Poetas líricos en lengua inglesa: Rossetti, Swinburne, Wilde y otros

Sexta y última parte del prólogo de Silvina Ocampo a la antología Poetas líricos en lengua inglesa (Buenos Aires: Jackson, 1952 y Barcelona: Océano, 1999).


A mediados del siglo XIX surgió en Inglaterra aquella nueva y confusa escuela de poesía y de pintura llamada prerrafaelista, cuyo advenimiento enriqueció la poesía y menoscabó la pintura. Un reducido grupo de artistas protegidos por Ruskin inició el movimiento, que pretendía combatir algunas convenciones del arte literario y pictórico de aquellos tiemps, regresando a las formas más antiguas y más naturales que existían en el arte europeo antes de Rafael. Dante Gabriel Rossetti encabezaba el grupo, formado por William Holman Hunt, John Everett Millais, William Michael Rossetti, Thomas Woolner, Frederick George Stephens y James Collinson, al que se agregaron después Burne-Jones y William Morris.
Dante Gabriel Rossetti era de origen italiano. Desde su infancia había mostrado marcada predilección por la pintura y fue conocido antes por sus cuadros que por su obra literaria.
En la revista The Germ, que publicaron los prerrafaelistas y que después se llamó Art and Poetry, aparecieron los primeros versos de Rossetti, The Blessed Damozel; luego, en un volumen, una serie de excelentes traducciones de poetas italianos: Dante and his Circle.

The river ever running down
Between its grassy bed,
The voices of a thousand birds
That clang above my head,
Shall bring to me a sadder dream
When this sad dream is dead.

A silence falls upon my heart
And hushes all its pain.
I stretch my hands in the long grass
And fall to sleep again,
There to lie empty of all love
Like beaten corn of grain.

[El río siempre corriendo
En su lecho de hierba,
Las voces de mil pájaros
Que resuenan sobre mi cabeza,
Me traerán un sueño más triste
Cuando este sueño triste haya muerto.

Un silencio cae en mi corazón
Y apacigua toda su pena,
Estiro la mano entre las hierbas
Y vuelvo a dormirme
Para yacer libre de todo amor
Como trillada espiga de trigo.]

Estos voluptuosos y tristes versos, llenos de presentimientos, fueron escritos por la mujer de Rossetti, la hermosa Elizabeth Eleanor Siddal, que le había servido de modelo y que murió a los dos años de casada, en 1862. ¡Quién no conoce la conmovedora historia del manuscrito de versos que Rossetti, en su aflicción, hizo enterrar con ella! Ocho años después el manuscrito, desenterrado, se publicó con el titulo Poems. Este libro fue violentamente atacado por Buchanan, en un artículo titulado The Fleshly School of Poetry (La escuela carnal de poesía). El ataque impresionó de un modo excesivo a Rossetti, que se defendió en un artículo no muy brillante.
En consecuencia, suprimió uno de los más bellos sonetos, Nuptial Sleep, del tercer volumen de The House of Life.
La mórbida sensibilidad de Rossetti alteró su carácter y llegó a afectar su salud. Durante algunos años lo obsesionó el temor de quedar ciego y, perseguido por horribles insomnios, comenzó a tomar cloral. En el año 1872 enfermó gravemente y desde 1874 hasta su muerte llevó una vida solitaria y desesperada.
William, su hermano, en el prefacio que hizo a su obra, lo describe como una persona de apariencia lánguida, sedentaria y ociosa, a quien no le agradaba viaiar ni interrumpir la rutina de su vida. Sin embargo, era trabajador; sus obras lo testimonian con elocuencia. Podía escribir un soneto en cinco o seis minutos cuando se lo proponía, como un ejercicio.
No puedo dejar de pensar, al ver los cuadros de Rossetti, en los poemas que deió de escribir mientras pintaba. No puedo dejar de pensar, al leer sus poemas, en los cuadros que no debió pintar. Ningún artista puede deleitarse en la creación de una obra impura impunemente. Los cuadros de Rossetti gravitan sobre su obra literaria, influencian a veces sus versos, los llenan de ornamentos pesados. ¡Qué versos podrían existir en lugar de las vestiduras verdes y violetas del cuadro titulado Beatriz, con su iluminación teatral! ¡Qué versos podrían existir y encantar en lugar de las manos de maniquí del cuadro Astarté siriaca, con sus ángeles morbosos, de alas verdes! ¡Qué versos podrían perdurar en lugar del verde follaje y la costosa cabellera en aquel otro cuadro, Day-Dream!
Lr obra más importante de Rossetti es The House of Life. Algunos de los sonetos que figuran en este coniunto admirable me recuerdan los de Shakespeare, especialmente Parted Love, Dark Glass, Lost Days y Severed Selves. Tampoco podría dejar de mencionar los poemas Eden Bower, Troy Town, y Sudden Light, cuyos versos sentimos necesidad de citar cuando vemos en relámpagos el recuerdo de otra vida:

