Sobre Borges, Bioy, Hugo Santiago e “Invasión”

El 22 de noviembre de 2016 fui invitado por Pablo Silva Olazábal a La máquina de pensar, de Radio Uruguay, en el marco del encuentro internacional Borges, una geografía imaginaria, para hablar sobre el tema de mi ponencia, que se titula “Buenos Aires, o una nueva Troya”.
Haciendo clic en el reproductor se puede acceder a mi intervención en el programa.

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Perfume del tiempo taura que pasó

Reseña a El tango de Jorge Luis Borges (Buenos Aires: Sudamericana, 2016), que salió en la diaria el 15 de julio de 2016. El título de la nota corresponde a un verso de “Agua florida“, un hermoso tango de Fernán Silva Valdés. Acompaña la entrada un dibujo de Borges de dos bailarines, rodeados por una copla de su autoría.


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Mi primer Borges

En la biblioteca de mis abuelos, una biblioteca pequeña y un poco desvencijada, llena de novelas de aventuras y policiales, de ediciones del Quijote, de pequeños libritos que venían con el diario y de ensayos sobre política y crónicas (siempre me llamó la atención por su título el clásico de Manini Ríos, Anoche me llamó Batlle), había un volumen chiquito, de tapa rojiza, que tenía un nombre raro y un autor al que yo había oído nombrar muchas veces en todos lados.  El libro era El Aleph. El autor, Jorge Luis Borges.

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De traducciones

Comenta Borges una traducción que, según él tiene algo de símbolo en su ensayo De las alegorías a las novelas: El pasaje de alegoría a novela, de especies a individuos, de realismo a nominalismo, requirió algunos siglos, pero me atrevo a sugerir una fecha ideal. Aquel día de 1382 en que Geoffrey Chaucer, que tal vez no se creía nominalista, quiso traducir al inglés el verso de Boccaccio “E con gli occulti ferri i Tradimenti” (Y con hierros ocultos las Traiciones), y lo repitió de este modo: “The smyler with the knyf under the cloke” (El que sonríe, con el cuchillo bajo la capa). El original está en el séptimo libro de la Teseida; la versión, en el Knightes Tale.
En La vuelta al día en ochenta mundos, Cortázar dedica un poema a Borges y, al explicar algunos detalles de su creación, cuenta una nueva traducción, esta vez del verso de Chaucer y esta vez por Borges, que también puede ser un símbolo: Escribí este poema en 1956 y en la India, of all places. No me acuerdo muy bien de las circunstancias, habíamos estado hablando de Borges con otros argentinos para olvidar por un rato el bombardeo de Suez y un documento de la Unesco sobre la comprensión internacional que nos habían dado a traducir; en algún momento sentí que mi afecto por él, de pronto casi tangible entre sikhs y olor de especias y música de sitar, era como un practical joke que Borges me estuviera haciendo telepáticamente desde su casa de la calle Maipú para poder decir después: “Qué raro, ¿no?, que alguien me tenga cariño desde un sitio tan inverosímil cono Nueva Delhi, ¿no?” Y la hoja de papel calzó en la máquina y yo me acordé de unas clases de literatura inglesa allá por la calle Charcas, en la que él nos había mostrado como el verso de Geoffrey Chaucer era exactamente la metáfora criolla de “venirse con el cuchillo abajo’el poncho”, y me ganó una ternura idiota que ahogué con jugo de mango y el poema que nunca le mandé a Borges, primero porque yo a Borges solamente lo he visto dos o tres veces en la vida, y después porque para mandar poemas la vida me cortó el chorro allá por los años treinta y ocho. 

   

El paso del tiempo

Dos fragmentos sobre el paso del tiempo y sus marcas en el universo.

Fragmento de El Aleph de Jorge Luis Borges.

La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita. Cambiará el universo pero yo no, pensé con melancólica vanidad; alguna vez, lo sé, mi vana devoción la había exasperado; muerta yo podía consagrarme a su memoria, sin esperanza, pero también sin humillación.

Parlamento de Rosita (Doña Rosita la soltera, acto III) de Federico García Lorca.

Me he acostumbrado a vivir muchos años fuera de mí, pensando en cosas que estaban muy lejos, y ahora que estas cosas ya no existen, sigo dando vueltas y más vueltas por un sitio frío, buscando una salida que no he de encontrar nunca. Yo lo sabía todo. Sabía que se había casado; ya se encargó un alma caritativa de decírmelo, y he estado recibiendo sus cartas con una ilusión llena de sollozos que aun a mí misma me asombra. Si la gente no hubiera hablado; si vosotras no lo hubiérais sabido; si no lo hubiera sabido nadie más que yo, sus cartas y su mentira hubieran alimentado mi ilusión como el primer año de su ausencia. Pero lo sabían todos y yo me encontraba señalada por un dedo que hacía ridícula mi modestia de prometida y daba un aire grotesco a mi abanico de soltera. Cada año que pasaba era como una prenda íntima que arrancaran de mi cuerpo. Y hoy se casa una amiga y otra y otra, y mañana tiene un hijo y crece, y viene a enseñarme sus notas de examen, y hacen casas nuevas y canciones nuevas, y yo igual, con el mismo temblor, igual; yo, lo mismo que antes, cortando el mismo clavel, viendo las mismas nubes; y un día bajo al paseo y me doy cuenta de que no conozco a nadie; muchachos y muchachas me dejan atrás porque me canso, y uno dice: «Ahí está la solterona», y otro, hermoso, con la cabeza rizada, que comenta: «A ésa ya no hay quien le clave el diente». Y yo lo oigo y no puedo gritar sino «vamos adelante», con la boca llena de veneno y con unas ganas enormes de huir, de quitarme los zapatos, de descansar y no moverme más, nunca, de mi rincón.