Rudimentos de antiperiodismo: sobre Karl Kraus y Oscar Wilde

Artículo largo que reformula y amplía una serie de notas publicada en el blog Afuera, en el que comento la aparición del número 15 de la Revista de la Biblioteca Nacional, dirigida por Ana Inés Larre Borges, y las reediciones de Contra los periodistas y otros contras, de Karl Kraus (Barcelona: Taurus, 2018), y La decadencia de la mentira y otros ensayos, de Oscar Wilde (Barcelona: Taurus, 2018), y que se publicó, con algunas variantes, el 12 de junio de 2020 en la diaria.


Salió hace un tiempo, y hace poco que está disponible en la web, el nuevo número de la Revista de la Biblioteca Nacional, editado por Ana Inés Larre Borges. El volumen doble, que en su totalidad suma más de 360 páginas, se organizó en torno a dos títulos: “Polémicas”, que se expande con el agregado “discusiones, debates, peleas, rivalidades y otros disensos”, y “Afinidades”, es decir, “alianzas, colaboraciones, amistades literarias, y otras formas de cooperación”. En sus dos vertientes, contiene diversos textos, entre otras cosas, sobre la relación entre Carlos Mastronardi y Arnaldo Calveyra, el compromiso de César Vallejo, la biografía de Nicanor Parra por Rafael Gumucio, las giras que hicieron Felisberto Hernández y Yamandú Rodríguez en 1932 y varios rescates de Juan Fló en clave polemista.

El número 15, dedicado a las polémicas, abre con textos de los argentinos Martín Kohan y Beatriz Sarlo, que intentan poner en perspectiva cierta idea de la literatura como un ejercicio eminentemente agónico. En su ensayo, Kohan retoma las observaciones en apariencia contradictorias de Jorge Panesi (que sostiene que, a pesar de la nostálgica queja habitual, sí hay polémicas en el presente) y de Alberto Giordano (que en su libro de 2019 El tiempo de la improvisación afirma: “Entre tantas cosas que deploro de nuestra actualidad cultural, está la falta de interés por la polémica”) y desarrolla un punto medio, en el que exige limpiar a la confrontación de sus impregnaciones espectaculares, y espera que las discusiones que sí se dan, como dice Panesi, tengan una caja de resonancia mayor.

Si, como sostiene Kohan, de lo que se trata es de “recuperar el hábito de los debates en toda su intensidad, incluso en su agresividad de disputa”, lo cierto es que también la polémica, que es un modo de la lucha por las verdades, tiene muchas formas. En su texto, Sarlo enumera una acaso menos visible, pero efectiva: el silencio. A través de una creciente mengua de referencias a su nombre, dice la ensayista (centro ella misma de muchas controversias y voz recurrente en el debate político argentino), Roland Barthes “polemizó” con Sartre borrándolo de su obra crítica. Se me ocurre que otra manera, acaso complementaria (y ahí entra el número opuesto de la revista, que se centra en las afinidades), puede ser la de repetir aquellos nombres que, por descuido o desprecio, han caído en el olvido.

A partir de numerosos ejemplos, Sarlo sigue la huella de varias controversias inaugurales, desde la batalla de Hernani (1830) en torno a la obra de Victor Hugo hasta las visiones de Ángel Rama sobre el boom latinoamericano, pasando por el Facundo de Domingo Faustino Sarmiento (1845), el “Manifiesto antropófago” de Oswald de Andrade (1928), el Borges de Adolfo Prieto (1954) y el rechazo del Nobel de Jean-Paul Sartre (1964). Su ensayo, sin embargo, comienza con la mención de otras dos figuras fundamentales del combate de la palabra: Walter Benjamin y Karl Kraus.

A partir de este marco de pensamiento y con esos dos grandes polemistas en mente, la crítica argentina examina algunos instrumentos de este “género mixto”, como la diatriba, el uso de la ironía, el sarcasmo, la parodia, la pregunta retórica o la ofensa.

