Piedra blanca sobre piedra negra: sobre el incendio de Notre Dame

La tarde del lunes 15 de abril de 2018 comenzó un incendio que se llevaría una de las torres y el techo de la catedral de Notre Dame de Paris. Al otro día fui a ver lo que quedó y escribí esta crónica, que salió ese jueves en la diaria.

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El interior de Notre Dame después del incendio, por Christophe Petit Tesson

Todavía hay olor a quemado en el aire. Es apenas un resto delicado, lo último que queda del techo de roble de Notre Dame, junto a las cenizas que limpiaron el viento y el río. Salgo de la estación de trenes y me encuentro con una multitud que quiere cruzar hacia la Île de la Cité, donde todavía no pueden pasar los autos particulares.

Cintas de color blanco y rojo seccionan la isla: de este lado los curiosos, del otro el orden. Suenan sirenas y se sienten las voces apagadas por el asombro, por una suerte de consenso de estar a punto de formar parte de un momento histórico. Apuro el paso y llego a la orilla izquierda. Me giro y la veo.

***

Acababa de llegar del trabajo cuando recibí un mensaje de una amiga. “Estoy viendo lo de Notre Dame, qué horror”, decía. Prendo la computadora y ahí están, en todas partes, las imágenes del fuego que consume desde atrás hacia adelante la catedral. La inmensa columna de humo que se empecina en unirse con el cielo opaco de París. Como si ese mensaje hubiera abierto la puerta, empiezan a llegar otros. “¿Estás bien?, ¿estabas cerca?”, preguntan. Yo ahora estoy en Saint-Denis y miro hacia donde está la iglesia chica de la ciudad, diseñada por el mismo Viollet-le-Duc que llevó adelante las polémicas modificaciones y levantó la torre que ahora mismo se está cayendo en mi pantalla.

Alrededor de las imágenes, videos cortos y fotografías estremecedoras, empiezan a aparecer los primeros chistes, los primeros hashtags, la obscena palabra “tragedia” utilizada hasta el hartazgo, las primeras muestras de la pretendida superioridad moral de algunos, del cinismo de otros, de la estupidez y de la egolatría de todos nosotros. Se abren hilos, se suben fotos que tienen diez años y algunos hacen dibujos kitsch que enseguida son compartidos al infinito. Los que se ríen y los que lloran, todos me dejan absorto, sin saber qué pensar ahora, pero una serie de textos y sonidos viene a mí como de a impulsos: una frase de Jules Supervielle, escrita tras su regreso a la ciudad después de la guerra, que resume el amor a la vez pagano y cristiano por esas fuertes torres que parecen vencer al tiempo, la voz de Marguerite Duras y sus planos casi reverenciales tomados desde el río, las largas y apasionadas descripciones de Victor Hugo en su famosa novela, en la que llama a la catedral, inolvidablemente, “una vasta sinfonía de piedra”.

No se trata, por supuesto, de la primera vez que Notre Dame sufre un accidente o cambios. Una iglesia gótica es, ante todo, el trabajo de un pueblo y de los años; es, volviendo a Hugo, la conjugación rara de variedad y eternidad. Por eso, en sus piedras gravita, aunque hoy cueste tanto creerlo, la fe de las personas que las colocaron, una forma del sacrificio que en nada difiere del arte, y esos muros, que se levantaron con esfuerzos inimaginables, guardan la memoria de los yacimientos, del pico y el cincel, de las lluvias de los siglos, sus miserias y sus esplendores.

***

Las imágenes impactan porque contienen una violencia que de algún modo parece definir a la ciudad, una forma templada, civilizada, del hambre que se desata en instantes, incontrolada. En una carta escrita desde París en 1885 a su cuñada Minna Bernays, Sigmund Freud parece ver algo de esto cuando compara a la ciudad, que en apariencia lo intimida, con una “gigantesca esfinge acicalada que devora a todos los extranjeros incapaces de resolver su enigma”.

En la imagen de Freud, París parece ser la ciudad que siempre se está mirando, obsesionada consigo misma, otro lugar común sobre la superficialidad de los franceses al que parece adherir con el adjetivo escogido. Pero hay algo más ahí: es la crueldad femenina, la ciudad como una hermosa estranguladora infernal que pierde a los hombres, su belleza como tentación y trampa, el abismo que se abre frente a su voluptuosidad. Sin embargo, ¿cuál es el enigma? ¿Qué es eso que, tal vez, los nativos conocen y nosotros, los extranjeros, tenemos que adivinar para sobrevivir? ¿Dónde se encuentran las letras? ¿En el dorado de la ópera Garnier? ¿En las escaleras escarpadas de la colina de Montmartre? ¿En la sombra de Saint-Germain de Pres? ¿O en las mesas del primer piso del ilustre café Procope? ¿En las calles estrechas de la isla de Saint Louis? ¿En los restos de los baños romanos de Cluny? ¿Están en el recuerdo de los comuneros en Père Lachaise? ¿En el crepitar del fuego revolucionario? ¿En el sonido del agua calma en los jardines de Luxemburgo? ¿Bajo tierra, en la humedad de las catacumbas? ¿En la fila de SDF acostados en hilera, durmiendo junto a los patos frente al Sena? ¿En los adoquines levantados por los chalecos amarillos en Champs Élysées? ¿O están en las páginas que todavía no se escriben? ¿Con qué voz lo dice, París, a su enigma, y quién la escucha?

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No vi imágenes esta mañana, así que estoy preparado para cualquier cosa y tal vez por eso el desastre no me parece tan grande cuando por fin la veo de frente. Cuando empiezo a dar la vuelta (de lejos, porque hay un gran perímetro vallado), no obstante, empieza a impactarme el negro profundo que dejó el fuego en las paredes, la ausencia total del techo, la pérdida irreparable de esos árboles milenarios.

Porque es así: Notre Dame ardió el lunes de tarde y, aunque las cosas tienen la costumbre de consumirse y perderse, no es eso lo que importa. Había algo en Notre Dame, escondido, conservado a través de los siglos. Un misterio incesante que lo lleva todavía a uno a mirarla fijamente, desde donde puede, desde cualquier punto, hasta que los minutos se estiran y uno está perdido. Es una voz o su ausencia que llama como lo desconocido. Había, entre los turistas y las tiendas de souvenirs (y, tal vez, hay también ahora) algo ahí que es ajeno a todo, que no es de este mundo, y que seguirá haciendo su ritual infinito, como una memoria que se manifiesta de pronto en la conciencia, inesperada.

Pienso en la conversión de Paul Claudel, a sus 18 años, en la Navidad de 1886. Como cuenta el escritor, la cuestión fue un instante. En su narración despojada no hay ángeles, ni cielos que se abren, no hay voces sobrehumanas ni cataclismos. Hay un adolescente y un convencimiento repentino: “En un momento mi corazón fue tocado y creí”. Eso es todo.

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