Frontera terminal del mar del tiempo: sobre “La galaxia Góngora”, de Gustavo Espinosa

Reseña del libro La galaxia Góngora, de Gustavo Espinosa (Montevideo: Hum, 2021), que salió en la diaria el 1 de abril de 2021.


“Aprendemos pronto que conviene esquivar las abstracciones”, afirmaba hace unos años Gustavo Espinosa en un ensayo sobre su literatura publicado en el libro El animal letrado, compilado por Alma Bolón. Es decir, en palabras del novelista, que “es mejor hablar de un león furioso que de la soberbia, o de una muchacha muerta que de la teología o de la gracia”. El género novela, como sostenía a su vez Jorge Luis Borges, nace precisamente tras ese pasaje “de especies a individuos” en el que el verso “E con gli occulti ferri i Tradimenti” (Y con hierros ocultos las Traiciones) del poema épico de Giovanni Boccaccio es traducido por Geoffrey Chaucer como “The smyler with the knyf under the cloke” (El que sonríe, con el cuchillo bajo la capa).

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Sobre Borges, Bioy, Hugo Santiago e “Invasión”

El 22 de noviembre de 2016 fui invitado por Pablo Silva Olazábal a La máquina de pensar, de Radio Uruguay, en el marco del encuentro internacional Borges, una geografía imaginaria, para hablar sobre el tema de mi ponencia, que se titula “Buenos Aires, o una nueva Troya”.
Haciendo clic en el reproductor se puede acceder a mi intervención en el programa.

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Perfume del tiempo taura que pasó: sobre “El tango”, de Jorge Luis Borges

Reseña a El tango de Jorge Luis Borges (Buenos Aires: Sudamericana, 2016), que salió en la diaria el 15 de julio de 2016. El título de la nota corresponde a un verso de “Agua florida“, un hermoso tango de Fernán Silva Valdés. Acompaña la entrada un dibujo de Borges de dos bailarines, rodeados por una copla de su autoría.


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Mi primer Borges

En la biblioteca de mis abuelos, una biblioteca pequeña y un poco desvencijada, llena de novelas de aventuras y policiales, de ediciones del Quijote, de pequeños libritos que venían con el diario y de ensayos sobre política y crónicas (siempre me llamó la atención por su título el clásico de Manini Ríos, Anoche me llamó Batlle), había un volumen chiquito, de tapa rojiza, que tenía un nombre raro y un autor al que yo había oído nombrar muchas veces en todos lados.  El libro era El Aleph. El autor, Jorge Luis Borges.

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De traducciones

Comenta Borges una traducción que, según él, tiene algo de símbolo, en su ensayo “De las alegorías a las novelas”:

El pasaje de alegoría a novela, de especies a individuos, de realismo a nominalismo, requirió algunos siglos, pero me atrevo a sugerir una fecha ideal. Aquel día de 1382 en que Geoffrey Chaucer, que tal vez no se creía nominalista, quiso traducir al inglés el verso de Boccaccio “E con gli occulti ferri i Tradimenti” (Y con hierros ocultos las Traiciones), y lo repitió de este modo: “The smyler with the knyf under the cloke” (El que sonríe, con el cuchillo bajo la capa). El original está en el séptimo libro de la Teseida; la versión, en el Knightes Tale.

En La vuelta al día en ochenta mundos, Cortázar dedica un poema a Borges y, al explicar algunos detalles de su creación, cuenta una nueva traducción, esta vez del verso de Chaucer y esta vez por Borges, que también puede ser un símbolo

Escribí este poema en 1956 y en la India, of all places. No me acuerdo muy bien de las circunstancias, habíamos estado hablando de Borges con otros argentinos para olvidar por un rato el bombardeo de Suez y un documento de la Unesco sobre la comprensión internacional que nos habían dado a traducir; en algún momento sentí que mi afecto por él, de pronto casi tangible entre sikhs y olor de especias y música de sitar, era como un practical joke que Borges me estuviera haciendo telepáticamente desde su casa de la calle Maipú para poder decir después: “Qué raro, ¿no?, que alguien me tenga cariño desde un sitio tan inverosímil cono Nueva Delhi, ¿no?” Y la hoja de papel calzó en la máquina y yo me acordé de unas clases de literatura inglesa allá por la calle Charcas, en la que él nos había mostrado como el verso de Geoffrey Chaucer era exactamente la metáfora criolla de “venirse con el cuchillo abajo’el poncho”, y me ganó una ternura idiota que ahogué con jugo de mango y el poema que nunca le mandé a Borges, primero porque yo a Borges solamente lo he visto dos o tres veces en la vida, y después porque para mandar poemas la vida me cortó el chorro allá por los años treinta y ocho.

