Una tormenta perfecta


Cuando alguien me hace esa pregunta inevitable, “¿Quién es tu autor favorito?”, siempre digo “Shakespeare”. Hay algunas buenas razones para eso. Primero, porque muchísimo de lo que sabemos de argumentos, personajes, el escenario, hadas e insultos creativos viene de Shakespeare. Segundo, porque si nombrás a un autor vivo, los otros autores vivos se van a enojar porque no fueron ellos, mientras que Shakespeare está convenientemente muerto.

En tercer lugar, porque Shakespeare se niega a ser encasillado. No sólo sabemos muy poco sobre lo que realmente pensaba, cómo se sentía y qué creía, sino que además las obras en sí mismas son inaprensibles. Justo cuando pensás que entendiste el sentido, tu interpretación se derrite como gelatina y te quedás rascándote la cabeza. Tal vez él sea profundo, muy profundo. O tal vez no tenía un editor de continuidad. Y Shakespeare nunca será invitado a un programa de televisión para que se explique a sí mismo, el muy suertudo.

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100 palabras sobre el nuevo milenio

We’re all—especially those of us who are educated and have read a lot and have watched TV critically—in a very self-conscious and sort of worldly and sophisticated time, but also a time when we seem terribly afraid of other people’s reactions to us and very desperate to control how people interpret us. Everyone is extremely conscious of manipulating how they come off in the media; they want to structure what they say so that the reader or audience will interpret it in the way that is most favorable to them. What’s interesting to me is that this isn’t all that new. This was the project of the Sophists in Athens, and this is what Socrates and Plato thought was so completely evil. The Sophists had this idea: Forget this idea of what’s true or not—what you want to do is rhetoric; you want to be able to persuade the audience and have the audience think you’re smart and cool. And Socrates and Plato, basically their whole idea is, “Bullshit. There is such a thing as truth, and it’s not all just how to say what you say so that you get a good job or get laid, or whatever it is people think they want”.

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La paz futura

No: the emotions will not make us cosmopolitan, any more than the greed for gain could do so. It is only by the cultivation of the habit of intellectual criticism that we shall be able to rise superior to race-prejudices. Goethe —you will not misunderstand what I say— was a German of the Germans. He loved his country— no man more so. Its people were dear to him; and he led them. Yet, when the iron hoof of Napoleon trampled upon vineyard and cornfield, his lips were silent. ‘How can one write songs of hatred without hating?’ he said to Eckermann, ‘and how could I, to whom culture and barbarism are alone of importance, hate a nation which is among the most cultivated of the earth and to which I owe so great a part of my own cultivation?’ This note, sounded in the modern world by Goethe first, will become, I think, the starting point for the cosmopolitanism of the future. Criticism will annihilate race-prejudices, by insisting upon the unity of the human mind in the variety of its forms. If we are tempted to make war upon another nation, we shall remember that we are seeking to destroy an element of our own culture, and possibly its most important element. As long as war is regarded as wicked, it will always have its fascination. When it is looked upon as vulgar, it will cease to be popular. The change will of course be slow, and people will not be conscious of it. They will not say ‘We will not war against France because her prose is perfect,’ but because the prose of France is perfect, they will not hate the land. Intellectual criticism will bind Europe together in bonds far closer than those that can be forged by shopman or sentimentalist. It will give us the peace that springs from understanding.

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Una semana de bravura

Hace unas semanas empecé a leer Bravura, de Emmanuel Carrère. Publicada originalmente en 1984, recién el año pasado fue traducida al español y editada por Anagrama. La novela, que se centra en la famosa “noche de los monstruos” y en las figuras de Percy Bysshe Shelley, su futura esposa Mary Wollstonecraft Godwin, Lord Byron y su médico y secretario John William Polidori, me hizo ver algunas que hace tiempo vengo pensando en torno a Oscar Wilde, a Rubén Darío, a Andy Warhol… El dandismo, la superficialidad, los mundos imaginados. Términos que tienen mucho de condena y que obstruyen una lectura inteligente de la bohemia del siglo XIX y posterior, imposibilitando la comprensión total de un fenómeno principal para el arte. Por eso, cuando escribí la reseña de la novela aproveché para traducir algunos fragmentos y reivindicar un costado de los artistas que Carrère transforma en personajes que me parece crucial.

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¿Por qué me esfuerzo en tan dolorosa tarea?

Casi desde el principio de mi breve experiencia como reseñista me vi metido (por otros o por mí) en debates, a veces auténticas peleas, sobre el oficio y las (adecuadas o deseables) formas de ejercerlo. Desde polémicas en torno a críticas mías o de otros hasta largas discusiones sobre el deber ser de la sección cultural de un diario en el siglo XXI; desde (por citar una fecha) el 25 de noviembre de 2014 hasta hoy, he estado pensando con y contra otros el tema, que por suerte he podido conversar largamente con muchos y muy variados amigos, profesores, compañeros de trabajo y, por supuesto, ilustres muertos.

En enero de este año se anunció que la narradora, ensayista y poeta canadiense Margaret Atwood sería reconocida con el Ivan Sandrof Lifetime Achievement Award, premio a la trayectoria que da el Círculo Nacional de Críticos Literarios (National Book Critics Circle) de Estados Unidos. A continuación traduzco su discurso de aceptación, que vuelve sobre uno de los temas más importantes de la Literatura y de las Humanidades en general.

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Haciendo clic en la imagen se puede oír el discurso de Atwood, dado el 16 de marzo de 2017 en The New School de New York

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