¿Por qué me esfuerzo en tan dolorosa tarea?

Casi desde el principio de mi breve experiencia como reseñista me vi metido (por otros o por mí) en debates, a veces auténticas peleas, sobre el oficio y las (adecuadas o deseables) formas de ejercerlo. Desde polémicas en torno a críticas mías o de otros hasta largas discusiones sobre el deber ser de la sección cultural de un diario en el siglo XXI; desde (por citar una fecha) el 25 de noviembre de 2014 hasta hoy, he estado pensando con y contra otros el tema, que por suerte he podido conversar largamente con muchos y muy variados amigos, profesores, compañeros de trabajo y, por supuesto, ilustres muertos.

En enero de este año se anunció que la narradora, ensayista y poeta canadiense Margaret Atwood sería reconocida con el Ivan Sandrof Lifetime Achievement Award, premio a la trayectoria que da el Círculo Nacional de Críticos Literarios (National Book Critics Circle) de Estados Unidos. A continuación traduzco su discurso de aceptación, que vuelve sobre uno de los temas más importantes de la Literatura y de las Humanidades en general.

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Haciendo clic en la imagen se puede oír el discurso de Atwood, dado el 16 de marzo de 2017 en The New School de New York

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Destrucción del jardín

El 21 de mayo de 2016 se celebró Bazaar en la Plaza Zabala, un evento organizado por Ronda de Mujeres como “una apuesta a la imaginación y una invitación a la colaboración comunitaria”. Yo formé parte del proyecto que dieron en llamar Biblioteca Humana, y para eso leí una selección de algunos poemas míos y otros ajenos (y traducidos por mí) que llamé Destrucción del jardín.

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El otro Orfeo

En tres poemas de su libro Interlunar Margaret Atwood revé el mito de Orfeo y Eurídice. Tanto en el primero, donde el yo lírico se identifica con Eurídice, como el segundo, en tercera persona, parece seguirse de algún modo la línea, desde la particular perspectiva de la canadiense, que inaugurara Orpheus. Eurydike. Hermes., el famoso poema de Rilke. Si allí el poeta alemán pasaba el punto de vista de Orfeo al de su esposa, es en este punto donde lo retoma Atwood. El tercero, muy distinto, parece enfocarse en el final del mito órfico: su muerte despedazado en manos de un grupo de bacantes, su cabeza que canta más allá de la muerte. En este último poema la vinculación con la historia del chileno Víctor Jara parece evidente (el libro es de 1984). No es la primera vez que el blog se refiere a Orfeo, como se puede ver en esta y esta entradas.

Orpheus (1).

You walked in front of me,
pulling me back out
to the green light that had once
grown fangs and killed me.

I was obedient, but
numb, like an arm
gone to sleep; the return
to time was not my choice.

By then I was used to silence.
Though something stretched between us
like a whisper, like a rope:
my former name,
drawn tight.
You had your old leash
with you, love you might call it,
and your flesh voice.

Before your eyes you held steady
the image of what you wanted
me to become: living again.
It was this hope of yours that kept me following.

I was your hallucination, listening
and floral, and you were singing me:
already new skin was forming on me
within the luminous misty shroud
of my other body; already
there was dirt on my hands and I was thirsty.

I could see only the outline
of your head and shoulders,
black against the cave mouth,
and so could not see your face
at all, when you turned

and called to me because you had
already lost me. The last
I saw of you was a dark oval.
Though I knew how this failure
would hurt you, I had to
fold like a gray moth and let go.

You could not believe I was more than your echo.

Eurydice.

He is here, come down to look for you.
It is the song that calls you back,
a song of joy and suffering
equally: a promise:
that things will be different up there
than they were last time.

You would rather have gone on feeling nothing,
emptiness and silence; the stagnant peace
of the deepest sea, which is easier
than the noise and flesh of the surface.

You are used to these blanched dim corridors,
you are used to the king
who passes you without speaking.

The other one is different
and you almost remember him.
He says he is singing to you
because he loves you,

not as you are now,
so chilled and minimal: moving and still
both, like a white curtain blowing
in the draft from a half-opened window
beside a chair on which nobody sits.

He wants you to be what he calls real.
He wants you to stop light.
He wants to feel himself thickening
like a treetrunk or a haunch
and see blood on his eyelids
when he closes them, and the sun beating.

This love of his is not something
he can do if you aren’t there,
but what you knew suddenly as you left your body
cooling and whitening on the lawn

was that you love him anywhere,
even in this land of no memory,
even in this domain of hunger.
You hold love in your hand, a red seed
you had forgotten you were holding.

