Tríptico Baudelaire

El 9 de abril de 2021 se dedicó el suplemento de Cultura de la diaria a Charles Baudelaire, por los 200 años de su nacimiento. Junto a textos de Soledad Platero, Alma Bolón y Martín Macías, salió también uno mío.


El hombre, un tal señor Arnauldet, aparece sentado pero como a punto de levantarse, con el sombrero apoyado casi sobre la rodilla, las piernas abiertas, la espalda levemente inclinada hacia adelante, separada de lo que parece ser un respaldo. La fotografía, que data aproximadamente de 1866, tiene los bordes heridos por el tiempo, pero la imagen se ve clara en mi pantalla: el chaleco, el traje, la cadenita que adivino dorada, el bigote cuidado, la mirada decidida, el fondo neutro del estudio. Y, de pronto, en un rincón de la escenografía, fuera de foco, una mano, un tercio de hombre que se asoma, la cara vista tantas veces.

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Frontera terminal del mar del tiempo: sobre “La galaxia Góngora”, de Gustavo Espinosa

Reseña del libro La galaxia Góngora, de Gustavo Espinosa (Montevideo: Hum, 2021), que salió en la diaria el 1 de abril de 2021.


“Aprendemos pronto que conviene esquivar las abstracciones”, afirmaba hace unos años Gustavo Espinosa en un ensayo sobre su literatura publicado en el libro El animal letrado, compilado por Alma Bolón. Es decir, en palabras del novelista, que “es mejor hablar de un león furioso que de la soberbia, o de una muchacha muerta que de la teología o de la gracia”. El género novela, como sostenía a su vez Jorge Luis Borges, nace precisamente tras ese pasaje “de especies a individuos” en el que el verso “E con gli occulti ferri i Tradimenti” (Y con hierros ocultos las Traiciones) del poema épico de Giovanni Boccaccio es traducido por Geoffrey Chaucer como “The smyler with the knyf under the cloke” (El que sonríe, con el cuchillo bajo la capa).

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Los tiempos inmóviles: caminar en distintos momentos

Breve ensayo sobre el útlimo domingo del verano, Susana Soca y Jules Supervielle que salió en la diaria del 26 de marzo de 2021.


Es domingo, hay sol y la gente baja como imantada hacia la rambla a la altura de la playa Ramírez, donde los más acalorados disfrutan de los últimos días del verano. Se cumple un año de la declaración de emergencia por la pandemia y no puedo evitar ir pensando en los distintos panoramas que vi en estos meses, mientras paso la estatua de Confucio y decido cambiar mi recorrido habitual para esquivar las multitudes. Lo cierto es que no voy a ningún lado. Simplemente estoy caminando sin un destino previsto y al rato me encuentro doblando por Zorrilla de San Martín hacia Ellauri, que sigo hasta internarme en el laberinto que siempre fue para mí esa zona entre Punta Carretas y Pocitos.

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Nocturno en pleno día: notas sobre otro libro

Hace un tiempo escribí una serie de notas sobre Los restos del naufragio (Montevideo: Pez en el Hielo, 2019) que me sirvieron para ordenar lo que me llevó a ese libro y todo lo que vino después. Voy a empezar lo mismo, en un formato de diario poco riguroso, con La noche americana, que un amigo dice que debió haber sido primera publicación, porque termina precisamente donde empieza el que ahora es su predecesor.

Era un niño que soñaba

Podría empezar, para empezar por algún lado, con una foto que puse en Facebook el 9 de diciembre de 2019, cuando el libro era algo que se iba armando frente a mí.

Lo cierto, sin embargo, es que La noche americana empezó hace muchos años, en este blog, cuando me puse a recolectar poemas nocturnos. Los primeros, que publiqué en noviembre de 2013, son de Juan Parra del Riego, Delmira Agustini y José Asunción Silva, poetas que sobrevivieron y llegaron a formar parte del libro que se editó este año (el de Agustini, de hecho, también está en Los restos del naufragio). Los versos iban, en las entradas del blog, acompañados de una breve introducción y nada más. Pasó el tiempo y seguí subiendo poemas nocturnos y después dejé de subirlos, pero cada vez que me encontraba con uno me ponía contento y lo agregaba a un mail que nos mandábamos con Mateo, con quien habíamos pensado hacer una antología y publicarla alguna vez en nuestra proyectada editorial, Bisonte, que quedó trunca con su muerte.