I have been here before,
But when or how I cannot tell:
I know the grass beyond the door,
The sweet keen smell,
The sighing sound, the lights around the shore.

[Ya estuve antes aquí,
Mas cuándo y cómo no Podré decirlo:
Reconozco la hierba más allá de la puerta,
El dulce, el penetrante olor,
El suspirar del aire, las luces de la costa.]

Cristina Georgina Rossetti, la melancólica y casi invisible hermana menor de Dante Gabriel, escribió poemas místicos, dulces y sensuales. Presa de sus ideas religiosas y de su precaria salud, apenas vivió, y sus versos han quedado como el eco de una voz en un sueño. Su imagen física, angelical, ha quedado en un cuadro de Rossetti titulado The Girlhood of Mary Virgin y en las ilustraciones que representan las reinas que sollozan en Morte d’Arthur, de Tennyson.

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Frances Mary Lavinia Rossetti (née Polidori) rodeada de sus hijos (de izq. a der.: Christina Georgina, Dante Gabriel, William Michael y Maria Francesca), fotografiados por Lewis Carroll (1863)

El discípulo y admirador de Rossetti, William Morris, que se llamó a sí mismo “el ocioso cantor de un vacuo día”, dijo que la inspiración era un mito y que todo en arte era cuestión de oficio.
The Earthly Paradise y A Garden by the Sea contienen versos de una fluidez y de una claridad incomparables.
Wilde anunció: “Debemos a Morris una poesía cuya perfecta precisión y claridad de palabra y de visión no ha sido sobrepujada en la literatura de nuestro país”.