En todas estas deslumbró Kraus, tal como atestiguan sus textos y los testimonios de quienes lo conocieron, como Elias Canetti. Fue tal el impacto del escritor vienés en el joven Canetti, de hecho, que el tomo de sus escritos autobiográficos que comprende la década que va desde 1921 a 1931 se llama La antorcha al oído (1980), en evidente referencia al periódico (de nombre, precisamente, La Antorcha) que su admirado polemista fundó en 1899 y dirigió y escribió casi en su totalidad hasta su muerte, el 12 de junio de 1936. Según cuenta, Canetti sintió gran admiración, sobre todo cuando, en la llamada revuelta de julio de 1927, Kraus fue el más entusiasta (si no el único) denunciante del asesinato de 85 civiles a manos de la Policía, si bien más adelante se alejaría de él, como haría gran parte de sus admiradores.

Su figura fascinante y contradictoria, sobre todo en la relación con su propio judaísmo (es famosa su publicación de textos del antisemita Houston Stewart Chamberlain, que luego sería uno de los ideólogos del nazismo), era ineludible en la Viena de la época y estaba siempre en el centro de la controversia, ya fuera por sus textos encendidos como por sus multitudinarias presentaciones en público, en las que su presencia dejaba una marca instantánea en los jóvenes intelectuales que, como Canetti, se sentían representados por aquel hombre que parecía no tenerle miedo a nada y denunciaba con virulencia tanto las hipocresías e inmoralidades que los periodistas preferían callar como la decadencia de la sociedad austríaca (y del espíritu alemán) que veía, sobre todo, en la degradación de la lengua.

Una palabra da otra palabra

Aunque los lectores de Benjamin, desde las muchas áreas que tocó su talento, son cada vez más, Kraus por su parte ha quedado en un lugar acaso marginal, al menos en el mundo hispanohablante. Para contrarrestar esto, recientemente la selección de textos publicada bajo el título Contra los periodistas y otros contras (2018) volvió a aparecer en librerías (en Uruguay, que yo sepa, sólo se consigue en e-book) como parte de la colección Clásicos Radicales de la editorial Taurus.

En el libro, de título expresivo, Kraus señala al periodismo como el principal culpable en la transformación del lenguaje: “El periodismo, que empuja a los espíritus a su establo, se hace entretanto dueño de sus pastos”, dice en un fragmento; en otro, mientras reclama que siempre “Se escribe ‘sobre’ algo”, contra la retórica vacía de los periodistas, también recuerda que “Lo que vive de los temas muere antes que ellos” y “Lo que vive en el lenguaje vive con él”. Así, sostiene, “He extraído del lenguaje no pocas ideas que no tenía”, y “La idea viene porque la tomo por la palabra”. La noción de lenguaje que se esconde en estos aforismos implica, por lo tanto, que “dominar” un idioma, como se dice habitualmente, es imposible y que, por el contrario, hay que dejarse gobernar por él, ponerse a su servicio.

Según Kraus, el periodismo, que implica la transformación de la opinión en algo público (cuando lo público debe ser el juicio, y la opinión, privada), con sus frases hechas, sus clichés y sus palabras que se vuelven mercancía, empobrece el espíritu, que se ve arrojado a la inmediatez, a lo circunstancial.

Entre 1930 y 1931, Benjamin escribirá un artículo sobre Kraus que no le gustará al homenajeado, hecho que marcará al autor, que jurará no escribir más sobre él, aunque lo haga casi diez años después en una de sus tesis Sobre el concepto de la historia, escritas poco antes de suicidarse. Allí Benjamin se permite comentar pasajes fundamentales de Kraus, como el que asegura que “El periódico es un instrumento del poder” cuyo valor “deriva del carácter propio del poder a quien sirve; pues el periódico es expresión de este, y no sólo en aquello que defiende, sino en la manera en que lo hace”. O el que se pregunta “¿Es la prensa pues un mensajero? No: ella es el acontecimiento. ¿Es la prensa un discurso? No, es la vida. Pues no sólo pretende que los verdaderos acontecimientos sean sus noticias de los acontecimientos, sino que produce esa inquietante identidad que hace que parezca que se relatan las acciones antes de que sean llevadas a cabo, como también produce muchas veces lo que es su propia posibilidad”.

