Una semana de bravura

Hace unas semanas empecé a leer Bravura, de Emmanuel Carrère. Publicada originalmente en 1984, recién el año pasado fue traducida al español y editada por Anagrama. La novela, que se centra en la famosa “noche de los monstruos” y en las figuras de Percy Bysshe Shelley, su futura esposa Mary Wollstonecraft Godwin, Lord Byron y su médico y secretario John William Polidori, me hizo ver algunas que hace tiempo vengo pensando en torno a Oscar Wilde, a Rubén Darío, a Andy Warhol… El dandismo, la superficialidad, los mundos imaginados. Términos que tienen mucho de condena y que obstruyen una lectura inteligente de la bohemia del siglo XIX y posterior, imposibilitando la comprensión total de un fenómeno principal para el arte. Por eso cuando escribí la reseña de la novela aproveché para traducir algunos fragmentos y reivindicar un costado de los artistas que Carrère transforma en personajes que me parece crucial.

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¿Por qué me esfuerzo en tan dolorosa tarea?

Casi desde el principio de mi breve experiencia como reseñista me vi metido (por otros o por mí) en debates, a veces auténticas peleas, sobre el oficio y las (adecuadas o deseables) formas de ejercerlo. Desde polémicas en torno a críticas mías o de otros hasta largas discusiones sobre el deber ser de la sección cultural de un diario en el siglo XXI; desde (por citar una fecha) el 25 de noviembre de 2014 hasta hoy, he estado pensando con y contra otros el tema, que por suerte he podido conversar largamente con muchos y muy variados amigos, profesores, compañeros de trabajo y, por supuesto, ilustres muertos.

En enero de este año se anunció que la narradora, ensayista y poeta canadiense Margaret Atwood sería reconocida con el Ivan Sandrof Lifetime Achievement Award, premio a la trayectoria que da el Círculo Nacional de Críticos Literarios (National Book Critics Circle) de Estados Unidos. A continuación traduzco su discurso de aceptación, que vuelve sobre uno de los temas más importantes de la Literatura y de las Humanidades en general.

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Haciendo clic en la imagen se puede oír el discurso de Atwood, dado el 16 de marzo de 2017 en The New School de New York

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Poetas líricos en lengua inglesa: Chaucer, Spenser y otros

Primera parte del estudio previo a la antología Poetas líricos en lengua inglesa (Buenos Aires: Jackson, 1952 y Barcelona: Océano, 1999), a cargo de Silvina Ocampo.


Semejantes a las láminas de los libros donde los niños aprenden a leer, en la poesía primitiva las palabras representan los objetos con alegre y deslumbradora precisión. Una rosa es una rosa; no es la mejilla de una mujer amada, ni un jardín idéntico a su fragancia, ni un laberinto en miniatura donde se esconde la luz, ni el rocío de la noche sobre la blancura de una paloma dormida; el deleite que produce, todo lo que sugiere y recuerda, todo lo que en ella deja de ser rosa, no define mejor su forma, ni su existencia, que su nombre. En virtud de ella existirán todas las rosas de los futuros poemas; resplandecerá en el amor, en las batallas, en los ríos del poniente; adornará los mosaicos de un palacio o el pecho oscurecido de un leproso; hecha de barro, de papel o de fuego, servirá de emblema o de presagio: será la misma rosa.

Cuando retrocedemos hasta las fuentes de la poesía, internándonos por los inversos caminos del tiempo, nos sorprenden el color intenso de las palabras y la claridad de las imágenes. Al perder los adornos retóricos, los poemas se vuelven más plásticos. Después de pasar por Rossetti, Wordsworth, Donne, Milton y Shakesperare llega un momento en que la poesía inglesa deja de ser musical, como lo es todavía en la obra de Spenser, para ser ardientemente plástica, como en la de Chaucer.

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Byron y Shelley

Según constata Eleanor Marx, su padre solía decir que la diferencia entre Byron y Shelley era que “los que los entienden y los aman se alegran de que Byron muriera a los treinta y seis años, porque de haber vivido se habría convertido en un burgués reaccionario” y “se entristecen de que Shelley muriera a los veintinueve, porque era esencialmente un revolucionario, y habría sido parte de la vanguardia del Socialismo”. Traduzco dos hermosos poemas suyos.

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Un poema de Mary Shelley

Traducción libre de “Tribute for thee dear solace of my life“, publicado a veces bajo el título “Fragment”, brevísimo poema que Mary Shelley escribió en una hoja suelta de su Diario (la página 109, exactamente) por el 23 de enero de 1826 y que se mantuvo inédito hasta la aparición de Mary Shelley: A Biography, de Rosalie Glynn Grylls (Londres: Oxford University Press, 1938). Está dedicado a su amiga Jane Williams, a quien Percy Bysshe Shelley dedicara sus últimas canciones de amor, y la fecha de su escritura es muy cercana a la publicación, en febrero de ese año, de la novela de ciencia ficción The Last Man.

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Un poema de Christina Rossetti

Traducción libre del soneto “Desearía poder recordar aquél primer día” de Christina Rossetti, publicado originalmente como parte de la serie “Monna Innominata”, incluido en el libro A Pageant and Other Poems (1881). La imagen que acompaña el texto es un retrato inconcluso de Rossetti realizado por John Brett en 1857.

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Cajetilla o poeta

El pueblo campesino tiene sus cantares propios.
El triste, que predomina en los pueblos del Norte, es un canto frigio, plañidero, natural al hombre en el estado primitivo de barbarie, según Rousseau.
La vidalita, canto popular con coros, acompañado de la guitarra y un tamboril, a cuyos redobles se reúne la muchedumbre y va engrosando el cortejo y el estrépito de las voces. Este canto me parece heredado de los indígenas, porque lo he oído en una fiesta de indios en Copiapó en celebración de la Candelaria; y como canto religioso, debe ser antiguo, y los indios chilenos no lo han de haber adoptado de los españoles argentinos. La vidalita es el metro popular en que se cantan los asuntos del día, las canciones guerreras: el gaucho compone el verso que canta, y lo populariza por la asociación que su canto exige.
Así, pues, en medio de la rudeza de las costumbres nacionales, estas dos artes que embellecen la vida civilizada y dan desahogo a tantas pasiones generosas, están honradas y favorecidas por las masas mismas que ensayan su áspera musa en composiciones líricas y poéticas. El joven Echeverría residió algunos meses en la campaña en 1840, y la fama de sus versos sobre la Pampa le había precedido ya: los gauchos lo rodeaban con respeto y afición, y cuando un recién venido mostraba señales de desdén hacia el cajetilla*, alguno le insinuaba al oído: “es poeta”, y toda prevención hostil cesaba al oír este título privilegiado.

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