Sí = No: Cien años del Primer Manifiesto Dadaísta

Ahora bien, no hay que olvidar que, si Tzara puede atacar con violencia al manifiesto como forma y, ante todo, a la expectativa del lector, es porque tras él hay, ya, una historia, un género discursivo con reglas y procedimientos que conforman «lo esperable». Solo entonces es que, como afirma Dafydd Jones, el rumano es capaz de presentar su texto como algo que le «sucede» al lector y, en ese sentido, como un evento casi teatral en el que la misma enunciación es un devenir de aquello que se va imponiendo mientras anuncia lo que, al final, no llega nunca. Ese evento, sigue Jones, citando a Leah Dickerman, implica al final un asalto al público, a las funciones comunicativas del lenguaje y a la idea de comunidad en tanto sistema colectivo gobernado por leyes.

Fragmento de “Sí = No: Cien años del Primer Manifiesto Dadaísta”, que se publicó en el portal de la librería Escaramuza. Se puede acceder al texto completo haciendo clic en la cita.

El tiempo me mantuvo verde y moribundo / aunque canté en mis cadenas como el mar: Dylan Thomas

No obstante, son esas estrofas o párrafos de cuidada orfebrería (o incluso ese verso perfecto que, como dice Lowell, justifica un texto endeble como «La muerte no tendrá dominio»), los que importan ahora. Me refiero, por citar solo un puñado, a páginas virtuosas y ya clásicas como «No vayas dócil a esa buena noche», «Yace tranquilo, duerme en paz» (ambas hechas canción por el también galés John Cale) u «Oh, hazme una máscara», en las que la guerra, el amor y la pérdida ocupan el oscuro centro, del que esas piezas obtienen toda su fuerza; pero también a algunas menos citadas, como «Poema en octubre» o «El jorobado en el parque», en el que se encuentra la estrofa: «Y el viejo perro adormilado / solo entre enfermeras y cisnes, / mientras los niños en los sauces / hacían saltar los tigres de sus ojos / para que rugieran en la rocalla / y los bosques estaban azules de marineros».

Fragmento de “El tiempo me mantuvo verde y moribundo / aunque canté en mis cadenas como el mar: Dylan Thomas”, que se publicó en el portal de la librería Escaramuza. Se puede acceder al texto completo haciendo clic en la cita.

In Memoriam: Francisco Francese / Ferdinando Palladino

Hace cuatro años, cuando se cumplían 100 años de la Primera Guerra Mundial, Gabriel Lagos me pidió que escribiera para el número de setiembre de 2014 de la revista Lento lo que se convertiría en mi primera colaboración en prensa (aunque se publicó después que algunas reseñas). El texto, que contaba la participación de mi bisabuelo en la guerra, tuvo una feliz vida y sirvió como materia prima para uno de los capítulos del libro Cartas desde las trincheras, de Sebastián Panzl (Montevideo: Planeta, 2017). Ahora, aprovechando el centenario del  Armisticio de Compiègne, lo publico con apenas algunas correcciones.


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Los restos del naufragio

Hay un vacío, en la playa, que se fue llenando de los desperdicios del barco que vemos hundirse a lo lejos, manchas negras, humos, su inmensidad como un dinosaurio volcado. Y las botellas, los candelabros, las enciclopedias que se amontonan en la arena, con palos, caracoles, viejas sombrillas olvidadas. Un lenguaje que va muriendo pero respira ahora en restos, en fragmentos dispersos de letra, en balbuceos de los ahogados y todavía dice cosas.

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Fotografía de Andrés Seoane

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De vez en cuando esperan: sobre el Día de los Muertos

En su inmensa extensión uno bien puede perderse entre los altos panteones y las esculturas de ángeles, caballos, vasijas, flores y cruces. La parte más antigua, de hecho, parece una pequeña ciudad perdida en la selva. Verde de musgo y sombría, resguarda las tumbas vecinas de Jean de La Fontaine y de Molière, casi lo opuesto a la clara elegancia de la esfinge que custodia al eternamente exiliado Oscar Wilde, protegido por una pared de plexiglás cubierta de besos y frases escritas con labial rojo.

Fragmento de “De vez en cuando esperan”, contratapa que escribí para el suplemento Cultural de la diaria. Se puede acceder al texto completo haciendo clic en la cita.

Oscar Wilde: un escritor feliz

Porque, además de ser un hombre de epigramas, famoso por sus respuestas ingeniosas, también supo escribir largo, argumentar convincentemente, exponer con claridad. En El alma del hombre bajo el socialismo (un texto al que todavía no se le ha prestado su merecida atención), por ejemplo, denunció la inmoralidad del concepto de propiedad privada y defendió al ocio como espacio para el pensamiento y el crecimiento personal, planteando acaso ingenuamente un mundo maquínico, postrabajo, como la única forma posible de retorno al esplendor del mundo clásico. Inteligente y refinado (aunque olvida que la técnica jamás es «neutra»), el texto aporta una faceta a veces ignorada de Wilde, siempre definido según una versión muy constreñida del dandismo, como un «mero» esteta, alejado de la política.

Fragmento de “Oscar Wilde: Un escritor feliz”, que se publicó en el portal de la librería Escaramuza. Se puede acceder al texto completo haciendo clic en la cita.

Hacer vivir un caballo: sobre Amir Hamed y “Dos nobles de la misma sangre”

En 2016 escribí, para la revista Lento, un artículo sobre William Shakespeare y sus traductores uruguayos que me llevó a entrevistar a los participantes del proyecto “Shakespeare por escritores”, de la editorial Norma, y al argentino Marcelo Cohen, que los había convocado para la tarea. Al tiempo, con motivo de la muerte de Amir Hamed, publiqué su entrevista completa, que en el artículo aparecía apenas citada, en este blog.

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Boccaccio: el alma del relato

A menudo recordado por sus historias más sexuales, Boccaccio ideó, como define el crítico Vittore Branca (principal reivindicador del carácter medieval del autor, frente a quienes lo piensan como protorrenacentista), una obra de estructura gótica, exuberante, compleja y ascendente, que inicia en el apocalipsis de la peste y el inmoral Ciapelletto y termina con la historia de Griselda, mujer virtuosa por excelencia que, como establece Marga Cottino-Jones, se vincula con la canción final del Canzionere de Petrarca, dedicada a la Virgen, y con la Beatrice dantesca. De esta manera, el Decamerón, dedicado a las mujeres, narrado en su mayoría por mujeres y protagonizado en buena medida por mujeres, marca el punto más alto en la obra del autor de la Elegía de Madonna Fiammetta (novela de juventud dedicada a las enamoradas) y de De claris mulieribus, una serie de biografías de mujeres ilustres que escribió en su última etapa. En ese momento había pasado, por influencia de Petrarca, a escribir en latín, pero su gran obra ya la había escrito en el toscano que había privilegiado Dante y las bases de una literatura en lengua vulgar estaban fuertemente cimentadas. Pronto, el Decamerón se convertiría en fuente de inagotables argumentos, que serían vueltos a contar una y otra vez (por autores fundacionales como Chaucer, por ejemplo), e inspiraría, en su estructura, desde Cervantes a Pasolini, cientos de obras.

Fragmento del texto “Boccaccio: el alma del relato”, sobre Giovanni Boccaccio (y, fundamentalmente, el Decamerón), que se publicó en el portal de la librería Escaramuza. Se puede acceder al texto completo haciendo clic en la cita.