Rodin

Ideada como respuesta a la Porta del Paradiso del Battistero di San Giovanni realizada por Lorenzo Ghibertila, inspirada en la obra de Dante y Baudelaire y siguiendo el ejemplo de Miguel Ángel, Auguste Rodin comenzó la La Porte de l’Enfer en 1880 y murió sin verla terminada, en 1917. De sus más de doscientos personajes y grupos escultóricos se irán desprendiendo obras autónomas como Le Penseur (que en el dintel de la puerta no es otro que Dante), Le Baiser (que en la puerta se representa a través de Paolo y Francesca), Les Ombres (las tres figuras superiores), La Danaïde, Ugolin et ses enfants, Fugit amor (representado dos veces en la Puerta), La Terre et la Lune (basada en Fatigue y Andromède), Adam y Ève (pensados para ambos lados de la Puerta), La Femme accroupie o Luxure y Je suis belle (en base a La Femme accroupie, y L’Homme qui tombe de la Puerta), Celle qui fut la belle Heaulmière (que aparece en una de las pilastras), Iris, messagère des dieux (aparece en el conjunto recostada, pasará luego a formar parte del Monument à Victor Hugo), Jeux de Nymphes, Centauresse (basado en los múltiples centauros de la Puerta), L’Éternelle idole, Torse d’Adèle (que aparece con brazos y piernas en el extremo superior izquierdo de la Puerta) y Le Christ et la Madeleine (esta última aparece en la Puerta y devendrá en La Méditation, musa del Monument à Victor Hugo).

El sueño de Dante

Fragmento del tercer capítulo de la Vita nuova de Dante, que cuenta la visión que tiene la noche en que muere Beatrice. En la Comedia, cuando Dante se encuentra con Beatrice, ésta está de rojo, rodeada de extraños seres (símbolos) Borges, en uno de sus Nueve ensayos dantescos indica que “Dante, muerta Beatriz, perdida para siempre Beatriz, jugó con la ficción de encontrarla, para mitigar su tristeza; yo tengo para mí que edificó la triple arquitectura de su poema para intercalar ese encuentro. Le ocurrió entonces lo que suele ocurrir en los sueños, manchándolo de tristes estorbos. Tal fue el caso de Dante. Negado para siempre por Beatriz, soñó con Beatriz, pero la soñó severísima, pero la soñó inaccesible, pero la soñó en un carro tirado por un león que era un pájaro y que era todo pájaro o todo león cuando los ojos de Beatriz lo esperaban (Purgatorio, XXXI, 121).”

E pensando di lei, mi sopragiunse uno soave sonno, ne lo quale m’apparve una maravigliosa visione: che me parea vedere ne la mia camera una nebula di colore di fuoco, dentro a la quale io discernea una figura d’uno segnore di pauroso aspetto a chi la guardasse; e pareami con tanta letizia, quanto a sé, che mirabile cosa era; e ne le sue parole dicea molte cose, le quali io non intendea se non poche; tra le quali intendea queste: “Ego dominus tuus”.
Ne le sue braccia mi parea vedere una persona dormire nuda, salvo che involta mi parea in uno drappo sanguigno leggeramente; la quale io riguardando molto intentivamente, conobbi ch’era la donna de la salute, la quale m’avea lo giorno dinanzi degnato di salutare.
E ne l’una de le mani mi parea che questi tenesse una cosa la quale ardesse tutta, e pareami che mi dicesse queste parole: “Vide cor tuum”.
E quando elli era stato alquanto, pareami che disvegliasse questa che dormia; e tanto si sforzava per suo ingegno, che le facea mangiare questa cosa che in mano li ardea, la quale ella mangiava dubitosamente.
Appresso ciò poco dimorava che la sua letizia si convertia in amarissimo pianto; e così piangendo, si ricogliea questa donna ne le sue braccia, e con essa mi parea che si ne gisse verso lo cielo; onde io sostenea sì grande angoscia, che lo mio deboletto sonno non poteo sostenere, anzi si ruppe e fui disvegliato.
E mantenente cominciai a pensare, e trovai che l’ora ne la quale m’era questa visione apparita, era la quarta de la notte stata; sì che appare manifestamente ch’ella fue la prima ora de le nove ultime ore de la notte.

