El cosmopolita encerrado: sobre “Las cosas que quiero no se quieren entre sí”, de Claudio Burguez

“Tengo una llave / así que abro la puerta y entro. / Está oscuro y entro. / Está más oscuro y entro”, dice uno de los poemas breves de Mark Strand. Son cuatro versos, nada más, en los que uno no puede dejar de pensar al adentrarse en la prosa narrativa de Claudio Burguez, publicada recientemente con el título (que el autor toma de un verso de Exilio Psíquico) Las cosas que quiero no se quieren entre sí.

El volumen, merecedor de una mención en los Premios Nacionales de Literatura de 2016, llega ahora a las librerías por medio de la editorial Pez en el Hielo, que inaugura con él una nueva colección y una nueva etapa, ya que, de formato menor, el libro fue armado en imprenta, y no de forma artesanal, como el resto de su catálogo. La portada, que aprovecha esta actualización técnica y agrega colores a la tipografía, muestra uno de los collages de Juan Fielitz: el retrato de un joven formal (de camisa a cuadros y buzo de lana) mutilado por un poliedro en el que se ve una parte de otro cuerpo, desnudo e impreciso.

Estas dos imágenes, la del collage y el poema de Strand, una perteneciente al libro y la otra ajena, alcanzan, en principio, para sugerir algo del clima que proponen estas narraciones, dos de las cuales ya habían aparecido con algunos cambios en números de la revista Lento: la primera, “Por suerte los mellizos están bien”, en octubre de 2017, y la segunda, “Los forenses”, en enero de este año, que ya adelantaba la aparición del volumen. Quien además haya leído estos cuentos, muy distintos en todo sentido, tendrá una idea de lo que puede encontrar en el debut puramente narrativo de Burguez (Perro de aeropuerto, de 2011, ya contenía algunos relatos breves), conocido sobre todo por su trabajo como poeta. En efecto, ahí ya están los personajes femeninos que abundan en estas páginas, la construcción cuidadosa de ambientes y un extrañamiento que proviene tanto de elementos del argumento como de la prosa misma, que se revela poética en un sentido poco convencional.

En efecto, cuando se dice que una prosa tiene elementos líricos, por ejemplo, en general se refiere a que es de algún modo brumosa y abundante en adjetivos sorprendentes (que casi siempre aparecen antepuestos al sustantivo). No es el caso, en general, de Burguez, que construye sus poemas casi como instantáneas, fulguraciones en las que todo está puesto al servicio de una narrativa minúscula y, en una aparente paradoja, estática, y elabora sus cuentos como siguiendo esa misma premisa.

Estos relatos, además, como muchos de sus poemas, están saturados por la experiencia del mundo. Los hay situados en Alemania o República Checa, en España o Estados Unidos, en Uruguay o Irlanda, aunque, al final, siempre es lo mismo (Andy Warhol decía “los canales cambian, pero todo es televisión”): así, los narradores parecen hundidos en una suerte de cosmopolitismo del encierro y, desde ahí, sueltan frases de antipublicista, como “Buenos Aires es irreversible: o tenés ventana a la calle, es decir, a la confusión, o estás en la parte trasera de por vida”.

De esta manera se construye, cuidada y progresivamente, lo que se podría llamar una poética de la alienación, y ahí, tal vez, está el mayor logro de Burguez en sus mejores relatos: en transmitir la sordidez sin recurrir a una prosa ya asociada a lo sórdido, es decir, en reelaborar el lugar común. Cuando lo hace bien, en sus piezas más logradas, el libro alcanza una suerte de calma, aun cuando lo que se esté contando sea la desesperación absoluta, y, para muestra, bastan dos o tres ejemplos de una concisión admirable. Uno: “Pasa una moto por la avenida y dibuja una recta de sonido de treinta segundos”, dos: “A esta altura el campo parece un mantel bordado” y tres: “Cada 350 autos cambia la foto de su perfil. Hace 200 autos que no pasa una limusina. Piensa en Lala cada 35 autos”.

En este amor por el desplazamiento y las alteraciones de la temporalidad y la percepción, Las cosas que quiero… se puede colocar con cierta tranquilidad entre otros libros de narrativa recientes que también transitan espacios de quiebre y de trauma, como Historia de nuestros perros, de Agustín Acevedo Kanopa (con el que comparte cierta preferencia por los detalles y por historias peculiares, que tensan los límites de la verosimilitud), Ecuador, de Diego de Ávila (con quien, además de la doble condición de poeta-narrador, tiene en común el diálogo con fotografías de tipo pseudotestimonial y algunos climas casi oníricos), y Animales que vuelven, de Gonzalo Baz (sobre todo por el uso narrativo de los ambientes extranjeros y por su atención a personajes marginales).

En este entorno, sin embargo, Burguez logra encontrar un lugar definitivamente suyo, en un libro cargado de dispositivos que trasiega de su poesía y que en la prosa cobran una nueva fuerza. Aunque tiene algunos momentos flojos, esperables en todo conjunto de cuentos (piezas como “Desert Eagle”, por ejemplo, u otras en las que la escritura parece menos pulida), hacia el tercer tercio logra una consistencia demoledora (ya anunciada en cuentos como “Posesión”) y alcanza su punto más alto con el ya mencionado “Los forenses”, que trabaja con habilidad la tensión y juega con las fronteras del weird, y el relato que cierra el libro, “Avenida de los Cosmonautas”, una suerte de políptico entreverado y a la vez coherente que contiene la esencia de la apuesta narrativa de Burguez: el deleite en lo fragmentado (como idea crucial de la vida contemporánea, sobre todo la urbana), el entusiasmo por la repetición (hay escenas que se duplican en cuentos distintos, mellizos, simetrías, imágenes en loop) y la preferencia por personajes rotos y de una apatía eléctrica.

Por medio de un uso inteligente de sus mejores habilidades y signado por ese seguir más allá de lo aconsejable, por la curiosidad casi suicida que ilustra tan bien el poema de Strand con el que abrió esta reseña, Burguez se enfrenta a la literatura como un detective, se mete hasta perderse en las profundidades y, si bien no siempre vuelve sano, cuando lo hace sabe pagar con creces la espera.

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