Poetas líricos en lengua inglesa: Byron, Shelley, Keats y otros

Cuarta parte del prólogo de Silvina Ocampo a la antología Poetas líricos en lengua inglesa (Buenos Aires: Jackson, 1952 y Barcelona: Océano, 1999).


“…desechar los superficial y lo pequeño, desdeñar lo trivial, y seleccionar en la cantera los trozos que resistirás los más duros golpes del martillo y que retendrán todas las marcas del cincel”: con estas palabras Walter Savage Landor definió con exactitud un ideal que Byron ni remotamente se propuso.
En medio de la romántica y lujosa poesía de la época, los poemas de Landor son lisos y netos como un trozo de mármol. Una gran serenidad distinque los versos de este poeta, que en la vida tuvo un carácter sombrío y violento. El epigrama dedicado a sus últimos días demuestra en la primera línea, su orgullo:

I strove with none, for none was worth my strife:
Nature I loved, and, next to Nature, Art:
I warm’d both hands before the fire of Life;
It sinks; and I am ready to depart.

[Contra nadie luché; nadie fue digno de mi lucha.
Amé el arte después de la naturaleza:
Calenté junto al fuego de la vida mis manos;
El fuego ya se extingue y estoy pronto a partir.]

Landor dejó una serie de epigramas hermosísimos: There is a Mountain and a Wood Between Us, The Leaves are Falling, Ianthe’s Question y Rose Aylmer son mis predilectos.

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El fulgor del mundo: sobre “El hijo judío”, de Daniel Guebel

Reseña de El hijo judío, de Daniel Guebel (Buenos Aires: Random House, 2018), que salió en la diaria el 11 de diciembre de 2018.


“Nadie tiene que dar lecciones al padre sobre cómo adivinar las intenciones del hijo”, dice el señor Bendemann en el cuento largo “La condena”, que Franz Kafka escribió en 1912. Más allá de la elección del traductor (que mis nulos conocimientos de alemán me impiden criticar), en el original la palabra clave es durchschauen, que por lo que entiendo puede significar tanto lo que el traductor decidió, “conocer las intenciones de alguien”, como también su “esencia” o “entenderlo” de una manera profunda: al estar formado por el verbo schauen en conjunción con el prefijo durch, me explican, uno podría decir que de lo que se jacta el personaje de Kafka frente a su hijo es de poder ver “a través de él”, de “calarlo”. En todo caso, si eso parece ser una habilidad específica del padre, acaso para el hijo sea distinto; acaso para el hijo sí sean necesarias lecciones, el encuentro de una suerte de manual imposible que enseñe a leer al progenitor, comprenderlo.

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Sí = No: Cien años del Primer Manifiesto Dadaísta

Ahora bien, no hay que olvidar que, si Tzara puede atacar con violencia al manifiesto como forma y, ante todo, a la expectativa del lector, es porque tras él hay, ya, una historia, un género discursivo con reglas y procedimientos que conforman «lo esperable». Solo entonces es que, como afirma Dafydd Jones, el rumano es capaz de presentar su texto como algo que le «sucede» al lector y, en ese sentido, como un evento casi teatral en el que la misma enunciación es un devenir de aquello que se va imponiendo mientras anuncia lo que, al final, no llega nunca. Ese evento, sigue Jones, citando a Leah Dickerman, implica al final un asalto al público, a las funciones comunicativas del lenguaje y a la idea de comunidad en tanto sistema colectivo gobernado por leyes.

Fragmento de “Sí = No: Cien años del Primer Manifiesto Dadaísta”, que se publicó en el portal de la librería Escaramuza. Se puede acceder al texto completo haciendo clic en la cita.

La doble vida: sobre “El café del griego”, de Sergio Altesor

Reseña de El café del griego. Un estudio de la luz, de Sergio Altesor (Montevideo: Estuario, 2018), que salió en la diaria el 29 de noviembre de 2018.


Si hay una constante en la obra en verso y prosa de Sergio Altesor es la experimentación con la forma. Sus tres libros de narrativa publicados hasta ahora –Río escondido, de 2000, Taxi, de 2016, y El café del griego, que salió hace unas semanas–, en efecto, persiguen búsquedas formales bien diferenciadas. Si el primero, ganador del premio Posdata, era un solo párrafo torrencial que jugaba con la referencia fluvial de su título y el segundo tenía forma de diario, pautado por los días y los viajes del narrador, artista visual y taxista, esta última novela, que sigue de cerca aquellos libros (con los que comparte personajes), está dividida en tres secciones claramente distintas, de tal manera que uno podría pensar que está ante un conjunto de nouvelles que comparten universo o, si se quiere, de un tríptico.

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El tiempo me mantuvo verde y moribundo / aunque canté en mis cadenas como el mar: Dylan Thomas

No obstante, son esas estrofas o párrafos de cuidada orfebrería (o incluso ese verso perfecto que, como dice Lowell, justifica un texto endeble como «La muerte no tendrá dominio»), los que importan ahora. Me refiero, por citar solo un puñado, a páginas virtuosas y ya clásicas como «No vayas dócil a esa buena noche», «Yace tranquilo, duerme en paz» (ambas hechas canción por el también galés John Cale) u «Oh, hazme una máscara», en las que la guerra, el amor y la pérdida ocupan el oscuro centro, del que esas piezas obtienen toda su fuerza; pero también a algunas menos citadas, como «Poema en octubre» o «El jorobado en el parque», en el que se encuentra la estrofa: «Y el viejo perro adormilado / solo entre enfermeras y cisnes, / mientras los niños en los sauces / hacían saltar los tigres de sus ojos / para que rugieran en la rocalla / y los bosques estaban azules de marineros».

Fragmento de “El tiempo me mantuvo verde y moribundo / aunque canté en mis cadenas como el mar: Dylan Thomas”, que se publicó en el portal de la librería Escaramuza. Se puede acceder al texto completo haciendo clic en la cita.

Cuando el alto alero tiembla: poemas de Richard Aldington, Skipwith Cannell, Amy Lowell y William Carlos Williams

Destrucción del jardín

“Au vieux jardin”, de Richard Aldington

Me he sentado feliz en los jardines,
a mirar el estanque calmo y los juncos
y las nubes oscuras
que el viento del aire superior
rompió como a las verdes ramas cargadas de hojas
de los árboles del fin del verano;
pero aunque encuentro gran placer
en estos y en los nenúfares,
lo que más me acerca al llanto
es el color rosa y blanco de las suaves piedra lajas,
y el pálido pasto amarillo
entre ellas.

“Nocturnos”, de Skipwith Cannell

I
Vuestros pies,
que son como pequeños, plateados pájaros,
han determinado placenteras vías;
p
or ello os seguiré,
Paloma de los Ojos Dorados,
sobre cualquier senda os seguiré,
porque la luz de vuestra belleza
brilla ante mi como una antorcha.

II
Vuestros pies son blancos
sobre la espuma del mar;
sostenedme, rápido, Cisne reluciente
no sea que tropiece y me hunda,
y en…

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