Historia de la noche: sobre “Gaspard de la nuit”, de Élisabeth de Fontenay

En una conjunción inteligente de poesía y filosofía (¿quién las había separado?) que le valió el Premio Femina del año pasado, la filósofa de 85 años se propone hacer a la vez una suerte de autobiografía intelectual, retrato íntimo, y, sobre todo, testimonio que busca preservar en la letra una vida que en apariencia no pudo expresarse ni perpetuarse, pero que marcó su reflexión de forma radical. Así, De Fontenay se mueve en los márgenes de la conjetura (ella usa un poco problemáticamente el término ficción) y la memoria, entre lo vivido y lo supuesto, entre lo sabido y lo imaginado, para recorrer varios momentos cruciales de su vida, de la vida de sus padres (él, miembro de la resistencia francesa, ella, judía convertida al cristianismo), y, sobre todo, la obra de muchos de los pensadores que más ayudaron a formarla, desde Descartes a Althusser, pasando por Heidegger, cuya relación con el nazismo es confrontada por la filósofa, en uno de los mejores momentos del breve libro, que a su vez cuestiona la posibilidad misma del humanismo de convertirse en argumento a favor de eugenesia.

Fragmento de “Historia de la noche: sobre Gaspard de la nuit, de Élisabeth de Fontenay”, que se publicó en el portal de la librería Escaramuza. Se puede acceder al texto completo haciendo clic en la cita.

Eduard Limónov: la velocidad de la vida

De joven sastre con inclinaciones literarias a empleado doméstico de un millonario neoyorquino, de artista respetado del movimiento underground moscovita a combatiente, junto a los serbios, en las guerras Yugoslavas, de ladronzuelo a revelación literaria en París, de fundador del Partido Nacional Bolchevique y del periódico político punk Limonka a autor de culto, de esposo de la cantante y escritora Natalia Medvedeva a preso en una de las cárceles más seguras de Rusia, la vida de Eduard Veniamínovich Savenko, conocido como Limónov, parecía estar hecha para ser escrita. Sólo faltaba quien lo hiciera.

Fragmento del texto “Eduard Limónov: la velocidad de la vida”, sobre la novela Limónov, de Emmanuel Carrère, que se publicó en el portal de la librería Escaramuza. Se puede acceder al texto completo haciendo clic en la cita.

Oscar Wilde: un escritor feliz

Porque, además de ser un hombre de epigramas, famoso por sus respuestas ingeniosas, también supo escribir largo, argumentar convincentemente, exponer con claridad. En El alma del hombre bajo el socialismo (un texto al que todavía no se le ha prestado su merecida atención), por ejemplo, denunció la inmoralidad del concepto de propiedad privada y defendió al ocio como espacio para el pensamiento y el crecimiento personal, planteando acaso ingenuamente un mundo maquínico, postrabajo, como la única forma posible de retorno al esplendor del mundo clásico. Inteligente y refinado (aunque olvida que la técnica jamás es «neutra»), el texto aporta una faceta a veces ignorada de Wilde, siempre definido según una versión muy constreñida del dandismo, como un «mero» esteta, alejado de la política.

Fragmento de “Oscar Wilde: Un escritor feliz”, que se publicó en el portal de la librería Escaramuza. Se puede acceder al texto completo haciendo clic en la cita.

Boccaccio: el alma del relato

A menudo recordado por sus historias más sexuales, Boccaccio ideó, como define el crítico Vittore Branca (principal reivindicador del carácter medieval del autor, frente a quienes lo piensan como protorrenacentista), una obra de estructura gótica, exuberante, compleja y ascendente, que inicia en el apocalipsis de la peste y el inmoral Ciapelletto y termina con la historia de Griselda, mujer virtuosa por excelencia que, como establece Marga Cottino-Jones, se vincula con la canción final del Canzionere de Petrarca, dedicada a la Virgen, y con la Beatrice dantesca. De esta manera, el Decamerón, dedicado a las mujeres, narrado en su mayoría por mujeres y protagonizado en buena medida por mujeres, marca el punto más alto en la obra del autor de la Elegía de Madonna Fiammetta (novela de juventud dedicada a las enamoradas) y de De claris mulieribus, una serie de biografías de mujeres ilustres que escribió en su última etapa. En ese momento había pasado, por influencia de Petrarca, a escribir en latín, pero su gran obra ya la había escrito en el toscano que había privilegiado Dante y las bases de una literatura en lengua vulgar estaban fuertemente cimentadas. Pronto, el Decamerón se convertiría en fuente de inagotables argumentos, que serían vueltos a contar una y otra vez (por autores fundacionales como Chaucer, por ejemplo), e inspiraría, en su estructura, desde Cervantes a Pasolini, cientos de obras.

Fragmento del texto “Boccaccio: el alma del relato”, sobre Giovanni Boccaccio (y, fundamentalmente, el Decamerón), que se publicó en el portal de la librería Escaramuza. Se puede acceder al texto completo haciendo clic en la cita.

I’ll drown my book: Riccardo Boglione y “La tempestad”

Victor Hugo, en su célebre ensayo sobre Shakespeare (escrito, precisamente, en su exilio en la isla de Jersey), decía que La tempestad es un arabesco. Y a ese término, brumoso y a la vez claro, lo define comparándolo con la vegetación en la naturaleza, porque el arabesco, como ella, brota, crece, se multiplica, florece. Esa fertilidad, esa proliferación, es evidente para cualquier lector de la obra, que no ha cesado de reverberar en los cuatro largos siglos que tiene de vida. Parte de esa historia de ecos son las distintas traducciones, continuas, variadas, geniales o, cuanto menos, olvidables. Varias de ellas están en este libro, que es una celebración de lo distinto. 

Fragmento del texto “I’ll drown my book”, sobre el libro It Is Foul Weather In Us All, de Riccardo Boglione, que se publicó en el portal de la librería Escaramuza. Se puede acceder al texto completo haciendo clic en la cita.

El bote del amor se estrelló contra la vida cotidiana: Maiakovski lírico

Ese choque, tan profundamente moderno, se reafirma en su individualismo radical, que se cuela en su obra como un intruso. Si el comunismo cantaba a las multitudes obreras en las plazas, en el campo, en las fábricas, el poeta luchaba, al mismo tiempo, por encarnar un ideal que se le rebelaba. Su obsesión por hacer cantos para el pueblo y su reticencia a renunciar a su genio son los dos extremos siempre en tensión en su obra, que a él le gustaba declamar con voz clara y enérgica, vistiendo la blusa amarilla de los proletarios.

Fragmento del texto “El bote del amor se estrelló”, sobre la poesía lírica de Vladimir Maiakovski, que se publicó en el portal de la librería Escaramuza. Se puede acceder al texto completo haciendo clic en la cita.

Autorretratos con Gloria Fuertes

En efecto, la división simplista entre «artificio» y «vida», que quizá la ayudó a sobrevivir en un mundo en el que todo debía ser serio, elevado, grave (era el franquismo) y le permitió jugar, hoy encuentra eco en los malos lectores, que no saben ver el arte poético que hay detrás de su «Canción del que no quería mentir» (que supo leer, traducido al inglés, cuando fue telonera de Joan Baez), cuyos versos centrales dicen: «Me costó la costumbre de arrancar la mentira / me tejí este vestido de verdad que me cubre, / y a veces voy desnuda».

Fragmento de “Autorretratos con Gloria Fuertes”, que se publicó en el portal de la librería Escaramuza. Se puede acceder al texto completo haciendo clic en la cita.