[Traducción al inglés de Dante Gabriel Rossetti: And betaking me to the loneliness of mine own room, I fell to thinking of this most courteous lady, thinking of whom I was overtaken by a pleasant slumber, wherein a marvellous vision was presented to me: for there appeared to be in my room a mist of the colour of fire, within the which I discerned the figure of a lord of terrible aspect to such as should gaze upon him, but who seemed therewithal to rejoice inwardly that it was a marvel to see. Speaking he said many things, among the which I could understand but few; and of these, this: Ego dominus tuus. In his arms it seemed to me that a person was sleeping, covered only with a blood-coloured cloth; upon whom looking very attentively, I knew that it was the lady of the salutation who had deigned the day before to salute me. And he who held her held also in his hand a thing that was burning in flames; and he said to me, Vide cor tuum. But when he had remained with me a little while, I thought that he set himself to awaken her that slept; after the which he made her to eat that thing which flamed in his hand; and she ate as one fearing. Then, having waited again a space, all his joy was turned into most bitter weeping; and as he wept he gathered the lady into his arms, and it seemed to me that he went with her up towards heaven: whereby such a great anguish came upon me that my light slumber could not endure through it, but was suddenly broken. And immediately having considered, I knew that the hour wherein this vision had been made manifest to me was the fourth hour (which is to say, the first of the nine last hours) of the night. Al español.]

Los árboles

Retomando lo presentado en otras entradas, dos catálogos de árboles. Es algo temerario establecer una relación directa y consciente entre el fragmento de Ovidio y estos dos, pero no lo es, al menos en el caso de Acevedo, hacerlo con los cantos III y XIII del Infierno de Dante.

Fragmento del capítulo VIII de Ismael de Eduardo Acevedo Díaz.

Rara vez la planta humana hollaba aquellos sitios, verdaderos asilos ignorados del gaucho errante; y diríase ante su salvaje pompa y virgen soledad, la smarrita via, en la selva oscura del poeta. Troncos gigantes enlazados por graciosas guirnaldas, de lianas y tacyos, hasta formar tupidas redes en las bóvedas de las copas confundidas; palmeras enhiestas asomando sus cabezas en el espacio, a manera de colosales quitasoles del oriente; robustos yatáhis y guayabos en estrecha alianza con las indígenas yedras trepadoras, molles y laureles agrupados en tumulto: añosos quebrachos y atrevidos ñangapirées elevando sus cúpulas en desorden, junto al duro espinillo y al tala espinoso, verdadero erizo vegetal que hiere y desgarra como un dragón que guardara el secreto de la floresta; columnatas singulares, airosos capiteles, variadas volutas, elegantes cimborios simulados por miriadas de hojas y tupidas florescencias; y en la pradera sombría, como asaltando las bases y troncos de aquella hermosa vegetación secular, innúmeras legiones de plantas selváticas irguiéndose con audacia para concluir en esbeltos tallos y trémulos penachos de vivos matices, o retorciéndose por el suelo cual prodigiosa nidada de serpientes.

(Fragmento de) poema de Washington Benavídes.

Largo sería de contar: los fresnos,
las ceibas purpuradas, los oscuros
paraísos
los verdes, voladores alamillos,
los algarrobos de mareantes vainas,
el azul y armónico eucalipto;
la sucesión de árboles y días,
de noches y de trenes
que se llevaron, —lejos— a mi sombra
o me beneficiaron con sus aires.

Nota: leí este poema (o fragmento de poema) en una reseña de Ángel Rama al libro Poesía de Washington Benavides que apareció en el semanario Marcha (XXV, 1186, 13 dic. 1963: 29), donde no cita su nombre.

Inferno, XXVI

Fragmento del Canto XXVI del Infierno, donde Ulises, que se encuentra condenado junto a Diomedes en la octava fosa del octavo círculo, cuenta la historia de su último viaje. La nota al verso 84 en la edición de la Divina Comedia de Fabbri-Cressatti, da luz sobre algunas disonancias entre este relato y el recogido en la Odisea: “La leyenda de ulteriores viajes de Ulises, después de su retorno a Itaca, no remonta a Homero. Dante la deduce de algunas alusiones de Séneca y Cicerón y de un pasaje de las Metamorfosis de Ovidio (XIV- vv. 437-40).”

Lo maggior corno de la fiamma antica
cominciò a crollarsi mormorando,
pur come quella cui vento affatica;

indi la cima qua e là menando,
come fosse la lingua che parlasse,
gittò voce di fuori e disse: «Quando

mi diparti’ da Circe, che sottrasse
me più d’un anno là presso a Gaeta,
prima che sì Enëa la nomasse,

né dolcezza di figlio, né la pieta
del vecchio padre, né ‘l debito amore
lo qual dovea Penelopè far lieta,

vincer potero dentro a me l’ardore
ch’i’ ebbi a divenir del mondo esperto
e de li vizi umani e del valore;

ma misi me per l’alto mare aperto
sol con un legno e con quella compagna
picciola da la qual non fui diserto.

