De vez en cuando esperan: sobre el Día de los Muertos

En su inmensa extensión uno bien puede perderse entre los altos panteones y las esculturas de ángeles, caballos, vasijas, flores y cruces. La parte más antigua, de hecho, parece una pequeña ciudad perdida en la selva. Verde de musgo y sombría, resguarda las tumbas vecinas de Jean de La Fontaine y de Molière, casi lo opuesto a la clara elegancia de la esfinge que custodia al eternamente exiliado Oscar Wilde, protegido por una pared de plexiglás cubierta de besos y frases escritas con labial rojo.

Fragmento de “De vez en cuando esperan”, contratapa que escribí para el suplemento Cultural de la diaria. Se puede acceder al texto completo haciendo clic en la cita.

Oscar Wilde: un escritor feliz

Porque, además de ser un hombre de epigramas, famoso por sus respuestas ingeniosas, también supo escribir largo, argumentar convincentemente, exponer con claridad. En El alma del hombre bajo el socialismo (un texto al que todavía no se le ha prestado su merecida atención), por ejemplo, denunció la inmoralidad del concepto de propiedad privada y defendió al ocio como espacio para el pensamiento y el crecimiento personal, planteando acaso ingenuamente un mundo maquínico, postrabajo, como la única forma posible de retorno al esplendor del mundo clásico. Inteligente y refinado (aunque olvida que la técnica jamás es «neutra»), el texto aporta una faceta a veces ignorada de Wilde, siempre definido según una versión muy constreñida del dandismo, como un «mero» esteta, alejado de la política.

Fragmento de “Oscar Wilde: Un escritor feliz”, que se publicó en el portal de la librería Escaramuza. Se puede acceder al texto completo haciendo clic en la cita.

Hacer vivir un caballo: sobre Amir Hamed y “Dos nobles de la misma sangre”

En 2016 escribí, para la revista Lento, un artículo sobre William Shakespeare y sus traductores uruguayos que me llevó a entrevistar a los participantes del proyecto “Shakespeare por escritores”, de la editorial Norma, y al argentino Marcelo Cohen, que los había convocado para la tarea. Al tiempo, con motivo de la muerte de Amir Hamed, publiqué su entrevista completa, que en el artículo aparecía apenas citada, en este blog.

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Boccaccio: el alma del relato

A menudo recordado por sus historias más sexuales, Boccaccio ideó, como define el crítico Vittore Branca (principal reivindicador del carácter medieval del autor, frente a quienes lo piensan como protorrenacentista), una obra de estructura gótica, exuberante, compleja y ascendente, que inicia en el apocalipsis de la peste y el inmoral Ciapelletto y termina con la historia de Griselda, mujer virtuosa por excelencia que, como establece Marga Cottino-Jones, se vincula con la canción final del Canzionere de Petrarca, dedicada a la Virgen, y con la Beatrice dantesca. De esta manera, el Decamerón, dedicado a las mujeres, narrado en su mayoría por mujeres y protagonizado en buena medida por mujeres, marca el punto más alto en la obra del autor de la Elegía de Madonna Fiammetta (novela de juventud dedicada a las enamoradas) y de De claris mulieribus, una serie de biografías de mujeres ilustres que escribió en su última etapa. En ese momento había pasado, por influencia de Petrarca, a escribir en latín, pero su gran obra ya la había escrito en el toscano que había privilegiado Dante y las bases de una literatura en lengua vulgar estaban fuertemente cimentadas. Pronto, el Decamerón se convertiría en fuente de inagotables argumentos, que serían vueltos a contar una y otra vez (por autores fundacionales como Chaucer, por ejemplo), e inspiraría, en su estructura, desde Cervantes a Pasolini, cientos de obras.

Fragmento del texto “Boccaccio: el alma del relato”, sobre Giovanni Boccaccio (y, fundamentalmente, el Decamerón), que se publicó en el portal de la librería Escaramuza. Se puede acceder al texto completo haciendo clic en la cita.