En algunos aspectos, Kraus tiene así un antecedente en un escritor que, aunque a primera vista parece muy distinto, era admirado por el vienés: Oscar Wilde, cuya selección de textos La decadencia de la mentira y otros ensayos (2018) también volvió recientemente como parte de la comentada colección de Taurus.

De hecho, en su periódico Kraus publicó poemas y aforismos del irlandés y citó novelas como El retrato de Dorian Grey (1890) y su vergonzante caso judicial en diversos artículos, además de comentar con elogios su pieza de teatro Salomé (1891), que se puso en escena en Viena en 1903, contra la opinión del diario Neue Freie Presse. Aunque esta defensa de Kraus al esteta que fue Wilde parece extraña, lo cierto es que, como sostiene su biógrafo Jacques Le Rider, lo que ve Kraus es la posibilidad de una liberación de la moral en pos de una reconciliación “de la cultura con la vida, la juventud, la belleza y –es la dimensión que aporta Kraus– la justicia”. A la vez, la de Kraus también es una lucha contra sus enemigos de la prensa que denostaban a Wilde.

En parte, es para ellos que el polemista publica los fragmentos más agudos del irlandés y le pide a Peter Altenberg que escriba una presentación de El alma del hombre bajo el socialismo (1891), panfleto en el cual, entre otras muchas cosas, Wilde se lamenta de la confusión entre vida pública y vida privada a la que precipitó el periodismo, cuestión que, como se sabe, tendrá nefastas consecuencias para el escritor, víctima de la sociedad victoriana, que lo condenará a prisión por “sodomía” en 1895. “En América”, afirma Wilde en una de las páginas del ensayo, “el Presidente reina por cuatro años, pero el periodismo gobierna para siempre”, frase que tiene un eco de algún modo en el peculiar libro The Kraus Project (2013), en el que Jonathan Franzen recoge textos del polemista y los comenta, sumando a esto la opinión de detractores que a menudo rebate, como cuando sostiene: “Puede ser que el mal periodismo no haya causado la invasión a Irak […], pero los lamentables reportajes sobre las WMD (armas de destrucción masiva, por sus siglas en inglés) de Judith Miller, en el Times, hicieron mucho para neutralizar a opositores de la guerra. Sus sombras de WMD proyectaron cuerpos”.

En el libro publicado por Taurus, Wilde brilla con un cuento, “El retrato del Sr. WH”, y cuatro ensayos, auténticos clásicos del pensamiento, como “La verdad de las máscaras” y “Pluma, lápiz y veneno”, texto que según Le Rider inspirará a Kraus “una nueva definición del método indiciario que usaba como guía de su sátira lingüística”, y que “consiste en detectar, a través del examen de su estilo, a los envenenadores de la lengua y de la cultura que pasan por grandes plumas y preceptores de la nación”.

La vida es un fracaso

Si bien Wilde, como Kraus, elaboró un pensamiento complejo en base a sus variadas lecturas, hoy, tanto él como el polemista vienés parecen simplificados a meros “hombres de ingenio”, maestros de la respuesta rápida y de la ironía. Basta abrir una página al azar de esta antología o de cualquier otra para que esa idea se vea confrontada.

Dueño de una prosa muy propia y de un juicio afinado, en sus ensayos Wilde ataca numerosos frentes y comparte con Kraus el interés por la forma dramática, que hace que varios de estos textos estén escritos como diálogos. Ese formato tienen los más importantes, es decir, “La decadencia de la mentira” y “El crítico como artista”, publicados originalmente en el volumen Intentions (1891).

