La ruptura

Reseña de No a mucha gente le gusta esta tranquilidad, de María Teresa Andruetto (Buenos Aires: Random House, 2017), que salió en la diaria el 1 de diciembre de 2017.


Es común leer sobre un grupo de mujeres que en este momento está renovando la narrativa argentina. Nombres como el de Mariana Enríquez (1973), Selva Almada (1973), Vera Giaconi (Montevideo, 1974), Pola Oloixarac (1977) y Romina Paula (1979) se repiten entre los recomendados y, cada vez más, en las listas de las nominaciones a los más importantes premios literarios. Ilustrativo es el caso de Samanta Schweblin (1978), quien junto con otros cinco autores compitió este año por el Man Booker International Prize, la versión para autores de habla no inglesa de ese prestigioso premio británico. Sin embargo, antes que ellas hubo otras, que de algún modo prepararon la escena.

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Tránsito y luz

Aprovechando que ese fin de semana sería la Feria del Libro independiente, el 17 de noviembre de 2017 se publicaron en la diaria las reseñas de Animales que vuelven, de Gonzalo Baz (Montevideo: Pez en el Hielo, 2017) y Jardín interior, de Claudia Campos (Montevideo: La Propia Cartonera, 2017), publicados recientemente por editoriales autogestionadas y artesanales.

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Fragmentos del discurso mortuorio

Reseña de Washed Tombs, de Mercedes Estramil (Montevideo: Hum, 2017), que salió en la diaria el 9 de noviembre de 2017.


La literatura es necromancia. Los muertos, en la escritura, se comunican como cuando vivían y, en el mejor de los casos, dicen cosas que importan. En Washed Tombs, la nueva novela de Mercedes Estramil, los muertos y los vivos conviven y casi se confunden, en una superposición de voces lograda con maestría. Los difuntos padres de Jennifer, la protagonista con aspiraciones de escritora, se le aparecen en las actitudes más domésticas y la interrogan con enigmáticas frases, que quedan en el aire como augurios o meros pasajes de un discurso sobrenatural.

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Onetti poeta

El conmovedor artículo que Onetti escribió en memoria de Susana Soca, un auténtico retrato de la mezquindad nacional, cierra con una frase enigmática: «Tal vez por todo esto uno de mis mejores amigos le dedicó un libro con estas palabras: Para Susana Soca: Por ser la más desnuda forma de la piedad que he conocido; por su talento».
Ese amigo, uno de los mejores, no es otro que él mismo. El libro es Juntacadáveres. La poeta llevaba cinco años muerta cuando se publicó.

Fragmento de “Onetti poeta”, que se publicó en el portal de la librería Escaramuza. Se puede acceder al texto completo haciendo clic en la cita.

Mayo del 68 invertido

El 27 de octubre salió en la diaria mi reseña sobre Mover el antiguo instrumental de la noche, de Ibero Gutiérrez (Montevideo: Estuario/Biblioteca Nacional, 2017). El libro, con sus cincuenta y siete piezas teatrales y sus estudios previos, a cargo Luis Bravo y Alejandra Dopico, me enfrentó en seguida a su complejidad, por lo que decidí tomarme mi tiempo, leer muy cuidadosamente y, luego, agregar a mi reseña una nota conexa, en la que intenté mapear los estrenos teatrales de la época en que se formó culturalmente Gutiérrez, prefiriendo las obras que se relacionaran de algún modo con el llamado Teatro del Absurdo. De este modo, la reseña, bajo el título “Mayo del 68 invertido“, fue acompañada de un apartado.
El domingo 29 me enteré por Luis Bravo, que me etiquetó en uno de sus estados de Facebook, que Alejandra Dopico había respondido a algunas objeciones que yo hacía a su estudio preliminar. Así es que decidí, además de lo publicado en la diaria, agregar aquí las consideraciones de la investigadora y dos notas al pie (que por motivos de espacio no pude agregar en lo que salió en el diario) que citan fragmentos de ese que resultaron, de algún modo, problemáticos para mí.


Es tentador ver a Ibero Gutiérrez como un hombre representativo de la juventud revolucionaria de los años 60. Con todo, al contrario que la de muchos de sus contemporáneos, sus versos no son fácilmente asimilables ni convertibles en himno o, en el peor de los casos, en mero eslogan. Inédita hasta su asesinato en 1972 por cuenta del Escuadrón de la Muerte, su obra es menos conocida que su “rostro / inteligente y perfectamente recordable” (son palabras del poema que abre Velocidad controlada, de Roberto Appratto), ese rostro que, grafiteado en las paredes o estampado en banderas, habita marchas y discusiones de jóvenes universitarios hasta hoy.

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