He has come almost too far.
He cannot believe without seeing,
and it’s dark here.
Go back, you whisper,

but he wants to be fed again
by you. O handful of gauze, little
bandage, handful of cold
air, it is not through him
you will get your freedom.

Orpheus (2).

Whether he will go on singing
or not, knowing what he knows
of the horror of this world:

He was not wandering among meadows
all this time. He was down there
among the mouthless ones, among
those with no fingers, those
whose names are forbidden,
those washed up eaten into
among the gray stones
of the shore where nobody goes
through fear. Those with silence.

He has been trying to sing
love into existence again
and he has failed.

Yet he will continue
to sing, in the stadium
crowded with the already dead
who raise their eyeless faces
to listen to him; while the red flowers
grow up and splatter open
against the walls.

They have cut off both his hands
and soon they will tear
his head from his body in one burst
of furious refusal.
He foresees this. Yet he will go on
singing, and in praise.
To sing is either praise
or defiance. Praise is defiance.

[Traducción de Saúl Steiner: // Orfeo (1) // Caminaste delante de mí, / dejándome atrás / a la luz verde que una vez / dio colmillos y me mató. // Era obediente, pero / insensible, como un brazo / dormido; el retorno / al tiempo no era una opción. // Ante tus ojos, permanece fija / la imagen de lo que querías / para mí: la vuelta a la vida. / Era tu esperanza la que me hacía seguirte. // Era tu alucinación, escuchando / y floral, y me cantabas: / ya nueva piel se formaba / desde de la luminosa bruma envolvente / de mi otro cuerpo; ya / había suciedad en mis manos, y tenía sed. // Sólo podía ver la silueta / de tu cabeza y de tus hombros, / negro contra la entrada de la cueva, / y entonces no pude ver tu rostro / cuando te volviste // y me llamaste porque me habías / perdido ya. Lo último / que vi de ti fue un ovalo oscuro. / Aunque sabía como este fracaso / te lastimaría, tuve que / plegarme como una polilla gris y dejar todo atrás. // No podías creer que fuera más que tu eco. // Eurídice // Hubieras preferido no sentir nada, / vacío y silencio; la paz estancada / del profundo mar, que es más sencillo / que el ruido y la carne de la superficie. // Estás acostumbrada a estos corredores de mortecina palidez / estás acostumbrada al rey / que pasa en silencio. // El otro es distinto / y casi lo recuerdas. / Dice que canta por ti / porque te ama, // no como eres ahora, / fría y mínima: movediza y aún / lo otro, como una cortina blanca agitada / por la corriente de una ventana entreabierta / bajo una silla donde nadie se sienta. // Él quiere que seas lo que para el es real. / Él quiere que te detengas. / ÉL quiere sentirse engrosar / como un tronco o una pierna / y ver sangre en sus párpados / al cerrarlos, y el ardiente sol. // Su amor no es algo / que pueda hacer en tu ausencia, / pero lo que supiste de pronto al dejar tu cuerpo / enfriándose y emblanqueciéndose en el césped // fue que lo amas en cualquier sitio, / hasta en esta tierra sin memoria, / hasta en este dominio del hambre. / Sostienes amor en tu mano, una semilla roja / que habías olvidado que sostenías. // Ha llegado casi demasiado lejos. / No puede creer sin ver, / y está oscuro aqui. / Vuelve, susurras, / pero quiere se alimentado de nuevo / por ti. Oh puñado de gasa, pequeña / venda, puñado de aire / frío, no es a través de él / que lograrás tu libertad. // Orfeo (2) // Ya sea que siga cantando / o no, sabiendo que sabe / del horror de este mundo: // No estaba vagando entre praderas / todos este tiempo. Estaba allí abajo / entre los sin-boca, entre / aquellos que no tienen dedos, aquellos / cuyos nombres estás prohibidos, / los consumidos devorados / entre las piedras grises / de la ribera a la que nadie va / por miedo. Aquellos con silencio. // Ha estado intentando cantar / amar desde la existencia otra vez / y ha fallado. // Mas continuará / cantando, en el estadio / repleto con los ya muertos / que yerguen sus caras sin ojos / para escucharlo; mientras las flores rojas / crecen y se salpican / contra los muros. // Le han cortado sus dos manos / y pronto le arrancaran / la cabeza de su cuerpo de un tirón / de furiosa negación. / Lo ve venir. Pero continuará / cantando, y alabando. / Cantar es o alabar / o desafiar. Alabanza es desafío.]