A fines del año pasado, cuando llegué de vuelta a Saint-Denis después de estar en Montevideo y presentar Los restos…, y después de algunas idas y vueltas a lo de mi padre en Barcelona y de la estadía de mi madre en Francia, que aprovechamos para conocer Viena y Estambul (dos ciudades que se unieron para mí en armonía sorprendente aunque presentida), se me ocurrió hacer algo con esos poemas y empecé a escribir un ensayo sobre el tema, motivado en parte por una entrevista que me hizo en agosto Valentín Trujillo, en la que hablamos sobre el carácter noctámbulo de varios de los textos elegidos para mi antología comentada de poesía uruguaya.

Cuando empecé este ensayo, sin demasiada idea de a dónde iba a llevarme, se me ocurrió que tenía que dividirlo en doce capítulos a los que les di nombres temáticos que a su vez fueron atrayendo a una serie de autores, muchos de los cuales ya habían aparecido en esas publicaciones de mi blog. Los temas son variados y un poco vagos y van desde el insomnio hasta animales nocturnos, de los sueños hasta el desierto, que es un espacio que me interesa mucho y que asocio de una manera con la noche, como si la noche fuera también ese territorio amenazante que tenemos que atravesar.

Los sueños de la razón

Al tiempo, después de algunas semanas de trabajo, tuve el primer borrador del ensayo, que pasé a Gonza Baz y Dani Olivar, los editores de Pez en el Hielo. Cuando a las semanas dieron el OK, se nos ocurrió que podía tener ilustraciones y pensé Elián Stolarsky, a quien conocí hace años gracias a una exposición que hizo en la sala de Dodecá, donde yo estudiaba cine. Al instante consulté con ellos y le mandé un mensaje, tras lo que quedamos en vernos cuando yo fuera a Madrid, donde ella está viviendo, por las vacaciones de Navidad y después de visitar a mi padre.

El 3 de enero nos encontramos, así, en el café Barbieri, en Lavapiés. Ella ya había leído el librito y tenía una idea de lo que quería hacer, y nos quedó sólo conversar algunos temas de formato, de técnicas, y compartir impresiones sobre lo que yo quise hacer y lo que ella quería hacer a partir de eso.

El 8 de marzo me llegaron, por WhatsApp y sin aviso previo, once dibujos maravillosos, perfectos.

Y de pronto anochece

Estábamos viendo todo para publicar el libro, ya me había juntado Elián y estaba de vuelta en Saint-Denis y ya con Camila, cuando nos confinaron. Con motivo del confinamiento, en Uruguay recomendado y en Francia obligatorio durante dos meses, me invitaron a filmarme leyendo para la iniciativa #MiLibroEnCasa de la Intendencia de Montevideo y elegí un fragmento del capítulo dedicado al insomnio.

 

La noche lateral de los pantanos / me acecha y me demora

Después de darle tantas vueltas a estos poemas, me sentía liberado con el libro terminado, pero a la vez un poco culpable por todo lo que tuve que dejar afuera, motivo por el cual se me ocurrió hacer un taller de lectura en el que hablar sobre algo de lo que quedó en el camino.

En plena pandemia volví entonces a escribir, esta vez las tres secciones del taller que, por un verso de Borges, llamé La noche lateral. La primera sección, una breve introducción al tema, se vertebró en torno a una frase de Ralph Waldo Emerson y a otra de Junichiro Tanizaki que son de algún modo opuestas y complementarias. La de Emerson, que está en su libro de juventud Nature (1836), dice “No hay objeto, por feo que sea, que la luz intensa no vuelva hermoso. Y el estímulo que ofrece a los sentidos, y una suerte de infinitud que posee, como el espacio y el tiempo, hace que toda la materia se alboroce. Hasta un cadáver tiene su particular belleza” y la de Tanizaki, del famoso Elogio de la sombra (1933) es “Así como una piedra fosforescente, colocada en la oscuridad, emite una irradiación y expuesta a plena luz pierde toda su fascinación de joya preciosa, de igual manera la belleza pierde su existencia si se le suprimen los efectos de la sombra”.

A partir del impulso de esas dos frases es que imaginé el primer encuentro, con el acompañamiento de Ursula K. Le Guin, Silvia Baron Supervielle, Blaise Pascal, Victor Hugo y un par de grabados de Goya, que luego tiene su continuación en la segunda parte, dedicada a la poesía de Xavier Villaurrutia, a quien conocí a través de un ensayo de Ida Vitale y cuya lectura amplié con libros de Elena Garro, Rubén Darío y algo de Federico García Lorca, y en la tercera, finalmente, dedicada al trabajo de poeta y traductora de Teresa Amy, que leí junto a Roberto Appratto, Charles Baudelaire, Dante, Eduardo Acevedo Díaz y, por supuesto, Jan Skácel, a quien ella tradujo.

