Irse yendo: sobre “Todas esas cosas siguen vivas”, de Leonor Courtoisie

Reseña de Todas esas cosas siguen vivas, de Leonor Courtoisie (Montevideo: Pez en el Hielo, 2020), que se publicó en la diaria el 24 de abril de 2020.


Decir Todas esas cosas siguen vivas es decir que algo ha muerto. Como lo hace ya desde el título, Leonor Courtoisie parece afirmar para mostrar lo negativo: si se puede decir que hay, es sólo porque algo ya no está. En este caso, lo que se fue es un amigo que se define también por oposición –primo que no es primo– y a quien Courtoisie recuerda, vela, en un libro de poemas tan íntimo como Corte de obsidiana, obra de teatro que publicó el año pasado la editorial de la que forma parte, Salvadora, y sobre la que Georgina Torello escribió en estas páginas.

Si esa obra estaba marcada por las muertes (en medio del segundo párrafo se lee ya “El perro acaba de matar al gato”, que se convertirá en un leitmotiv de la pieza), el duelo da cuerpo a la creación poética en este primer poemario de Courtoisie, que pone en ejercicio una singular combinación de coloquialidad y un tono austero que le da un carácter, nuevamente, personalísimo. Entre muchas otras cosas, esto se logra con un marcado dislocamiento de la “frase”, incluso hasta la agramaticalidad, lo que produce dos efectos divergentes: por un lado, aparece como la recuperación y la imitación de giros típicos del registro oral, mientras que por otro provoca, por su carácter informal, cierto extrañamiento que descoloca al lector.

El procedimiento es comparable al que, en términos de escenografía, ponía en funcionamiento al principio de su obra de teatro antes mencionada; porque si en la primera indicación, en efecto, se avisaba que la mampostería debía estar expuesta y la parrilla de luces del escenario a la vista, este gesto verbal crea, a la vez, una sensación de proximidad (de, incluso, “honestidad”) y, en el acto de mostrar lo oculto, evidencia –porque, como decía Torello en su artículo, “nada de lo espectacular es inocente”– la construcción misma de los textos, tan artificiales, al final, como cualquier otro.

Estas desarticulaciones se suceden en intensidad y logran momentos muy concentrados, como en los versos en los que dice del amigo: “en la apariencia / de quien escalera / mecánico sigue”. En ese deslizamiento se produce un cambio que, aunque sutil, abre las interpretaciones en la relación entre el sustantivo “mecánico” (en tanto oficio) y el adjetivo (en oposición al uso de la voluntad), que se une con “escalera” para dar la idea de “escalera mecánica”, imagen que se rompe a causa del encabalgamiento y la falta de concordancia de género gramatical, pero, al mismo tiempo, permanece por el hábito en la mente del lector.

En este juego con los recursos léxicos, Courtoisie evita el sentimentalismo sin dejar de transmitir el tono de elegía que está en el origen de los textos y se coloca, para ponerlo en sus palabras, más del lado de la tragedia que del drama. Aunque por momentos la fórmula pierde fuerza, en versos que hacen explícito lo que otros ya habían sugerido, por lo general la poeta logra un equilibrio que potencia las necesidades expresivas de un libro cargado de emoción. Dividido en cinco partes que toman distintos espacios de la casa (con la excepción de los “bondis” de la segunda sección), el conjunto se mueve en torno a la creación y recuperación de una imagen de lo perdido y de la voz del amigo. En este afán, el yo poético busca armar ese destino, los últimos tiempos del muerto, pasajes de su vida, y hace al lector partícipe de un desmoronamiento fatal, que parece casi predeterminado y se entona con una trabajada simpleza.

Así, por ejemplo, al decir una palabra anota: “esa palabra / me la enseñaste vos”, y trae a primer lugar la posibilidad de la literatura como espacio en el que es posible seguir hablando más allá de la muerte. En ese diálogo entran además otros testigos, en textos o mensajes que hacen de contrapunto a la voz que domina el discurso, como en “Tengo ganas de dormir / quince días seguidos / hacé lo que tengas ganas”, tríada de versos en los que el monolítico yo lírico se ve interpelado por una voz que no se nombra, que entra como de súbito sin explicaciones, y del mismo modo, también, queda perdida, como un verso disonante, corrido, en la disposición de la página, a la derecha. En la exploración de formas hay poemas que, casi sin verbos, van armando un retrato mediante la acumulación de ambientes, personalidades, circunstancias, otras personas. El uso de este recurso, muy bien delimitado por la poeta, es preciso en su expresividad, así como el de la negación, que se establece como la verdadera naturaleza de este libro-poema de lo ido, pero también de lo no vivido.

En ese sentido, se suceden a lo largo del poemario una serie de versos en negativo que discurren en el plano de la voluntad o el querer –“no querías”, “No pude abrirte la puerta”, “tu madre no me dejó”, “le dije que no podía”, “no pude ver”, “No podés”, “No puedo”, “no hay que”–, de la imposibilidad del pasado o de los cambios en el presente –“ya no vivías más conmigo”, “no sabe quién soy”, “y vos ya no”, “no te vi más”, “Ya no hablamos”, “ya no son / mis amigas”–, de los remordimientos o los reproches –“¿Por qué no lo llevaste…?”, “no haber dicho”, “no haber estado”–, de la frases de desconocimiento –“no lo sé”, “no recuerdo”, “no sé”–, de rechazo –“a mí no me gusta”, “no importa”– o de resignación –“no contesta”, “no dolerá”– e, incluso, una forma de afirmar negando, que se ejercita de varias maneras: tanto a través de “no es sino” o del uso del “apenas”, como de otras formulaciones que mitigan un poco su carácter negativo, como en “no eran buenos”.

En la modulación a la vez experta y espontánea de estas varias negaciones, que pueden expresar nostalgia, rabia, anhelo o pena, Courtoisie logra, con un uso inteligente de los registros y la apelación a una emotividad controlada pero conmovedora, un debut poético contundente.

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