En ellos Wilde sostiene la idea del “arte por el arte” y defiende su autosuficiencia y su independencia de la moral. De este modo, su teoría radical se distancia de las posteriores de Kraus y Benjamin, aunque una mirada atenta a su propia obra (ya sea a sus cuentos alegóricos o cercanos a la fábula o a sus versos más furiosos) también ponga en cuestión el alcance de sus palabras, que son hijas de un carácter que se deleita en los extremos, tal como queda revelado en sus textos, a partir del intercambio entre los personajes que el crítico y narrador elige para poner en funcionamiento sus argumentaciones.

Ya desde los títulos su carácter disruptivo es evidente. La negación de la naturaleza (y su famosa frase en la que disloca el lugar común y afirma que es esta la que imita al arte y no viceversa), da lugar a la sorprendente reivindicación de la mentira. Para eso, ataca como Kraus al periodismo, pero en otro nivel: Wilde sostiene que los diarios, a fuerza de ser confiables, se han vuelto ilegibles.

Escrito en el período de mayor fama de los novelistas llamados “realistas” y “naturalistas”, que nos presentan “hechos anodinos bajo la forma de ficción”, en el ensayo Wilde se hace eco de Aristóteles y sus comentarios en torno a la verosimilitud y sostiene que los nuevos narradores terminan escribiendo “novelas que son tan parecidas a la vida que nadie puede creer en su probabilidad”.

En un in crescendo argumentativo, llega a la conclusión de que las únicas personas reales son las que nunca existieron: como explicará con mayor profundidad en otro de los ensayos, lo que le interesa de los individuos es precisamente la máscara, y no lo que hay detrás, porque, al final, cuanto más uno analiza a la gente, más desaparecen las razones de análisis. En efecto, esa es una de las cosas que, de acuerdo al crítico, ha aportado el periodismo: el descubrimiento de que todos somos, más o menos, igualmente aburridos.

Leído hoy, en la época en que el público festeja el “realismo” de una película de superhéroes y está siempre atento a marcar “agujeros en la trama”, o incluso mínimos descuidos en la reconstrucción de época de una película cuya acción ocurre en siglos pasados, el ensayo suena, cuanto menos, extraño, sobre todo si a eso se le agrega el debate, siempre problemático, en torno a lo que se ha llamado “posverdad”. ¿Cómo se lee hoy, por ejemplo, la frase que afirma que el toque frío de los hechos “está sobre todo” y que “han vulgarizado a la humanidad”? ¿Cómo se lee su desprecio por el pueblo estadounidense, que tenía por ídolo a un hombre como George Washington, de quien se contaba, como si fuera un halago, que era incapaz de mentir? ¿Cómo se lee su exhortación de que el arte huya de la “cárcel del realismo”? ¿Cómo se defiende, si cabe, el maravilloso final en el que se vaticina el tiempo en que la verdad llorará sobre sus grilletes y Behemot y Leviatán surgirán del mar como en los mapas antiguos?

Crítica y verdad

A pesar del tono, que no permite la mínima vacilación, Wilde es reflexivo y generoso en ejemplos, y siempre sorprendente: así como afirma que el arte jamás expresa otra cosa que a sí mismo, también sostiene que “cuando más abstracto, más ideal es un arte, más revela el temperamento de su época”. Al final, lo que exige es la “mentira bella”, la del arte, en el entendido de que belleza y verdad son la misma cosa. En este tipo de afirmaciones es donde, acaso, se alejan también Kraus y Benjamin. Más allá de estas fuertes diferencias, sin embargo, en “El crítico como artista” Wilde se acerca mucho a la noción de crítica que tenía el berlinés.

Como se ha visto, para Benjamin, esta era la actividad fundamental. Por eso, el mejor elogio que pudo recibir fue el de Hannah Arendt, cuando ella afirmó que no había muchos pensadores que pudieran “igualar su poder de sugestión”, y que “sus ideas e intuiciones” tenían “una manera de permanecer productivamente”, incluso al ser discutidas.