Tiempo después, tanto el segundo como el tercero de esos encuentros se convirtieron en artículos, uno publicado en la diaria el día del aniversario de Amy, y el otro, sobre Villaurrutia, ganador del premio 100 años de Mario Benedetti en la categoría Crítica de Literatura Iberoamericana.

Aquí se está llamando a las criaturas

Ya en Uruguay, con el libro pronto y en cuarentena por el viaje, empezamos a pensar la presentación y, ya ansiosos, a esperar que llegara el blurb, que estuvo a cargo de Marcela Labraña:

La noche americana de Francisco Álvez Francese nos trae la noche en su cadencia, en sus ritmos repetidos y también en sus estruendos a través de doce fragmentos y una inscripción en los que deambulan imágenes en blanco y negro –los colores de la noche– elaboradas por Elián Stolarsky y las palabras nocturnas de Marosa Di Giorgio, Borges, la Pizarnik y Herrera y Reissig, Huidobro, la Dickinson, entre otras y otros. Acompañan a esta noche varias preguntas más o menos soterradas: ¿Es la granada una fruta nocturna? ¿Dónde están guardados los bordes de la noche, quién los guardó y por qué? ¿Cómo es la voz de los muertos y por qué callan justo en el lugar en el que podrían volver a hablar con nosotros? ¿Es el insomnio una fuga provisional de la linealidad del tiempo, pensado como río, como flecha, como progreso? Acompañan a esta noche la voz tenue de algunas certezas: en ella “viven todavía los monstruos, lo confuso, lo inexplicable y lo abyecto, pero también se puede encontrar […] la salvación” o “hay más cosas en la noche que esperan ser llamadas pero no tienen nombre” quizá porque en ella “están siempre las cosas del cuerpo hablando un lenguaje sin palabras, reclamando existencia”.

Con la portada, que utiliza una trama de Elián y fue diseñada por Bárbara Nilson, pronta, solo quedaba la presentación, que al final se hizo el 10 de noviembre una vez más en el Museo Zorrilla, y con la participación de la poeta y dramaturga a Leonor Courtoisie.

Por cuestiones sanitarias, el aforo fue restringido a 25 personas, lo que no impidió que se uniera más gente a través de Zoom y que fuera una tarde intensa e inolvidable. Poco después, fui invitado por Mateo Magnone a su programa de radio El Germinador, donde pude hablar largamente sobre el libro, el proyecto, y de literatura en general y, lentamente, fueron llegaron las lecturas críticas. Primero, el libro apareció en la edición en castellano de la revista Publishers Weekly.

Luego fue recomendado por Emanuel Bremermann en un repaso que hizo junto a Pía Supervielle en el programa de radio Oír con los ojos y más adelante fue reseñado para Búsqueda por Silvana Tanzi, que observó que

En breves capítulos, el libro intercala reflexiones literarias con vivencias personales. Así, los ruidos nocturnos pueden llevar a un fragmento de Ejércitos de la oscuridad, de Silvina Ocampo, o a un poema de La vuelta de Martín Fierro o de la Tertulia lunática de Julio Herrera y Reissig. En el capítulo Los sueños, enlaza una anécdota de Luis Buñuel con un poema de James Joyce, con otro de Jules Supervielle y con una pesadilla de Kafka.
Es en esta forma de elaborar el ensayo donde radica su atractivo. Quien lee este libro siente el impulso de ir a buscar otro poema, otro texto, otra anécdota de los escritores citados. Y a mirar la noche desde la ventana y reivindicar la poesía, como lo hace el autor.

Más adelante apareció la lectura de Roberto Appratto en el sitio web de la librería Escaramuza, en un texto en el que el poeta, narrador y crítico sostiene:

En esa tierra de nadie que es la noche, parece decir Álvez, prospera la imaginación pero también la decantación poética de la soledad creativa, la inteligencia que permite apreciar matices en el fondo oscuro de pasiones y fantasmas. Esa doble condición de  ensayista y poeta es la clave para captar ese universo, abrir el juego a las posibilidades de la escritura y de la lectura de poesía.

Al tiempo salió, además, un artículo de Leonardo Cabrera que, desde las páginas de Brecha concluye que:

Lo mejor llega cuando la máscara se corre un poco, cuando la búsqueda intelectual de sentido y comprensión se imanta de afectividad. Esto ocurre con especial potencia en el capítulo 5, titulado «La sombra». Allí, un par de pinturas de Richard Gerstl, vistas por el autor en una retrospectiva en el Museo Leopold, se convierten en fuerzas puras, encendidas manifestaciones de Eros y Tanatos. La segunda llega acompañada por una advertencia de Diethard Leopold: «Tenías que tener cuidado de mirarlo demasiado tiempo», pues «irradiaba algo destruido y destructivo, una especie de magia vudú». Álvez Francese dice: «Yo vi ese cuadro, pero vivo […], me acerqué al borde, salí de ahí», para, a continuación, mostrarnos una forma infininitamente más dolorosa de autodestrucción. 

