Una semana de bravura

Hace unas semanas empecé a leer Bravura, de Emmanuel Carrère. Publicada originalmente en 1984, recién el año pasado fue traducida al español y editada por Anagrama. La novela, que se centra en la famosa “noche de los monstruos” y en las figuras de Percy Bysshe Shelley, su futura esposa Mary Wollstonecraft Godwin, Lord Byron y su médico y secretario John William Polidori, me hizo ver algunas que hace tiempo vengo pensando en torno a Oscar Wilde, a Rubén Darío, a Andy Warhol… El dandismo, la superficialidad, los mundos imaginados. Términos que tienen mucho de condena y que obstruyen una lectura inteligente de la bohemia del siglo XIX y posterior, imposibilitando la comprensión total de un fenómeno principal para el arte. Por eso cuando escribí la reseña de la novela aproveché para traducir algunos fragmentos y reivindicar un costado de los artistas que Carrère transforma en personajes que me parece crucial.

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Vida y muerte en “Medida por medida”

En cuanto a las traducciones a la obra de William Shakespeare, en nuestro país el precursor es Antonio Pereira (1838-1906). Hijo del presidente Gabriel Pereira, entre 1891 y 1894 tradujo, en sus palabras como “un aficionado”, Romeo y Julieta, Hamlet, Julio César y El rey Lear. Luego de este temprano antecedente habría que esperar hasta los años 40 para que Eduardo Dieste (1881-1954), tío del ingeniero, tradujera veintiún sonetos del bardo inglés.

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La Palabra o las palabras

Vuelvo una vez más a la novela de Rushdie. Cuando otro personaje le pregunta a Salman el Persa años después por qué estaba seguro de que si Mahound se enteraba de sus alteraciones de la escritura sagrada lo mandaría matar, el ex escriba contesta, con resignación: “Era su Palabra contra la mía”.

Fragmento de La Palabra o las palabras, contratapa que escribí para Fuera de sección, de la diaria en torno al caso de Jihad Diyab y en base a una nota de Martín Otheguy. Se puede acceder al texto completo haciendo clic en la cita.

Mi primer Borges

En la biblioteca de mis abuelos, una biblioteca pequeña y un poco desvencijada, llena de novelas de aventuras y policiales, de ediciones del Quijote, de pequeños libritos que venían con el diario y de ensayos sobre política y crónicas (siempre me llamó la atención por su título el clásico de Manini Ríos, Anoche me llamó Batlle), había un volumen chiquito, de tapa rojiza, que tenía un nombre raro y un autor al que yo había oído nombrar muchas veces en todos lados.  El libro era El Aleph. El autor, Jorge Luis Borges.

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Breve elogio del lector: sobre Shakespeare y Cervantes

Si bien es claro que cada época tuvo su Cervantes, su Shakespeare, y que lo que hoy se censura en nombre de “la corrección política” ayer fue censurado en nombre de “las buenas costumbres” o “del buen gusto”, lo maravilloso de estas obras radica en su inmensa resistencia a las malas interpretaciones, a las peores traducciones, a las inquisiciones religiosas o morales. Porque su característica más sobresaliente no es otra que la libertad.

Fragmento de Breve elogio del lector, nota que escribí para la diaria en conmemoración de los 400 años de las muertes de William Shakespeare y Miguel de Cervantes. Se puede acceder al texto completo haciendo clic en la cita.