L’un lito e l’altro vidi infin la Spagna,
fin nel Morrocco, e l’isola d’i Sardi,
e l’altre che quel mare intorno bagna.

Io e ‘ compagni eravam vecchi e tardi
quando venimmo a quella foce stretta
dov’ Ercule segnò li suoi riguardi

acciò che l’uom più oltre non si metta;
da la man destra mi lasciai Sibilia,
da l’altra già m’avea lasciata Setta.

“O frati”, dissi “che per cento milia
perigli siete giunti a l’occidente,
a questa tanto picciola vigilia

d’i nostri sensi ch’è del rimanente
non vogliate negar l’esperïenza,
di retro al sol, del mondo sanza gente.

Considerate la vostra semenza:
fatti non foste a viver come bruti,
ma per seguir virtute e canoscenza”.

Li miei compagni fec’ io sì aguti,
con questa orazion picciola, al cammino,
che a pena poscia li avrei ritenuti;

e volta nostra poppa nel mattino,
de’ remi facemmo ali al folle volo,
sempre acquistando dal lato mancino.

Tutte le stelle già de l’altro polo
vedea la notte, e ‘l nostro tanto basso,
che non surgëa fuor del marin suolo.

Cinque volte racceso e tante casso
lo lume era di sotto da la luna,
poi che ‘ntrati eravam ne l’alto passo,

quando n’apparve una montagna, bruna
per la distanza, e parvemi alta tanto
quanto veduta non avëa alcuna.

Noi ci allegrammo, e tosto tornò in pianto;
ché de la nova terra un turbo nacque
e percosse del legno il primo canto.

Tre volte il fé girar con tutte l’acque;
a la quarta levar la poppa in suso
e la prora ire in giù, com’ altrui piacque,

infin che ‘l mar fu sovra noi richiuso».

[Traducción de Luce Fabbri-Cressatti y José Pedro Díaz: El mayor cuerno de la llama antigua / comenzó a sacudirse murmurando, / cual si fuese hostigado por el viento; //  luego, la punta aquí y allá moviendo, / como si fuera la lengua que hablase, / logró emitir la voz y dijo: «Cuando // yo dejé a Circe quien por más de un año / me tuvo oculto cerca de Gaeta / antes que Eneas le diera ese nombre, //ni dulzura de hijo, ni piedad / del viejo padre, ni el debido amor / que alegrar a Penélope debía, // vencer en mí pudieron el ardor / de conocer por experiencia al mundo / y los vicios humanos, y el valor; // sino que me confié al mar abierto / con solo un leño y con la compañía / de los pocos que no me abandonaron. // Las dos orillas vimos hasta España, / Marruecos y la isla de los Sardos / y las otras que el mar aquel rodea. / Estábamos ya viejos y cansados, / cuando llegamos a esa boca estrecha / que Hércules señaló con sus mojones // para que el hombre más allá no vaya; / a mi derecha dejé atrás Sevilla, / como a la izquierda ya dejara Ceuta. // “Hermanos -dije-, que cien mil peligros / afrontasteis en pos del occidente, / en esta pequeñísima vigilia // que aún os queda de vuestros sentidos, / no queráis negaros la experiencia, / siguiendo al sol, del mundo sin la gente. // Considerad cuál es vuestra simiente: / no se os trajo a vivir vida de brutos, / sino a seguir la ciencia y la virtud”. // A mis amigos torné tan dispuestos / con esta oración breve, para el viaje, / que arduo fuera luego retenerlos. // Y, vuelta nuestra popa a la mañana, / los remos fueron ala al loco vuelo, / siempre ganando un poco hacia la izquierda. // Los astros en la noche yo veía / del otro polo, y el nuestro tan bajo / que del suelo marino no asomaba. // Cinco veces prendióse, y otras cinco / la luz se nos borró bajo la luna / después que entramos en el alto paso, // cuando vimos un monte oscurecido / por la distancia, y pareció tan alto / como jamás ninguno había visto. // Pronto nuestro alborozo se hizo llanto, / pues de la nueva tierra un turbión vino / y golpeó la nave por delante. // Con toda el agua le hizo dar tres vueltas, / la cuarta levantó la popa en alto, / hundió la proa así como alguien quiso // y al fin se cerró el mar sobre nosotros».]