrafa y sus estudios de historia del arte, dos rasgos que serán omnipresentes en sus obras, desde el impactante largometraje La felicidad (1965), inspirado por la obra de Vincent van Gogh, hasta cortos como Ulises (1983), en el que la fotografía y la memoria omnipresente tienen un lugar principal.

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Las pinturas siempre funcionan como puntos de partida en su obra, y establecen un diálogo constante con las cosas que filma Varda, que fueron tendiendo cada vez más a lo autobiográfico. Así, por ejemplo, en Los espigadores y la espigadora (2000) la cineasta dirige su cámara a su mano libre, posada como un animal extraño sobre un autorretrato de Rembrandt traído de Japón, restos de la cultura que ella acumulaba en su casa y en sus películas, porque lo suyo es un acercamiento a sí misma a través de lo otro: es verse en un extrañamiento perpetuo que la hacía maravillarse por todo, encontrar la belleza donde los otros veían fruta podrida o mero amontonamiento de plástico y metal.

En sus muchos y variados films, desde Las criaturas (1966), que casi parece guionada por Adolfo Bioy Casares, hasta la impactante Una canta, la otra no (1977), atravesada por las luchas feministas de su década, Varda desarrolló un lenguaje propio y maleable, que asombra por su capacidad, precisamente, de asombrar, aun en cortometrajes como Las llamadas cariátides (1984), armado a través de los fulgurantes versos de Charles Baudelaire, que ayudó a cambiar no sólo mi forma de ver el cine, sino también la ciudad.

Sin embargo, fueron versos de Arthur Rimbaud los que su amiga Catherine Deneuve eligió para despedirla en el homenaje organizado por la Cinemateca Francesa, en el que también cantó Birkin y hablaron otros. Aunque todo eso me lo perdí porque estaba dando clases al otro lado de la ciudad, llegué al entierro, pensado como un evento más íntimo, al que, no obstante, acudió mucha gente; varios fueron con un pin con una caricatura de la artista, ansiosos por compartir ese momento de intensidad.

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Esa mañana, la del martes, amaneció lloviendo, pero pronto las nubes dieron paso a un sol tímido y reconfortante que, combinado con el agua, daba a todo un brillo como de primer día. Yo iba tarde, así que corrí un poco entre las lápidas resplandecientes y los árboles floridos del cementerio de Montparnasse y llegué justo cuando hablaba su hija Rosalie, que recordó, entre la emoción y la risa, las tres cosas que su madre consideraba necesarias en la vida: una computadora, una cámara y un gato.

En seguida habló su hijo, Mathieu, que conservó el mismo tono de alegre tristeza, notablemente agradecido por las muestras de afecto y, lejano a la solemnidad (que su madre detestaba), la recordó asistiendo al Festival de Venecia, a los 75 años, vestida de papa.

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Su amor por las personas y las cosas, su delicadeza y su sentido del humor, su personalidad curiosa, inteligente y trabajadora y, por supuesto, su pelo blanco y rojo (colores con los que uno de sus nietos pintó por la noche la parte esférica de los postes de una de las calles lindantes con el cementerio), fueron las verdaderas constantes en los discursos de sus hijos y también de dos de sus cinco nietos, Valentin y Corentin, que, con la voz quebrada, dieron cierre a la ceremonia.

Así, mientras se pedía intimidad y respeto, la banda que acompañaba comenzó una extensa versión de “L.A. Woman”, de The Doors, especialmente bien elegida porque, como cuenta en su film de 2008 Las playas de Agnès (y me comentó también, conmovido, un veterano), Varda conoció a Jim Morrison en su estadía en Los Ángeles, a fines de los 60 y, además, fue una de las pocas personas que asistieron a su entierro en el cementerio de Père-Lachaise.

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Con el hipnótico sonido de las guitarras de fondo, mientras los asistentes, muchos con lágrimas en los ojos, bailaban y aplaudían siguiendo el ritmo, Varda fue llevada en cortejo, discretamente, a su nuevo lugar, junto a su marido, el magnífico cineasta Jacques Demy, a quien ella le dedicó Jacquot de Nantes (1991).

Poco después, hijos y nietos esperaron en un recodo, donde recibieron saludos y condolencias y, uno a uno, los asistentes pudimos dejar, en silencio, flores y pétalos sobre el pequeño ataúd, ya más cerca de la tierra.

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Son pasadas las 15.30. Vamos saliendo del cementerio y algunos caminamos, como llevados por su magnetismo, hacia la casa de Varda, sede de la productora Ciné-Tamaris, en los números 86-88 de la calle Daguerre, a la que dedicó un documental hermoso. Ahí, como sucede desde el viernes, se vuelven a acumular flores y globos, cartas y postales, papas con forma de corazón y pajaritos, y todo parece querer traer de nuevo esas imágenes, ese pasado que Varda no quiso recordar, sino revivir. Y ahora mismo, mientras ella no está, la veo en la pantalla, diciendo para siempre en estricto presente.

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