Los restos del naufragio

Hay un vacío, en la playa, que se fue llenando de los desperdicios del barco que vemos hundirse a lo lejos, manchas negras, humos, su inmensidad como un dinosaurio volcado. Y las botellas, los candelabros, las enciclopedias que se amontonan en la arena, con palos, caracoles, viejas sombrillas olvidadas. Un lenguaje que va muriendo pero respira ahora en restos, en fragmentos dispersos de letra, en balbuceos de los ahogados y todavía dice cosas.

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Fotografía de Andrés Seoane

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En el espejo: sobre “Suicidio” de Édouard Levé


Es imposible eludir las circunstancias de publicación de Suicidio, última novela del francés Édouard Levé. En 2007, unos días después de entregar el manuscrito a su editor, en efecto, Levé terminó con su vida. Tenía 42 años y una obra que consistía, al momento, en varios cuadros, tres libros cercanos a la literatura conceptual y una decena de series fotográficas. Probablemente debido a esa circunstancia y a la propensión a la autorreferencia del francés y de nuestro tiempo, su publicación póstuma se leyó a menudo en clave de despedida, de nota suicida, de testamento. Sin embargo, estas lecturas, que buscan conexiones simples entre la biografía del autor y su creación artística, a menudo llegan a conclusiones ingenuas y, lo que es peor, poco interesantes.

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I’ll drown my book: Riccardo Boglione y “La tempestad”

Victor Hugo, en su célebre ensayo sobre Shakespeare (escrito, precisamente, en su exilio en la isla de Jersey), decía que La tempestad es un arabesco. Y a ese término, brumoso y a la vez claro, lo define comparándolo con la vegetación en la naturaleza, porque el arabesco, como ella, brota, crece, se multiplica, florece. Esa fertilidad, esa proliferación, es evidente para cualquier lector de la obra, que no ha cesado de reverberar en los cuatro largos siglos que tiene de vida. Parte de esa historia de ecos son las distintas traducciones, continuas, variadas, geniales o, cuanto menos, olvidables. Varias de ellas están en este libro, que es una celebración de lo distinto. 

Fragmento del texto “I’ll drown my book”, sobre el libro It Is Foul Weather In Us All, de Riccardo Boglione, que se publicó en el portal de la librería Escaramuza. Se puede acceder al texto completo haciendo clic en la cita.

El bote del amor se estrelló contra la vida cotidiana: Maiakovski lírico

Ese choque, tan profundamente moderno, se reafirma en su individualismo radical, que se cuela en su obra como un intruso. Si el comunismo cantaba a las multitudes obreras en las plazas, en el campo, en las fábricas, el poeta luchaba, al mismo tiempo, por encarnar un ideal que se le rebelaba. Su obsesión por hacer cantos para el pueblo y su reticencia a renunciar a su genio son los dos extremos siempre en tensión en su obra, que a él le gustaba declamar con voz clara y enérgica, vistiendo la blusa amarilla de los proletarios.

Fragmento del texto “El bote del amor se estrelló”, sobre la poesía lírica de Vladimir Maiakovski, que se publicó en el portal de la librería Escaramuza. Se puede acceder al texto completo haciendo clic en la cita.

Hienden la penumbra de mis sueños: un poema de James Joyce

Destrucción del jardín

Oigo un ejército

Oigo un ejército cargando sobre la tierra,
Y el trueno de caballos lanzados; con espuma hasta las rodillas,
Arrogantes, de negras armaduras, tras ellos se yerguen,
Despreciando las riendas, con ondulantes látigos, los aurigas.

Gritan a la noche sus nombres de batalla:
Gimo en sueños cuando oigo a lo lejos su risa arremolinada.
Hienden la penumbra de mis sueños, una llama enceguecedora
Retumba, retumba sobre el corazón como sobre un yunque.

Vienen sacudiendo triunfantes su largo, verde cabello:
Salen del mar y corren gritando por la playa.
Mi corazón, ¿no tienes sabiduría acaso para desesperar?
Mi amor, mi amor, mi amor, ¿por qué me has dejado solo?

Publicado originalmente en Chamber Music (1907)


Hace unos cuatro años, tradujimos con Mateo Vidal algunos poemas del inglés, entre los que se encontraba este de James Joyce, que en 1914 Ezra Pound incluyó en su famosa antología Des Imagistes.