Ya en su tesis doctoral (1919) Benjamin sostenía que “la crítica no es, en su intención central, juicio; sino, por un lado, consumación, complementación, sistematización de la obra; por otro lado, su resolución en el absoluto”. Algo similar sostiene uno de los personajes de Wilde, que dice que la antítesis entre creación artística y facultad crítica es completamente arbitraria, porque ambas nacen de la autoconciencia. En este sentido, Gilbert (uno de los protagonistas de su ensayo “El crítico como artista”) lleva las cosas nuevamente al extremo, afirmando que es más difícil hablar de una cosa que hacerla. Así, argumenta que “Cuando el hombre actúa es una marioneta” y “Cuando describe es un poeta”, y concibe a la crítica, entonces, como creativa e independiente, ya que su relación con la obra es la misma que la relación entre esta y la materia en que se inspira.

La crítica logra así desprenderse de su referente: alcanza una vida en sí misma y, si para Benjamin era la finalización de eso que estaba en potencia en la obra de arte, para Wilde es más bien un discurso aparte, que se sirve de la obra “como punto de partida para una nueva creación”. Por eso la objetividad, la piedra preciosa de la prensa, no tiene ningún sentido: porque “la más alta crítica es en realidad el registro del alma propia”.

El periodismo, como sostiene Gilbert, “justifica su existencia”, “gracias al gran principio darwiniano de la supervivencia del más vulgar”. Como se puede adivinar, Wilde, que como Benjamin y Kraus escribía en revistas y periódicos, tenía una pésima relación con los periodistas y ellos se lo cobraron cuando cayó en desgracia. En 1895, el año de su “caída”, en una conversación con Gilbert Burgess con motivo del estreno de Un marido ideal, Wilde respondía al entrevistador, que afirmaba que su profesión era necesaria: “¿Por qué? Sólo registran lo que pasa. ¿Qué importa lo que pasa? Sólo las cosas permanentes son interesantes, no los horribles incidentes de la vida cotidiana”.

Así, la cuestión de la mentira y la crítica toman una nueva dimensión: no se trata simplemente de decir cosas porque sí o de, como la caricatura de Kraus, mirar con atención maniática el uso exacto de las palabras, sino que del cuidado de la forma, del estilo y del lenguaje depende la posibilidad de trascender la circunstancia. Cuando se trabaja con el lenguaje se supera la trampa de la objetividad: uno se mira con intensidad y recién ahí logra ver a los demás y así aprende, en retribución, de uno mismo. “Nunca somos menos libres que cuando actuamos”, asegura Gilbert, y es por eso que no vivimos nuestra vida, “sino las vidas de los muertos”. De esa fuerza de la herencia resulta la imaginación, que nos puede ayudar a escapar de nuestra experiencia, a superar nuestro tiempo.

Volviendo al tema de la mentira, cabe agregar dos citas más de Wilde en las que se aclara un poco su postura: en “La verdad de las máscaras”, en un momento dice: “Por supuesto que el valor estético de las obras de Shakespeare no depende, en el más mínimo sentido, de sus hechos, sino de su Verdad” y “Estamos dominados por los fanáticos, cuyo peor vicio es la sinceridad”.

En esas dos frases, que resumen el pensamiento y el afán disruptivo de Wilde, se puede ver el alcance de su propuesta: la mentira que persigue en su ensayo es la que revela, al final, las verdades que sólo el arte puede ver. De algún modo se trata, entonces, de recuperar la idea de la escritura como forma de conocimiento y de autoconocimiento. Como vio Kraus temprano, en su afán por la noticia, el periodismo crea el acontecimiento, suplanta la vida: reclama para sí la verdad y, en consecuencia, se erige como juez que separa la mentira de lo cierto. Así, la “sinceridad” pasa a ser el mayor atributo de los fanáticos “realistas”, a quienes se los apoya porque dicen las cosas “como son”, en una comprensión de la realidad como meramente “lo que hay”, y no también lo que puede haber.

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