Boccaccio: el alma del relato

A menudo recordado por sus historias más sexuales, Boccaccio ideó, como define el crítico Vittore Branca (principal reivindicador del carácter medieval del autor, frente a quienes lo piensan como protorrenacentista), una obra de estructura gótica, exuberante, compleja y ascendente, que inicia en el apocalipsis de la peste y el inmoral Ciapelletto y termina con la historia de Griselda, mujer virtuosa por excelencia que, como establece Marga Cottino-Jones, se vincula con la canción final del Canzionere de Petrarca, dedicada a la Virgen, y con la Beatrice dantesca. De esta manera, el Decamerón, dedicado a las mujeres, narrado en su mayoría por mujeres y protagonizado en buena medida por mujeres, marca el punto más alto en la obra del autor de la Elegía de Madonna Fiammetta (novela de juventud dedicada a las enamoradas) y de De claris mulieribus, una serie de biografías de mujeres ilustres que escribió en su última etapa. En ese momento había pasado, por influencia de Petrarca, a escribir en latín, pero su gran obra ya la había escrito en el toscano que había privilegiado Dante y las bases de una literatura en lengua vulgar estaban fuertemente cimentadas. Pronto, el Decamerón se convertiría en fuente de inagotables argumentos, que serían vueltos a contar una y otra vez (por autores fundacionales como Chaucer, por ejemplo), e inspiraría, en su estructura, desde Cervantes a Pasolini, cientos de obras.

Fragmento del texto “Boccaccio: el alma del relato”, sobre Giovanni Boccaccio (y, fundamentalmente, el Decamerón), que se publicó en el portal de la librería Escaramuza. Se puede acceder al texto completo haciendo clic en la cita.

De traducciones

Comenta Borges una traducción que, según él, tiene algo de símbolo, en su ensayo “De las alegorías a las novelas”:

El pasaje de alegoría a novela, de especies a individuos, de realismo a nominalismo, requirió algunos siglos, pero me atrevo a sugerir una fecha ideal. Aquel día de 1382 en que Geoffrey Chaucer, que tal vez no se creía nominalista, quiso traducir al inglés el verso de Boccaccio “E con gli occulti ferri i Tradimenti” (Y con hierros ocultos las Traiciones), y lo repitió de este modo: “The smyler with the knyf under the cloke” (El que sonríe, con el cuchillo bajo la capa). El original está en el séptimo libro de la Teseida; la versión, en el Knightes Tale.

En La vuelta al día en ochenta mundos, Cortázar dedica un poema a Borges y, al explicar algunos detalles de su creación, cuenta una nueva traducción, esta vez del verso de Chaucer y esta vez por Borges, que también puede ser un símbolo

Escribí este poema en 1956 y en la India, of all places. No me acuerdo muy bien de las circunstancias, habíamos estado hablando de Borges con otros argentinos para olvidar por un rato el bombardeo de Suez y un documento de la Unesco sobre la comprensión internacional que nos habían dado a traducir; en algún momento sentí que mi afecto por él, de pronto casi tangible entre sikhs y olor de especias y música de sitar, era como un practical joke que Borges me estuviera haciendo telepáticamente desde su casa de la calle Maipú para poder decir después: “Qué raro, ¿no?, que alguien me tenga cariño desde un sitio tan inverosímil cono Nueva Delhi, ¿no?” Y la hoja de papel calzó en la máquina y yo me acordé de unas clases de literatura inglesa allá por la calle Charcas, en la que él nos había mostrado como el verso de Geoffrey Chaucer era exactamente la metáfora criolla de “venirse con el cuchillo abajo’el poncho”, y me ganó una ternura idiota que ahogué con jugo de mango y el poema que nunca le mandé a Borges, primero porque yo a Borges solamente lo he visto dos o tres veces en la vida, y después porque para mandar poemas la vida me cortó el chorro allá por los años treinta y ocho.