El fluir de la pluma: sobre “Léxico de afinidades”, de Ida Vitale

Reseña de Léxico de afinidades, de Ida Vitale (Montevideo: HUM, 2020), que salió en la diaria el 28 de agosto de 2020.


El retorno de Ida Vitale a Uruguay en 2017, tras años viviendo en Estados Unidos, significó, junto con los premios que ganó en los últimos tiempos, la vuelta de sus libros a las librerías, en las que no siempre era fácil encontrarlos. Así, mientras una buena muestra de su poesía se hacía disponible mediante una selección cuidada por Aurelio Major y editada por Tusquets, Estuario ponía en circulación, en años consecutivos, volúmenes casi inconseguibles que habían aparecido en los tempranos 2000 en editoriales de México o España, como el conjunto de poemas en prosa El ABC de Byobu (2004) o De plantas y animales (2003), a los que ahora se suma Léxico de afinidades, publicado originalmente en 1994.

Se podría pensar que con la reedición del libro, en esta oportunidad como parte de la colección de la casa editorial uruguaya, Vitale cierra una suerte de trilogía de textos en prosa que juegan a tensar lo poético y lo ensayístico, la escritura autobiográfica y la enciclopédica. Los tres, además, ofrecen un juego con el diccionario, que vuelve una y otra vez en sus referencias y resulta imprescindible para comprender no sólo su forma de enfrentarse a la literatura en tanto lectora, sino también en tanto poeta y ensayista.

En este sentido, comparte rasgos con su contemporánea (por lo demás, tan distinta) Amanda Berenguer, para quien el diccionario y la enciclopedia también fueron una lectura central, como atestigua ese catálogo poético que es Identidad de ciertas frutas (1983), en el que las impresiones personales, los recuerdos y la mirada pictórica o de naturalista se entrecruzan en poemas concisos y delicados. En todo caso, la comparación sirve para marcar lo que las une y para hacer visibles sus diferencias: en efecto, la poesía de Vitale (cuyo primer libro, La luz de esta memoria, fue publicado en 1949 por La Galatea, que Berenguer dirigía junto a su marido José Pedro Díaz) comparte las referencias librescas, la fascinación por las palabras y sus etimologías y el homenaje a sus autores queridos, pero mientras en buena parte de la obra de Berenguer eso significa una expansión que llega a su clímax en los magníficos poemas largos de Materia prima (1966), la suya, de espíritu más clásico, tiende a la limpieza en la expresión.

Sin embargo, esta característica de su poesía no pasa de forma cabal a la prosa, que por lo general tiende a la dispersión o a las digresiones más o menos aventuradas, rasgo que atraviesa estos tres libros y pone en aprietos a la rígida clasificación genérica. Efectivamente, prosas más o menos breves, poemas, definiciones convencionales, evocaciones y recuerdos, crítica literaria o de arte e historias familiares o ajenas de diversos orígenes se dan cita en este libro que realiza una interesante paradoja, porque a través del tiránico rigor del abecedario logra una libertad mayor y alterna regímenes de escritura que se muestran bien diferenciados y a su vez unidos por una voz clara y reconocible.

Esta mezcla virtuosa la logra, por supuesto, la maestría del lenguaje, que sabe tensar sus posibilidades e hibridar con talento humor, lucidez y un espíritu nostálgico y en estado de curiosidad permanente. De esta manera, en la conjunción de fragmentos en prosa (los mejores son por lo general los más extensos, como el dedicado a la locura o el que rememora al escritor Edgar Bayley) y de poemas (que a veces adoptan un aire grave o se dispersan en el juego de palabras), Vitale encuentra una forma personalísima de la escritura. Más allá de esto, Léxico de afinidades ofrece la posibilidad de ser pensado como un peculiar tipo de zibaldone, libros de fragmentos que tuvieron origen entre los mercaderes venecianos del siglo XIV y encontraron su apogeo en el XIX gracias al genio de Giacomo Leopardi, o, como deja en claro la autora en la entrada final, como zuibitsu –o zuihitsu, el arte de “seguir el pincel”–, una forma literaria japonesa miscelánea cuya precursora es Sei Shonagon, autora de El libro de la almohada, una suerte de diario de su vida en la corte imperial de la era Heian (siglo X) que incluye aforismos, observaciones sobre las costumbres, ensayos breves y extensos.

Escribiendo sobre el género, Donald Keene (en Seeds in the Heart, su historia de la literatura japonesa desde sus comienzos hasta el siglo XVI) explica que en estos libros las “observaciones y reflexiones del escritor se presentan con gracia estilística”, pero que es sobre todo “la personalidad del escritor”, que subyace a cada uno de los fragmentos, “la que puede atraer a los lectores”, ya que provoca que “después de leer una serie de anécdotas o impresiones aparentemente no relacionadas” podamos “sentir una gran sensación de intimidad” con el autor, intimidad que, a pesar de la férrea imposición del orden alfabético, se establece con el libro de Vitale.

A través de entradas dedicadas a cosas tan distantes como el “codo”, “Ofelia” (por el personaje shakespeariano, pintada memorablemente por John Everett Millais y otros del grupo prerrafaelita), el “progreso”, el pintor Giorgio Morandi, el “ajedrez”, “Eulalia” (por una amiga de su tía) o “unicornio”, lo que se revela es una voz y una forma de mirar que se van armando ante el lector y lo vuelven confidente a la vez de las memorias contadas y, para utilizar las palabras de Vitale, “de la jugosa vida de la lengua”. En ese merodeo, además de ofrecer la singularidad del estilo, como todo diccionario Léxico de afinidades busca poner orden en lo disperso, y en su feliz profusión caprichosa también logra hacer evidente el carácter inestable de ese cosmos.

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