No elijas tu propia aventura: sobre “Devs”, de Alex Garland

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El sueño es antiguo y ha tomado muchas formas, aunque en esencia permanezca casi incambiado. El deseo de dar vida a lo inanimado ya se puede encontrar en la voluntad de quien dio forma a las estatuillas prehistóricas, y más cerca en el tiempo, en mitos como el de Dédalo —de quien Aristóteles dice que había animado estatuas para que cuidaran la puerta del laberinto— o el de Pigmalión y Galatea.

En general, cuando se habla de la figura del autómata en la literatura, se toma esta historia original, sobre todo en la versión de Ovidio (Metamorfosis, X), y de ella se derivan las otras que, en distinta medida, ponen en juego la idea de la creación de una obra, a menudo una pieza de arte, que toma vida. En el XIX, siglo de grandes cambios tecnológicos, el tema del hombre que ama a una mujer artificial tiene muchas versiones memorables: una de ellas involucra a Olimpia, la muñeca de la que se enamora el protagonista del cuento “El hombre de arena” de E. T. A. Hoffmann, que servirá a Sigmund Freud para desarrollar su concepto de lo ominoso (o lo inquietante, según la traducción); otra es Hadaly, la ginoide de la novela La Eva futura (1886), de Auguste Villiers de l‘Isle-Adam, creada por un científico a imagen y semejanza de Alicia, la enamorada del protagonista.

En varios sentidos, esta obra ha sido pensada como precursora de La invención de Morel (1940), la primera gran novela de Adolfo Bioy Casares, sobre un náufrago que llega a una isla extraña y se sacrifica para entrar a un simulacro en el que “vive” una mujer, de cuya imagen se enamora, y así pasa la eternidad a su lado. En esta obra de Bioy el doble no es material, sino que se trata de una proyección en el espacio, lo que lo acerca a Devs, la miniserie de ocho capítulos del inglés Alex Garland, director de las películas Ex Machina (2015) y Annihilation (2018), en las que ya había reflexionado sobre los límites de lo humano, sobre la frágil idea de identidad y sobre el duelo.

La serie, sin embargo, participa de esta tradición o reescribe el mito original en una modulación cambiada, que también cuenta con cierta historia trazable. Si bien, como se ha visto, en la mayoría de los casos los seres creados son objeto de deseo de los protagonistas, hay otros a los que los une una relación de amor filial. En esta variante se encuentran, por ejemplo, Pinocho y el persistente y debatido mito de la hija de René Descartes. Se cuenta que el filósofo, terriblemente dolido por la muerte de su hija Francine, en 1640 habría construido una muñeca autómata con sus rasgos que lo acompañaba a todas partes hasta que, en un viaje en barco, fue descubierta y destruida por el espantado capitán.

Aunque la veracidad de la anécdota es muy debatida, su fuerza es evidente, al tener como protagonista al filósofo del dualismo cuerpo/alma. Y, más allá de esto, la figura de Descartes extiende una sombra especial sobre la serie de Garland, preocupada por la discusión del determinismo y el libre albedrío, temas centrales para un contemporáneo del filósofo francés, Baruj Spinoza, que en su Ética (1677) reflexiona de manera similar a la de algunos personajes de la serie, cuando dice “Los hombres se equivocan, en cuanto que piensan que son libres; y esta opinión sólo consiste en que son conscientes de sus acciones e ignorantes de las causas por las que son determinados”.

Al igual que el debut del director inglés, la serie comienza con la entrada de un invitado al mundo de un inventor, en este caso un desarrollador, profesión que viene a ser la versión contemporánea del “genio” creador, que en la historia ha tomado distintos cuerpos, desde el mago-alquimista al “científico loco”. Este hombre, que tiene por enigmático nombre Forest, es, según el arquetipo, un solitario perseguido por un fantasma persistente de su pasado, que en este caso tiene nombre: Amaya, que también es como se llama la compañía en la que trabajan los protagonistas, a la cual pertenece la división Devs, una sección misteriosa que se encuentra alejada del edificio principal, del otro lado de un bosque luminoso y en una construcción que parece una pirámide y que recuerda la estética de Metrópolis (Fritz Lang, 1927), otro clásico de esta tradición.

Como buena parte de la trama consiste en ir revelando de a poco a qué se dedica exactamente Devs, no quiero abundar en este sentido, pero en torno a esas actividades, la serie discute con recurrencia asuntos que van desde el problema del determinismo, que exige la existencia de una línea temporal férrea, incambiable, en la que cada efecto tiene su causa en el pasado, y a su vez, es productor de un efecto en el futuro, hasta el de la memoria, el destino, la existencia de múltiples universos, los viajes en el tiempo y, en algún grado, la definición misma de lo humano.

Con un guión por momentos cercano al cliché y diálogos que a veces suenan raros o triviales (incluso cuando pretenden no serlo) pero eficiente y en general bien actuado, Devs logra combinar con precisión distintos planos, entre la intriga política, el debate filosófico, las referencias librescas (fundamentalmente, William Shakespeare y Philip Larkin), la jerga tech de uso y disputas generacionales. En su punto más alto, alcanza una artificialidad estilizada cuando los personajes (spoiler alert), que ya conocen lo que pasará en su futuro, se comportan como si, efectivamente, estuvieran actuando y atentan contra el contrato de verosimilitud establecido con el espectador. En este momento, cuando se guiona a sí misma, como hacia adentro (los personajes saben lo que van a decir porque ya lo vieron, pero lo dicen igual, como si quisieran), es que la serie logra poner en escena la complejidad de los temas que había adelantado en conversaciones a veces menos convincentes.

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