Cálculos y oráculos: la crítica en números

A fines del año pasado llegué a las 100 reseñas publicadas en la diaria y decidí que sería bueno hacer algunos balances… pero hasta ahora no había juntado la energía para hacerlo. Casi desde el principio de mi trabajo como crítico (empecé en la segunda mitad de 2014) participé de discusiones en torno al quehacer del reseñista, a los límites entre el lenguaje periodístico, el académico y el ensayístico, al lugar de la prensa en el mundo literario, etc. Siempre que hablé del tema, por algún motivo, quise tener a mano algunos números, que si bien no son “la verdad”, ilustran bien tendencias y ayudan a ver más fríamente algunos porcentajes.

Haciendo las tablas me di cuenta de varias cosas: una de ellas es que, con el correr de los años tiendo a reseñar más libros escritos por mujeres y más ensayo. Ese es tal vez el movimiento más claro, pero no lo grafiqué. Lo que sí hice fue manejar las cifras en torno a lenguas originales, sexo, nacionalidad (uruguayos y extranjeros) y géneros literarios. Por algo hay que empezar.*

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Muerte por realismo: sobre “Macbeth”, de Jo Nesbø

Reseña de Macbeth, de Jo Nesbø (Buenos Aires: Lumen, 2018), publicada en la diaria el 18 de diciembre de 2018.


Macbeth no sólo es una de las tragedias más conocidas de William Shakespeare, sino que además está entre las mejores. La más breve de sus piezas teatrales, es una concentrada muestra de la maestría de su autor, capaz de crear algunos de los ambientes más oscuros de la literatura y, ante todo, de darle vida a un personaje tan complejo, malvado y atractivo como Lady Macbeth, cuyos parlamentos se vuelven instantáneamente parte imborrable de quien entra en la obra.

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Gauchos: sobre algunos fragmentos de Hudson, Darwin y Supervielle

Es famoso el capítulo de The Purple Land, de W. H. Hudson, en el que Richard Lamb participa de una ronda de historias a la luz del fogón con un grupo de gauchos que cuentan encuentros con el diablo y apariciones, pero se enojan cuando él les habla del Palacio de Cristal, que uno que se llama Lechuza califica de cuento, contra sus “experiencias reales”.

A los ojos de los visitantes, muchas veces los gauchos parecen decir cosas disparatas, dignas de un personaje de Alice in Wonderland, pero con absoluta seriedad. Otro caso se encuentra en A Naturalist’s Voyage Round the World, el diario de Charles Darwin. En efecto, el 26 de noviembre de 1833, el científico inglés anota:

En Mercedes le pregunté a dos hombres por qué no trabajaban. Uno me dijo muy seriamente que los días eran demasiado largos; el otro que era demasiado pobre.

En las memorias de Jules Supervielle hay algunos diálogos dignos de esta improvisada antología, como los protagonizados por Hipólito Hernández, un hombre que dejó el campo por primera vez para visitar a su hermana María, que vivía en un pueblo vecino. Cuenta Supervielle:

Es la hora de almorzar. Después del puchero, se le ofrecen aceitunas a Hernández, que desconfía de todos los alimentos que no son carne. Quiere comer una aceituna de su tenedor, pero no puede. Su hermana lo hace en el primer intento.
—No me sorprende, dice Hipólito: la aceituna estaba cansada.
—¿Querés queso?
—No, el queso es traicionero.
—¿Leche?
—Sí, la leche es un instrumento que usamos en mi casa.
—¿Y una naranja?
—No, la naranja es muy fría.
Después de almorzar la hermana le pregunta:
—¿Jugás al dominó?
—No, es un juego difícil, dice el gaucho con seriedad. Debería conocer la gramática.
Al crepúsculo se despide de su hermana para volver a la estancia.
—No le tenés miedo a los fantasmas, le pregunta la mujer.
—No, estoy acompañado (quiere decir que lleva un talismán consigo).

Un poco más adelante, sigue Supervielle, esta vez hablando de otro hombre que está en su lecho de muerte:

El cura, después de la extremaunción, le pregunta qué le puede ofrecer.
—Un churrasco, dice el agonizante con los ojos ya vidriosos.
Y he aquí que come y resucita.

Poetas líricos en lengua inglesa: Byron, Shelley, Keats y otros

Cuarta parte del prólogo de Silvina Ocampo a la antología Poetas líricos en lengua inglesa (Buenos Aires: Jackson, 1952 y Barcelona: Océano, 1999).


“…desechar los superficial y lo pequeño, desdeñar lo trivial, y seleccionar en la cantera los trozos que resistirás los más duros golpes del martillo y que retendrán todas las marcas del cincel”: con estas palabras Walter Savage Landor definió con exactitud un ideal que Byron ni remotamente se propuso.
En medio de la romántica y lujosa poesía de la época, los poemas de Landor son lisos y netos como un trozo de mármol. Una gran serenidad distinque los versos de este poeta, que en la vida tuvo un carácter sombrío y violento. El epigrama dedicado a sus últimos días demuestra en la primera línea, su orgullo:

I strove with none, for none was worth my strife:
Nature I loved, and, next to Nature, Art:
I warm’d both hands before the fire of Life;
It sinks; and I am ready to depart.

[Contra nadie luché; nadie fue digno de mi lucha.
Amé el arte después de la naturaleza:
Calenté junto al fuego de la vida mis manos;
El fuego ya se extingue y estoy pronto a partir.]

Landor dejó una serie de epigramas hermosísimos: There is a Mountain and a Wood Between Us, The Leaves are Falling, Ianthe’s Question y Rose Aylmer son mis predilectos.

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El fulgor del mundo: sobre “El hijo judío”, de Daniel Guebel

Reseña de El hijo judío, de Daniel Guebel (Buenos Aires: Random House, 2018), que salió en la diaria el 11 de diciembre de 2018.


“Nadie tiene que dar lecciones al padre sobre cómo adivinar las intenciones del hijo”, dice el señor Bendemann en el cuento largo “La condena”, que Franz Kafka escribió en 1912. Más allá de la elección del traductor (que mis nulos conocimientos de alemán me impiden criticar), en el original la palabra clave es durchschauen, que por lo que entiendo puede significar tanto lo que el traductor decidió, “conocer las intenciones de alguien”, como también su “esencia” o “entenderlo” de una manera profunda: al estar formado por el verbo schauen en conjunción con el prefijo durch, me explican, uno podría decir que de lo que se jacta el personaje de Kafka frente a su hijo es de poder ver “a través de él”, de “calarlo”. En todo caso, si eso parece ser una habilidad específica del padre, acaso para el hijo sea distinto; acaso para el hijo sí sean necesarias lecciones, el encuentro de una suerte de manual imposible que enseñe a leer al progenitor, comprenderlo.

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