Mi retablo de Navidad

Hoy es bastante fácil ver la ficción de la Navidad. Ver, gracias a estudios eruditos, las raíces diversas que alimentan esa fiesta, tan convencional y artificial como cualquier otra. Es fácil comprender el fondo pagano que se esconde en la celebración, que no es otra cosa que la versión transmutada de un culto solar muy antiguo. La fecha del nacimiento de Jesús, el dios encarnado, fue fijada el 25 de diciembre en el siglo IV, aproximadamente, con una intención claramente sincrética, ya que así se cristianizaban a la vez las celebraciones del Sol Invictus y las Saturnalias romanas y, posteriormente, otras tradiciones de origen agrario, como el Yule nórdico. De este modo, en un hemisferio norte cercano al solsticio de invierno y a los rigores de la estación, a la vez que se tomaban elementos de esas festividades dedicadas a la fecundidad, como dar regalos o adornar árboles perennes, Jesús adoptaba -como Freyr en el norte, Apolo en Roma, Helios en Grecia, Horus en Egipto, el indoeuropeo Mitra o, en nuestros días, el Superman de Grant Morrison- una calidad de divinidad relacionada, en sus ciclos vitales y en sus fiestas anuales, al sol.

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Arde París

Cuenta Salman Rushdie (que algo sabe de fundamentalismos) en su autobiografía Joseph Anton que, durante una entrevista, un periodista le dijo a Günter Grass: “La llama de la Ilustración se apaga”. El escritor alemán respondió, con su proverbial agudeza de ingenio: “Pero no hay otra fuente de luz”. Es, también, la luz que se encendió para Droctulfo la que se apaga.

Fragmento de Arde París, contratapa que escribí para Fuera de sección, de la diaria. Se puede acceder al texto completo haciendo clic en la cita.