Emily Dickinson: Un desierto de arena rosa

Dickinson escribía con palabras que, de cotidianas, se volvían extrañas. «No es necesario ser una habitación», comienza por ejemplo su poema 670, «para estar embrujada» y hay una plasticidad que deslumbra, una cercanía que enceguece, una consecución dislocada de las imágenes preferidas de los románticos -abadías y sepulturas, corredores, asesinos que acechan en los cuartos, fantasmas y encuentros a medianoche-, que son emplazadas en el espacio cerrado del pensamiento.

Fragmento de “Un desierto de arena rosa: Emily Dickinson”, que se publicó en el portal de la librería Escaramuza. Se puede acceder al texto completo haciendo clic en la cita.

Rulfo en la frontera

Siempre hay una frontera, pero en la obra de Rulfo es una línea tenue que se corrompe todo el tiempo: los vivos la atraviesan, los muertos la atraviesan, y casi todos la habitan, como un espacio blando del mundo, como un mundo de espectros proyectado eternamente sobre las calles y los desiertos. El pecado, de padres e hijos, de hermanos y tíos, tiene la viscosa forma de ese límite, que seduce y condena.

Fragmento de “Rulfo en la frontera”, que se publicó en el portal de la librería Escaramuza. Se puede acceder al texto completo haciendo clic en la cita.