Sí = No: Cien años del Primer Manifiesto Dadaísta

Ahora bien, no hay que olvidar que, si Tzara puede atacar con violencia al manifiesto como forma y, ante todo, a la expectativa del lector, es porque tras él hay, ya, una historia, un género discursivo con reglas y procedimientos que conforman «lo esperable». Solo entonces es que, como afirma Dafydd Jones, el rumano es capaz de presentar su texto como algo que le «sucede» al lector y, en ese sentido, como un evento casi teatral en el que la misma enunciación es un devenir de aquello que se va imponiendo mientras anuncia lo que, al final, no llega nunca. Ese evento, sigue Jones, citando a Leah Dickerman, implica al final un asalto al público, a las funciones comunicativas del lenguaje y a la idea de comunidad en tanto sistema colectivo gobernado por leyes.

Fragmento de “Sí = No: Cien años del Primer Manifiesto Dadaísta”, que se publicó en el portal de la librería Escaramuza. Se puede acceder al texto completo haciendo clic en la cita.

La doble vida: sobre “El café del griego”, de Sergio Altesor

Reseña de El café del griego. Un estudio de la luz, de Sergio Altesor (Montevideo: Estuario, 2018), que salió en la diaria el 29 de noviembre de 2018.


Si hay una constante en la obra en verso y prosa de Sergio Altesor es la experimentación con la forma. Sus tres libros de narrativa publicados hasta ahora –Río escondido, de 2000, Taxi, de 2016, y El café del griego, que salió hace unas semanas–, en efecto, persiguen búsquedas formales bien diferenciadas. Si el primero, ganador del premio Posdata, era un solo párrafo torrencial que jugaba con la referencia fluvial de su título y el segundo tenía forma de diario, pautado por los días y los viajes del narrador, artista visual y taxista, esta última novela, que sigue de cerca aquellos libros (con los que comparte personajes), está dividida en tres secciones claramente distintas, de tal manera que uno podría pensar que está ante un conjunto de nouvelles que comparten universo o, si se quiere, de un tríptico.

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El tiempo me mantuvo verde y moribundo / aunque canté en mis cadenas como el mar: Dylan Thomas

No obstante, son esas estrofas o párrafos de cuidada orfebrería (o incluso ese verso perfecto que, como dice Lowell, justifica un texto endeble como «La muerte no tendrá dominio»), los que importan ahora. Me refiero, por citar solo un puñado, a páginas virtuosas y ya clásicas como «No vayas dócil a esa buena noche», «Yace tranquilo, duerme en paz» (ambas hechas canción por el también galés John Cale) u «Oh, hazme una máscara», en las que la guerra, el amor y la pérdida ocupan el oscuro centro, del que esas piezas obtienen toda su fuerza; pero también a algunas menos citadas, como «Poema en octubre» o «El jorobado en el parque», en el que se encuentra la estrofa: «Y el viejo perro adormilado / solo entre enfermeras y cisnes, / mientras los niños en los sauces / hacían saltar los tigres de sus ojos / para que rugieran en la rocalla / y los bosques estaban azules de marineros».

Fragmento de “El tiempo me mantuvo verde y moribundo / aunque canté en mis cadenas como el mar: Dylan Thomas”, que se publicó en el portal de la librería Escaramuza. Se puede acceder al texto completo haciendo clic en la cita.

Cuando el alto alero tiembla: poemas de Richard Aldington, Skipwith Cannell, Amy Lowell y William Carlos Williams

Destrucción del jardín

“Au vieux jardin”, de Richard Aldington

Me he sentado feliz en los jardines,
a mirar el estanque calmo y los juncos
y las nubes oscuras
que el viento del aire superior
rompió como a las verdes ramas cargadas de hojas
de los árboles del fin del verano;
pero aunque encuentro gran placer
en estos y en los nenúfares,
lo que más me acerca al llanto
es el color rosa y blanco de las suaves piedra lajas,
y el pálido pasto amarillo
entre ellas.

“Nocturnos”, de Skipwith Cannell

I
Vuestros pies,
que son como pequeños, plateados pájaros,
han determinado placenteras vías;
p
or ello os seguiré,
Paloma de los Ojos Dorados,
sobre cualquier senda os seguiré,
porque la luz de vuestra belleza
brilla ante mi como una antorcha.

II
Vuestros pies son blancos
sobre la espuma del mar;
sostenedme, rápido, Cisne reluciente
no sea que tropiece y me hunda,
y en…

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Poetas líricos en lengua inglesa: Blake, Wordsworth, Coleridge y otros

Tercera parte del prólogo de Silvina Ocampo a la antología Poetas líricos en lengua inglesa (Buenos Aires: Jackson, 1952 y Barcelona: Océano, 1999).


