Mi Rodó personal

Puedo ver a Rodó, casi puedo verlo. Lo he intentado atrapar sentado por horas frente a la escultura de Belloni, entre sus cosas (el crucifijo de su familia, su foto rodeado de libros desordenados sobre su escritorio rebosante, la primera edición de Motivos de Proteo), en las palabras escuetas en su diario de viaje, en las visiones del fin de todo.

Fragmento de “Mi Rodó personal”, contratapa que escribí para Fuera de sección, de la diaria. Se puede acceder al texto completo haciendo clic en la cita.

La Palabra o las palabras

Vuelvo una vez más a la novela de Rushdie. Cuando otro personaje le pregunta a Salman el Persa años después por qué estaba seguro de que si Mahound se enteraba de sus alteraciones de la escritura sagrada lo mandaría matar, el ex escriba contesta, con resignación: “Era su Palabra contra la mía”.

Fragmento de La Palabra o las palabras, contratapa que escribí para Fuera de sección, de la diaria en torno al caso de Jihad Diyab y en base a una nota de Martín Otheguy. Se puede acceder al texto completo haciendo clic en la cita.

Mi primer Borges

En la biblioteca de mis abuelos, una biblioteca pequeña y un poco desvencijada, llena de novelas de aventuras y policiales, de ediciones del Quijote, de pequeños libritos que venían con el diario y de ensayos sobre política y crónicas (siempre me llamó la atención por su título el clásico de Manini Ríos, Anoche me llamó Batlle), había un volumen chiquito, de tapa rojiza, que tenía un nombre raro y un autor al que yo había oído nombrar muchas veces en todos lados.  El libro era El Aleph. El autor, Jorge Luis Borges.

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