El paso del tiempo

Dos fragmentos sobre el paso del tiempo y sus marcas en el universo.

Fragmento de El Aleph de Jorge Luis Borges.

La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita. Cambiará el universo pero yo no, pensé con melancólica vanidad; alguna vez, lo sé, mi vana devoción la había exasperado; muerta yo podía consagrarme a su memoria, sin esperanza, pero también sin humillación.

Parlamento de Rosita (Doña Rosita la soltera, acto III) de Federico García Lorca.

Me he acostumbrado a vivir muchos años fuera de mí, pensando en cosas que estaban muy lejos, y ahora que estas cosas ya no existen, sigo dando vueltas y más vueltas por un sitio frío, buscando una salida que no he de encontrar nunca. Yo lo sabía todo. Sabía que se había casado; ya se encargó un alma caritativa de decírmelo, y he estado recibiendo sus cartas con una ilusión llena de sollozos que aun a mí misma me asombra. Si la gente no hubiera hablado; si vosotras no lo hubiérais sabido; si no lo hubiera sabido nadie más que yo, sus cartas y su mentira hubieran alimentado mi ilusión como el primer año de su ausencia. Pero lo sabían todos y yo me encontraba señalada por un dedo que hacía ridícula mi modestia de prometida y daba un aire grotesco a mi abanico de soltera. Cada año que pasaba era como una prenda íntima que arrancaran de mi cuerpo. Y hoy se casa una amiga y otra y otra, y mañana tiene un hijo y crece, y viene a enseñarme sus notas de examen, y hacen casas nuevas y canciones nuevas, y yo igual, con el mismo temblor, igual; yo, lo mismo que antes, cortando el mismo clavel, viendo las mismas nubes; y un día bajo al paseo y me doy cuenta de que no conozco a nadie; muchachos y muchachas me dejan atrás porque me canso, y uno dice: «Ahí está la solterona», y otro, hermoso, con la cabeza rizada, que comenta: «A ésa ya no hay quien le clave el diente». Y yo lo oigo y no puedo gritar sino «vamos adelante», con la boca llena de veneno y con unas ganas enormes de huir, de quitarme los zapatos, de descansar y no moverme más, nunca, de mi rincón.

The Love Song of Har Dyal

Ha dicho Borges “Los últimos relatos de Kipling fueron no menos laberínticos y angustiosos que los de Kafka o los de James, a los que sin duda superan; pero en 1885, en Lahore, había emprendido una serie de cuentos breves, escritos de manera directa, que reuniría en 1890. No pocos –In the House of Suddhoo, Beyond the Pale , The Gate of the Hundred Sorrows– son lacónicas obras maestras”, un fragmento de esa obra maestra que se llama Beyond the Pale es lo que sigue.

Then he saw that the Gully ended in a trap, and heard a little laugh from behind the grated window. It was a pretty little laugh, and Trejago, knowing that, for all practical purposes, the old Arabian Nights are good guides, went forward to the window, and whispered that verse of “The Love Song of Har Dyal” which begins:

Can a man stand upright in the face of the naked Sun;
or a Lover in the Presence of his Beloved?
If my feet fail me, O Heart of my Heart, am I to blame,
being blinded by the glimpse of your beauty?

There came the faint tchinks of a woman’s bracelets from behind the grating, and a little voice went on with the song at the fifth verse:

Alas! alas! Can the Moon tell the Lotus of her love when the
Gate of Heaven is shut and the clouds gather for the rains?
They have taken my Beloved, and driven her with the pack-horses to the North.
There are iron chains on the feet that were set on my heart.
Call to the bowman to make ready-

The voice stopped suddenly, and Trejago walked out of Amir Nath’s Gully, wondering who in the world could have capped “The Love Song of Har Dyal” so neatly.

Next morning, as he was driving to the office, an old woman threw a packet into his dog-cart. In the packet was the half of a broken glass bangle, one flower of the blood red dhak, a pinch of bhusa or cattle-food, and eleven cardamoms. That packet was a letter -not a clumsy compromising letter, but an innocent, unintelligible lover’s epistle.

Trejago knew far too much about these things, as I have said. No Englishman should be able to translate object-letters. But Trejago spread all the trifles on the lid of his office-box and began to puzzle them out.

