Lo que fue: sobre “El origen de todo”, de Roberto Appratto

Reseña de El origen de todo, de Roberto Appratto (Montevideo: Criatura, 2020), publicada en la diaria el 24 de diciembre de 2020.


Ante todo poeta, Roberto Appratto ha ido creando sin embargo, desde la publicación en 1993 de Íntima, uno de los proyectos más consistentes de la narrativa reciente en Uruguay. Ahora, con la aparición de El origen de todo, a sus libros autobiográficos —el ya mencionado debut, Se hizo de noche (2007), 18 y Yaguarón (2008), Como si fuera poco (2014) y Mientras espero (2016)— se une una pieza que, en más de un sentido, cierra un ciclo. Este tomo (el tercero publicado con la editorial Criatura, tras la novela La carta perdida, recientemente ganadora del tercer premio de los Premios Nacionales de Literatura), encuentra así una modulación nueva, aunque recurre por supuesto a muchos de los mecanismos narrativos que Appratto viene trabajando desde los noventa y, de algún modo, vuelve a aquel inicio con una obra que puede pensarse como complementaria: si Íntima era, digamos, “el libro del padre”, lo que tenemos ahora ante nosotros es el de la madre.

Y en la madre, como el título no sugiere sino que asegura, está el origen de un todo que no tiene necesariamente que ver con “la vida”, sino que se trata además de estos libros, todos los libros de Appratto: la literatura, aunque el pasaje no sea lineal. En efecto, no se trata esta de una historia de erudición compartida —de una madre a lo Leonor Acevedo, que planeaba y ayudaba a llevar adelante la vida literaria de su hijo Jorge Luis Borges, o a lo Susan Sontag, que le leía a su niño de cuatro años Homero, Swift y Voltaire y había prohibido la llamada “literatura infantil” en su casa—; al contrario, la guía, por decirle de algún modo, de Noemí Davison en la vida de su hijo se manifiesta de modos más sutiles, que el narrador intenta hacer visibles mediante un trabajo profundo con la memoria y la escritura.

Este trabajo, que es en primer lugar con la lengua, tiene una premisa muy clara: evitar el lugar común, la narración de una vida ejemplar, la transformación de la madre en un símbolo o en un arquetipo. Así, la madre del narrador no se convierte en un estereotipo del ama de casa de la segunda mitad del siglo XX en Uruguay, aunque lo haya sido, ni meramente en la “esposa de” (en su caso, del doctor Appratto, reconocido pediatra), ni tampoco en una figura de reivindicación, ni, como en muchos textos de este estilo, en una santa mártir. Es, en primer lugar, un motivo literario que forzosamente se despega de su lugar en la familia y se muestra bajo otra luz. Como en una escena fulgurante de la infancia, Appratto la mira (esta vez, programáticamente) extrañado, se pregunta qué y quién es esa mujer que va y viene, lava y cuelga ropa, cocina, cose y teje, mira la televisión, le enseña francés, desaparece por momentos de la casa para ir al cine, habla con una vecina con el murito de por medio, etcétera. Algo de esa vida, que no es especialmente narrable en el sentido corriente del término (en tanto no tiene nada, en principio, que la destaque del resto), no deja de maravillar al hijo, que con su prosa busca dar cuenta de ese carácter al mismo tiempo compartido y único.

En esta búsqueda, la madre aparece en sus gustos, en los libros que leyó, las películas que vio, las comidas que hacía, pero sobre todo en las palabras y las frases que decía, las que eran suyas. Así, Appratto se abandona a las listas, que en algunos casos marcan un ritmo, como si fueran estribillos, en otros detienen la narración o la reflexión y en otros estructuran un apartado del texto, pero siempre aparecen como una saturación de información que, insistentemente, revela la opacidad de la persona narrada, como si ella fuera y no fuera la suma de esos giros expresivos, de esas novelas leídas o esas idas al cine que configuraban la “otra vida”, fuera de la casa.

En los momentos que guardaba para sí, cuando según la feliz fórmula de Appratto “olvidaba el cuaderno con el lápiz atado” en el que se anotaban diligentemente los llamados de los pacientes del padre de familia, Noemí parece justamente dedicarse, en los ojos del hijo, a escribir su vida, pero como ejercicio mental: en su caso, dejar el lápiz (que es dejar de ser, por un instante, madre, ama de casa, “secretaria”, esposa) es adentrarse en las tierras de la memoria, en una vida anterior que el narrador adivina dichosa, aunque poco sepa de ella. Los recuerdos, que la madre atesoraba “como signos indelebles que se superponían a su presente”, abren por eso brechas en el flujo de la prosa, siempre dispuesta a recibir estas interrupciones, a través de las que se cuela tímidamente la historia compartida desde los ojos del hijo que elabora una y otra vez las escenas fundamentales de su biografía mientras juega a adivinar ese pasado del que retiene apenas retazos.

Appratto sabe, en este sentido, que toda reconstrucción es también construcción, pero eso no le impide largarse a la aventura, juntar hechos aislados y distantes en el tiempo, forzar la memoria hasta sus límites e interpretar, imaginar casi, los signos que estaban ahí sueltos, puestos para nadie. En ese acto de rescate, entonces, está el contar y las cosas que surgen del pasado como extraídas de un mar turbulento, limpias, palpitantes, pero descontextualizadas y, por eso, también nuevas. Es así que establecen una relación conflictiva con lo vivido, que emerge en un presente habitable y a la vez sigue perteneciendo a ese otro tiempo concluido (“algo que fue y no que era”): como la vacilación contenida en el hubiera o hubiese materno, es en la ambigüedad del límite que impone la figura de la madre cerrada sobre sí misma que se encuentra la fuerza de este relato repleto de hallazgos.

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