Algernon Charles Swinburne dedicó su primer libro, The Queen Mother and Rosamond, a Rossetti: el libro pasó inadvertido.
Atalanta in Calydon y Chastelard, en 1865, y Poems and Ballads en 1866, marcaron el comienzo de su celebridad. Laus Veneris, Anactoría, Dolores y The Triumph of Time son poemas que pueden seducir a cualquier tipo de lector. La insistencia, la pasión, la sensualidad, abundan en estos versos.
Los ídolos de Swinburne fueron Shakespeare y Hugo; también admiró a Rossetti y, apasionadamente, a Gautier y a Baudelaire. Swinburne se dejaba llevar por las palabras, por la musicalidad de los versos, por el delirio de la irresistible facilidad, que consiste en elegir antes la palabra que el objeto. Ni Hugo, ni Baudelaire, ni Gautier, ni el mismo Rossetti, influyeron tanto sobre Swinburne como el mismo Swinburne.
Los versos de un poeta nos recuerdan versos de otros poetas; un parentesco misterioso los une. Los versos de Swinburne recuerdan solamente versos de Swinburne (y esto, que podría ser una virtud, es casi un defecto en él); por eso talvez nos parecen más numerosos, más espectaculares, más insistentes que otros.
A pesar de las variedades del metro, en los poemas de Swinburne hay grandes, casi inexplicables, monotonías. En el discurso los versos no avanzan, conservan un movimiento giratorio: nos confunden en lugar de conducirnos. Las palabras pierden el sentido a fuerza de repeticiones: flor ya no quiere decir flor, ni labio, labio, ni amor, amor, ni nieve, nieve.
Las obras de Swinburne son como borradores inquietantemente incorregibles. Un mismo verso está profusamente repetido, y una elección, para quien se propusiera hacerla, es difícil, si no imposible, pues todos los versos son hermosos, pero tienen una misma calidad de hermosura.
A nadie, a casi nadie se le habrá ocurrido deplorar que Swinburne no haya escrito más versos; esto no impide que lo admiremos: sus poemas tienen un ímpetu, una exaltación tan auténtica, que si no llegan a ser de los más musicales, poseen la calidad avasalladora del fuego, cuya imagen cautiva.
El fervor literario de Swinburne fue ejemplar; puede decirse sin exageración que vivió para la literatura hasta el fin de sus días, cuando ya enfermo esperaba con impaciencia de niño que un amigo le leyera algunas páginas de Dickens. Las últimas palabras, los últimos rostros que habrá visto en su lecho de muerte, y de quienes seguramente se habrá despedido, habrán sido aquellos que conoció en los libros.
Laus Veneris, The Triumph of Time, The Forsaken Garden, Atalanta in Calydon y The Garden of Proserpine; todos estos poemas pueden colocarse entre los más excelentes, sin que pierdan el brillo de su impetuosa belleza.
T. S. Eliot dijo de Swinburne: “Las palabras que lo condenan son las que expresan sus cualidades. Podría decirse difuso, pero ser difuso es esencial en él: si Swinburne  hubiera empleado una mayor concentración, sus versos no serían mejores en su estilo, sino distintos”.

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Tal vez como el elemplo más opuesto a Swinburne puede mencionarse al exacto, al lógico, imaginativo e ingenioso Stevenson. Sus poemas son como inscripciones. Sin embargo, la excesiva pulcritud de Stevenson resultó perjudicial; logró poemas demasiado estilizados y a veces pueriles.
Robert Louis Stevenson quedará siempre asociado a los sueños de infancia, a las primeras emociones literarias, como a las más maduras y las más equilibradas. Hasta en sus sueños fue ingenioso: según el testimonio de su madre, de niño soñó con un ruido de plumas que escribían.
Stevenson tuvo la más feliz, la más armoniosa imaginación creadora. Durante toda su vida inventó juegos, canciones, países, personas. Si no tuvo salud fisica, tuvo una salud espiritual incomparable. Si no vivió muchos años, los cielos, los paisajes, la felicidad de sus invenciones equivalieron a una vida muy larga.

“Para la mayor parte de nosotros, la verdadera vida es aquella que no vivimos…”, dijo Wilde; lo mismo podría decir el artista de sus obras. “Para la mayor parte de nosotros, la verdadera obra es aquella que no hemos escrito”.
Oscar Wilde, a pesar de haber escrito pocas poesías, pocas de primer orden, fue ante todo un poeta; un poeta que hubiera podido realizar lo que se hubiera propuesto. No tuvo tiempo; su escandalosa y brillante vida lo ocupó demasiado; tampoco se dedicó bastante al arte de escribir poesías, pero en toda su prosa se advierten ideas poéticas y palabras que quieren ser rememoradas y repetidas como si las acompañara la cuidadosa musicalidad del metro.
Wilde fue uno de esos hombres que hasta para pedir una taza de café hacen una frase memorable. Vivió como representando ante un público de poetas. Vivió frente a las musas como un niño, o como un santo frente a Dios. Exigió que el destino se condujera con él como él se había conducido ante el mundo: con originalidad. En la vida cotidiana fue un artista: jamás se olvidó de serlo, ni aun en los momentos más trágicos. A VisionTaedium VitaeThe Harlot’s House, The Sphinx y la admirable Ballad of Reading Gaol demuestran las excelencias de un extraordinario poeta.