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Autorretratos con Gloria Fuertes

En efecto, la división simplista entre «artificio» y «vida», que quizá la ayudó a sobrevivir en un mundo en el que todo debía ser serio, elevado, grave (era el franquismo) y le permitió jugar, hoy encuentra eco en los malos lectores, que no saben ver el arte poético que hay detrás de su «Canción del que no quería mentir» (que supo leer, traducido al inglés, cuando fue telonera de Joan Baez), cuyos versos centrales dicen: «Me costó la costumbre de arrancar la mentira / me tejí este vestido de verdad que me cubre, / y a veces voy desnuda».

Fragmento de “Autorretratos con Gloria Fuertes”, que se publicó en el portal de la librería Escaramuza. Se puede acceder al texto completo haciendo clic en la cita.

Roberto Appratto y Leo Maslíah: poesía + piano

Hay un café que tiene un teatro debajo o hay un teatro con un café arriba; no importa. Es en Durazno y Convención; la entrada es por Durazno. La sala, con un pequeño escenario y sillas por tres costados, se va llenando lentamente. Va a suceder algo.

“Una lectura como las de antes”, me dice un amigo. Algo así. En el escenario, con una pose parecida a la del Juan Carlos Muñoz del retrato de Carlos Federico Sáez, está Roberto Appratto. Sobre varias alfombras hay dos butacas robustas, señoriales, una mesita llena de papeles. Un teclado. La luz es roja. Entra Leo Maslíah, se sienta y empieza a tocar.

“Juan Rilla, el dueño del lugar, quería hacer algo, y yo también”, cuenta Appratto, poeta, narrador, ensayista. “Primero pensé en un taller o una lectura”, pero luego, y tras saber que Maslíah también estaba interesado en hacer algo en la sala, pensó este espectáculo en tándem, que los une por primera vez en público. El compositor, músico y escritor decidió tocar sin leer obra suya y le pidió a Appratto una lista de poemas ordenados. Consultado por la diaria, Maslíah cuenta que eligió las obras para piano que integran el repertorio (hay piezas suyas y ajenas) “como fondo musical para las lecturas de Roberto”, en una selección que tuvo en cuenta lo que le pareció más adecuado para cada texto.

De este modo, Appratto lee, con una voz que llena la sala aun cuando está casi de espaldas al público, sin micrófono. Camina por el escenario, que es un cuadrado, trazando una diagonal, de una butaca a la otra. Se queda parado en el medio, va ganando confianza con cada verso. Tiene un fajo grande de hojas del que va seleccionando (a algunos les dice “no” con el dedo).

Tiene mucho de dónde elegir. Editados por Yaugurú, los dos tomos de sus poesías completas (escribí el prólogo del segundo) suman más de 400 páginas. De ahí Appratto seleccionó lo que más le gusta, algo así como una antología que combina cosas publicadas e inéditas, tal vez privilegiando por momentos lo más cercano a cierta parte de la obra de Maslíah, un costado experimental y lúdico que a veces se acerca al humor.

El resultado, entre la música, que acompaña pero nunca como burdo énfasis sentimental, y los poemas, muchos de ellos (como “Escribir para alguien…”) ejercicios de virtuosismo que se refuerzan en su duración o, como “Las últimas palabras de mi madre…”, de una emotividad contenida, es un espectáculo único.

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El origen del universo: sobre “Poemas árticos” y “Ecuatorial”, de Vicente Huidobro

Reseña de Poemas árticos y Ecuatorial, de Vicente Huidobro (Montevideo: Yaugurú, 2018), que salió en la diaria el 24 de mayo de 2018.


1918 fue un año clave para Vicente Huidobro y, en consecuencia, para la literatura de vanguardia en castellano. Tras partir de su Santiago natal en 1916, el poeta pasó por Buenos Aires y de ahí, donde publicó la plaquette El espejo de agua, se embarcó finalmente a Europa. A fines de ese año llegó a París, donde vivió con intensidad la apoteosis de la Primera Guerra Mundial y del dadaísmo, hizo amigos que lo pusieron en contacto con las nuevas ideas poéticas y plásticas (Max Jacob, Pablo Picasso, Juan Gris, etcétera), y en 1917 editó en francés un poemario fundamental: Horizon carré.

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