A broken glass-bangle stands for a Hindu widow all India over; because, when her husband dies a woman’s bracelets are broken on her wrists. Trejago saw the meaning of the little bit of the glass. The flower of the dhak means diversely “desire,” “come,” “write,” or “danger,” according to the other things with it. One cardamom means “jealousy;” but when any article is duplicated in an object-letter, it loses its symbolic meaning and stands merely for one of a number indicating time, or, if incense, curds, or saffron be sent also, place. The message ran then:–“A widow dhak flower and bhusa–at eleven o’clock.” The pinch of bhusa enlightened Trejago. He saw -this kind of letter leaves much to instinctive knowledge- that the bhusa referred to the big heap of cattle-food over which he had fallen in Amir Nath’s Gully, and that the message must come from the person behind the grating; she being a widow. So the message ran then: “A widow, in the Gully in which is the heap of bhusa, desires you to come at eleven o’clock.”

Trejago threw all the rubbish into the fireplace and laughed. He knew that men in the East do not make love under windows at eleven in the forenoon, nor do women fix appointments a week in advance. So he went, that very night at eleven, into Amir Nath’s Gully, clad in a boorka, which cloaks a man as well as a woman. Directly the gongs in the City made the hour, the little voice behind the grating took up “The Love Song of Har Dyal” at the verse where the Panthan girl calls upon Har Dyal to return. The song is really pretty in the Vernacular. In English you miss the wail of it. It runs something like this:

Alone upon the housetops, to the North
I turn and watch the lightning in the sky,
The glamour of thy footsteps in the North,
Come back to me, Beloved, or I die!

Below my feet the still bazar is laid
Far, far below the weary camels lie,
The camels and the captives of thy raid,
Come back to me, Beloved, or I die!

My father’s wife is old and harsh with years,
And drudge of all my father’s house am I.
My bread is sorrow and my drink is tears,
Come back to me, Beloved, or I die!

As the song stopped, Trejago stepped up under the grating and whispered: “I am here.”

[Traducción al español]

Nocturno V

Ya he dicho, los hombres inventaron la noche, y a la luna. En su Nocturno (frustrado), Miguel d’Ors le reprocha a los poetas “Maldito Baudelaire, malditos Goethe y Borges, / que ahora que contemplo / la luna no me dejan ver / la luna.” y a Miguel d’Ors, Victor Botas le contesta “Bendito Baudelaire, benditos Goethe y Borges, / que ahora que contemplo / la luna me permiten ver / en ella / cosas que no verá ningún astrónomo.”

Fragmento de Hacia la noche de María Eugenia Vaz Ferreira.

Oh noche, yo te quiero
sin el fulgor de luminosos astros,
sin marinos clamores
y sin la voz que finge
en los cráneos sonoros el rumor de los vientos.

Oh dulce noche mía, oh dulce noche!
Aunque el glorioso pájaro del alba.
rompa después mi lapidario ensueño,
un polvo de inquietud arda en mis ojos,
y me seas de nuevo
sólo una palma antigua, replegada
sobre el gran desierto.

La blanca soledad de Leopoldo Lugones.

Bajo la calma del sueño,
calma lunar, de luminosa seda,
la noche
como si fuera
el blando cuerpo del silencio,
dulcemente en la inmensidad se acuesta.
Y desata
su cabellera
en prodigioso follaje
de alamedas.

Nada vive sino el ojo
del reloj en la torre tétrica,
profundizando inútilmente el infinito
como un agujero abierto en la arena.
El infinito,
rodado por las ruedas
de los relojes,
como un carro que nunca llega.

La luna cava un blanco abismo
de quietud, en cuya cuenca
las cosas son cadáveres
y las sombras viven como ideas.
Y uno se pasma de lo próxima
que está la muerte en la blancura aquella,
de lo bello que es el mundo
poseído por la antigüedad de la luna llena,
y el ansia tristísima de ser amado
en el corazón doloroso tiembla.

Hay una ciudad en el aire,
una ciudad casi invisible suspensa,
cuyos vagos perfiles
sobre la clara noche transparentan,
como las rayas de agua en un pliego,
su cristalización poliédrica.
Una ciudad tan lejana,
que angustia con su absurda presencia.

¿Es una ciudad o un buque
en el que fuésemos abandonando la tierra,
callados y felices
y con tal pureza,
que sólo nuestras almas
en la blancura plenilunar vivieran?

Y de pronto cruza un vago
estremecimiento por la luz serena.
Las líneas se desvanecen,
la inmensidad cámbiase en blanca piedra,
y sólo permanece en la noche aciaga
la certidumbre de tu ausencia.

La luna de Jorge Luis Borges.

A María Kodama

Hay tanta soledad en ese oro.
La luna de las noches no es la luna
que vio el primer Adán. Los largos siglos
de la vigilia humana la han colmado
de antiguo llanto. Mírala. Es tu espejo.