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Detalle de una fotografía de Wilde de Napoleon Sarony (1882)

Difícil es dedicar tan pocas líneas a un tema tan complejo e importante, tan delicado, hermoso e inagotable como el de la poesía lírica inglesa, sin hacer muchas e imperdonables omisiones. Antes de pedir perdón al lector, me pediré perdón a mí misma, en la seguridad de no otorgármelo.
Con tantos nombres y tantas vidas, tantas obras deslumbrantes de tan diversos poetas, tendré siempre que lamentarme de no haber creado armoniosamente, en estas páginas, un cuento que podría ser más mágico y más lógico que aquellos que se encuentran en el libro de Las mil y una noches.
A tarvés del cristal inamovible del tiempo, la poesía se transforma y permanece; tiene su argumento; cada idea, cada forma podría seguirse en su desarrollo a través de las obras de los potas. Como el mármol, el bronce y el oro, cuyas facetas se gastan, se embellecen o se envilecen en relación con los elementos que las rodean, y adquieren tonalidades diferentes, de igual modo se modifican los poemas, esas mansiones de las palabras y del sentimiento, del ritmo y del pensamiento, de la armonía y de la belleza por donde transitan tantas memorias, tantas agresiones, tantos desdenes, tanto fervor.
“Ningún poeta, ningún artista en ningún arte, tiene en él mismo su entero significado. Su importancia, su valor se encuentran en relación con los poetas y los artistas muertos. No puede valorarse solo; hay que colocarlo como contraste para compararlo con los muertos. Éste es un principio de estética, no meramente de historia de la crítica. La necesidad de acatar, de enlazar, no es unilateral; cuando aparece una nueva obra de arte, simultáneamente sucede algo a todas las obras de arte que la preceden” (T. S. Eliot, Selected Essays: Individual Talent).

Lisos como los pies besados de las deidades, como las medallas descubiertas en los lechos de los ríos, gastadas por las ondas, los versos reposan en el seno del mundo, continúan viviendo su vida misteriosa; forman universos con sus diálogos; velan sobre la historia del mundo. Un parentesco los une, una voluntad divina va tejiéndolos, va consagrándolos, va asociándolos a otras vidas futuras, agregándoles brillo o dejándolos opacos, muertos: rechazando en ellos a las figuras consagradas, consagrando en ellos a las modestas.
El tiempo con su monstruosa lente, si es cierto que exagera los defectos y empobrece los encantos, exagera las cualidades y suaviza los defectos de una obra.
Las obras consagradas, como las figuras consagradas en sus pedestales inmóviles, envueltas en una peligrosa bruma de velos, perduran arbitrariamente porque son las elegidas, y son pocos, los que osan, de vez encuando, arrancar estos velos públicamente, atreviéndose a decir lo que piensan (a pensar, a juzgar), no a imitar lo que otros piensan.
Del mismo modo surgen las obras despreciadas: es preciso que alguien arranque los velos del olvido que las envuelve; que alguien tenga el valor de admirarlas y el orgullo de descubrirlas.
Pero ¡quién tendrá ruzón! ¡En cuántas épocas sucesivas surgirá de nuevo el ídolo derrumbado y caerá el que habrán arrancado del opaco letargo! No se sabe. Importa que las voces se hagan oír. Los poetas ingleses corren menos peligro que otros de no ser apreciados en su valor. Inglaterra ha sido privilegiada: sus críticos y sus historiadores son tan excepcionales como sus poetas.
Nunca se publicarán bastantes antologías de versos, bastantes críticas, ensayos, historias de la poesía; nunca se meditará, se discutirá bastante sobre la poesía, ni se sabrá bastante por qué se prefiere o se desdeña una obra. Nunca se harán bastantes traducciones (traducciones llevadas a cabo por poetas), ni se tratará bastante de hacer pasar de un idioma a otro la voz inmortal e inspiradora de los poetas.

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