Vivir con fantasmas: sobre “Contrato familiar”, de Virginia Anderson

Afuera

“Pensamos hacia atrás a través de nuestras madres si somos mujeres”, afirma famosamente Virginia Woolf en Una habitación propia (1929) e inaugura una nueva forma de concebir la escritura, que entiende al sujeto femenino como de algún modo diferente, un otro que debe pensarse a sí mismo por fuera de la tradición. Porque si los grandes nombres de la literatura británica (ella nombra a Lamb, Brown, Thackeray, Newman, Sterne, Dickens, De Quincey y agrega un “o quién sea”) “nunca ayudaron a una mujer”, lo que resta es entonces hacerse con la pluma y escribir, aunque lo primero que descubra la escritora al enfrentarse a la hoja en blanco sea que no hay frases comunes listas para su uso. Es a partir de este mirar hacia atrás por la línea materna que funciona el principio: el pensar a través de la madre indispensable para cualquier mujer se sostiene en que…

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En el límite de su sombra: sobre “Los cuadernos del Dios Verde”, de Pablo Thiago Rocca

Reseña del libro Los cuadernos del Dios Verde, de Pablo Thiago Rocca (Montevideo: Intendencia de Montevideo, 2020), que salió en la diaria el 12 de febrero de 2021.


“Hace un rato pasó por la calle el Dios Verde”, le contaba Felisberto Hernández a Amalia Nieto en una carta, escrita en Mercedes en 1936. Y seguía: “Es un hombre de unos 35 años, de barba hirsuta y castaña; va por el medio de la calle, descalzo, con un camisón blanco de franela que le llega hasta los tobillos y un poncho patrio puesto en forma de manto como lo llevaba Jesús; vive en una carpita en la costa del río en un lugar silvestre a pocas cuadras de la ciudad”. “Van muchos jóvenes a reírse”, comenta Hernández hacia el final de su descripción, y agrega: “Él lo sabe pero les contesta con dulzura y sabiduría religiosa”, tras lo que concluye: “Impresiona su locura mística”.

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Ejercicios póstumos: Boris Vian oulipiano

La parte de obra que Vian escribió bajo el seudónimo Vernon Sullivan —nombre con el que publicó (por necesidades económicas, vale decir) las novelas noir Escupiré sobre vuestra tumba (1946), Todos los muertos tienen la misma piel (1947), Que se mueran los feos (1948) y Con las mujeres no hay manera (1950)—, puede pensarse en cierto sentido en dos claves: como lo que es en apariencia —un trabajo complementario que involucraba la escritura de novelas rápidas y rentables, pero además libres de todo el peso que tenía la «alta literatura»—; y como una invención oulipiana avant la lettre, una serie de juegos con la forma narrativa del policial que se servía del pastiche y el encubrimiento (las obras fingían ser traducciones de un original en inglés realizadas por un tal Boris Vian) para explorar distintas posibilidades narrativas, estilos y poner a prueba metáforas y giros de lenguaje.

Fragmento de “Ejercicios póstumos: Boris Vian oulipiano”, que se publicó en el portal de la librería Escaramuza. Se puede acceder al texto completo haciendo clic en la cita.

Lo que fue: sobre “El origen de todo”, de Roberto Appratto

Reseña de El origen de todo, de Roberto Appratto (Montevideo: Criatura, 2020), publicada en la diaria el 24 de diciembre de 2020.


Ante todo poeta, Roberto Appratto ha ido creando sin embargo, desde la publicación en 1993 de Íntima, uno de los proyectos más consistentes de la narrativa reciente en Uruguay. Ahora, con la aparición de El origen de todo, a sus libros autobiográficos —el ya mencionado debut, Se hizo de noche (2007), 18 y Yaguarón (2008), Como si fuera poco (2014) y Mientras espero (2016)— se une una pieza que, en más de un sentido, cierra un ciclo. Este tomo (el tercero publicado con la editorial Criatura, tras la novela La carta perdida, recientemente ganadora del tercer premio de los Premios Nacionales de Literatura), encuentra así una modulación nueva, aunque recurre por supuesto a muchos de los mecanismos narrativos que Appratto viene trabajando desde los noventa y, de algún modo, vuelve a aquel inicio con una obra que puede pensarse como complementaria: si Íntima era, digamos, “el libro del padre”, lo que tenemos ahora ante nosotros es el de la madre.

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