¡Cuántos reinos nos ignoran!: las poetas católicas uruguayas frente a la crítica

Artículo centrado en la relación de María Eugenia Vaz Ferreira, Esther de Cáceres y Orfila Bardesio con la crítica que salió en la diaria el 30 de octubre de 2020.


Si en Uruguay —que separó oficialmente a la iglesia del Estado en su Constitución de 1918 y cuya población hoy se declara “irreligiosa” en un porcentaje que llega casi al 50%— las relaciones con la religión son siempre complejas, más lo son con respecto a los escritores abiertamente practicantes o de inclinaciones, por llamarlas de algún modo, espirituales, sobre todo si están ligadas al catolicismo. En al menos dos ensayos, Ida Vitale, por ejemplo, se refiere a Sarah Bollo con ironía como “poeta mística, según propia proclamación”, y en la biografía de Jules Supervielle, su yerno, Ricardo Paseyro, cuenta de dos profesores que habían publicado un estudio sobre “poesía mística femenina en Uruguay”, en el que habían incluido a varias de sus estudiantes de la Facultad de Humanidades pero habían cometido el error (mortal) de olvidar a una, que permanece innombrada por el biógrafo: “¡Tumultosa corrida!”, escribe Paseyro, y cuenta: “Ellos que llegan, ella que los sigue; ellos que se precipitan por las escaleras, ella que les pisa los talones. El alboroto aumenta, las clases se vacían, miramos por encima de las barandillas. La furia grita: ¡Yo soy mística, burros!”.

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Los restos del naufragio

Hay un vacío, en la playa, que se fue llenando de los desperdicios del barco que vemos hundirse a lo lejos, manchas negras, humos, su inmensidad como un dinosaurio volcado. Y las botellas, los candelabros, las enciclopedias que se amontonan en la arena, con palos, caracoles, viejas sombrillas olvidadas. Un lenguaje que va muriendo pero respira ahora en restos, en fragmentos dispersos de letra, en balbuceos de los ahogados y todavía dice cosas.

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Fotografía de Andrés Seoane

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