Parecería que los poetas se confabularan para reunirse con más ímpetu y felicidad en ciertas épocas de la historia. Un descolorido lapso se extiende, para la poesía inglesa, después de la desaparición de Shakespeare, Donne, Milton, Dryden y Pope, hasta la aparición de Blake, de Burns y de los poetas laquistas (Wordsworth, Coleridge, Southey), que inician una nueva y venturosa era. Durante ese lapso merece recordarse el nombre del célebre Samuel Johnson, que escribió poemas con más inteligencia que inspiración. Sus versos aislados pueden ser admirables, pero agrupados, en marcha monótona, en vez de estimular la lectura, pesan, entorpecen, desaniman y descorazonan la atención. Sus poemas más notables son London y The Vanity of Human Wishes. Mencionaré también las inspiradas imposturas de James Macpherson y de de Thomas Chartterton: los poemas de Ossian, vagos, retóricos, falsamente grandiosos, admirados por Goethe y por Napoleón, y los discutidos y asombrosos poemas de Thomas Rowley.

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In Memoriam: Francisco Francese / Ferdinando Palladino

Hace cuatro años, cuando se cumplían 100 años de la Primera Guerra Mundial, Gabriel Lagos me pidió que escribiera para el número de setiembre de 2014 de la revista Lento lo que se convertiría en mi primera colaboración en prensa (aunque se publicó después que algunas reseñas). El texto, que contaba la participación de mi bisabuelo en la guerra, tuvo una feliz vida y sirvió como materia prima para uno de los capítulos del libro Cartas desde las trincheras, de Sebastián Panzl (Montevideo: Planeta, 2017). Ahora, aprovechando el centenario del  Armisticio de Compiègne, lo publico con apenas algunas correcciones.


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Gato que aparece en la noche: sobre el primer número del fanzine colectivo “Mascotas Muertas”

Aprovechando que ese fin de semana sería la Feria del Libro independiente, el 7 de noviembre de 2018 se publicó en la diaria la reseña de Mascotas Muertas #1: ¿Qué hacer?, fanzine realizado en conjunto por Martina Solari, Germán Maestri, Andrés Seoane, Gabriel Ameijenda, Magdalena Gualco, Paula Genta, Lucie Charcosset, Christian Kis, Gonzalo Javier, Yasavec y Otra Paola, con la colaboración especial de Aleksandra Waliszewska y Panchopepe.


El terror de dejar a alguien afuera demoró la escritura de esta nota demasiado tiempo. Alguien va a quedar afuera siempre: de eso se trata la crítica. Después leeré los olvidos como el hueco que perdura y lo dicho no va a ser más que el borde, la marca que circunda esa ausencia. Esto, después de todo, no es más que el conjunto de percepciones personales de quien ha participado como espectador en varios de los espacios que ahora comenta, percepciones limitadas por la pereza y ordenadas por la distancia. Pero lo cierto es que siempre trabajamos con la incapacidad, con lo que no hay.

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Los restos del naufragio

Hay un vacío, en la playa, que se fue llenando de los desperdicios del barco que vemos hundirse a lo lejos, manchas negras, humos, su inmensidad como un dinosaurio volcado. Y las botellas, los candelabros, las enciclopedias que se amontonan en la arena, con palos, caracoles, viejas sombrillas olvidadas. Un lenguaje que va muriendo pero respira ahora en restos, en fragmentos dispersos de letra, en balbuceos de los ahogados y todavía dice cosas.

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Fotografía de Andrés Seoane

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La escritura como reparación: sobre “La carta perdida”; y “Los límites del control”, de Roberto Appratto


Sin palabras se llamó el poemario anterior de Roberto Appratto, que terminó por abrir un silencio de cuatro años. Un silencio relativo, es cierto, porque poco después el novelista, ensayista y poeta publicó la pieza autobiográfica Como si fuera poco (2014), a la que a los años siguió Mientras espero (2016) y, hace unos meses, La carta perdida. Pero, además, en ese período escribió una larga prosa sobre su madre, El origen de todo (cuyo fragmento final apareció recientemente en la revista virtual Enclave, de la City University of New York), tradujo extensamente al poeta estadounidense Jon Davis (esas traducciones se pueden encontrar en varios sitios web) y comenzó, en el portal de la librería Escaramuza, una columna de ensayos.

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