Vida y muerte en “Medida por medida”

En cuanto a las traducciones a la obra de William Shakespeare, en nuestro país el precursor es Antonio Pereira (1838-1906). Hijo del presidente Gabriel Pereira, entre 1891 y 1894 tradujo, en sus palabras como “un aficionado”, Romeo y Julieta, Hamlet, Julio César y El rey Lear. Luego de este temprano antecedente habría que esperar hasta los años 40 para que Eduardo Dieste (1881-1954), tío del ingeniero, tradujera veintiún sonetos del bardo inglés.

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Algo aún perfecto

Siempre pensé que, ya en Ítaca, Odiseo posiblemente volviera (en las noches insomnes, como Molly/Penélope muchos siglos después) a sus amantes de ayer, a Circe y a su isla. Así vuelvo siempre yo a Circe Maia, como a un lejano y misterioso amor. Su último libro Dualidades (Montevideo: Rebeca Linke Editoras, 2014) me hizo releer su obra completa, detenerme una vez más en su poesía y en su prosa cristalina. Y escribir una nota que salió en la diaria el 19 de enero de 2015.

Nota: El verso que da nombre a la nota es del poema La casa entre pinos. Las fotografías que la acompañan fueron tomadas por la fotógrafa Manuela Aldabe y forman parte de una serie realizada para el foto-reportaje La poeta del agua, cuya lectura recomiendo.


Fotografía de Manuela Aldabe

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Llueve

De distintos autores, de distintos estilos, de (no tan) distintos tiempos y lugares. Cinco aproximaciones a la lluvia.

Poema 31 de Idea Vilariño.

Llueve a cántaros
llueve
tantos años
que llueve
que en la habitación triste
sin luz
escucho
miro.

Lluvia de Raúl González Tuñón.

Entonces comprendimos que la lluvia también era hermosa.
De cualquier manera la lluvia es saludable y triste.
De cualquier manera sus tambores acunan nuestras noches y la lectura tranquila corre a su lado por los canales del sueño.
Tú venías hacia mí y los otros seres pasaban:
No habían despertado todavía al amor.
No sabían nada de nosotros.
De nuestro secreto.
Ignoraban la intimidad de nuestros abrazos voluptuosos, la ternura de nuestra fatiga.
Estamos solos bajo la lluvia, solos en nuestro compartido, en nuestro apretado destino, en nuestra posible muerte única, en nuestra posible resurrección.
Te quiero con toda la ternura de la lluvia.
Te quiero con toda la furia de la lluvia.
Te quiero con todos los violines de la lluvia.
Tú estás arriba, suntuosa y bíblica, pero tan humana, increíble, pero, tan real, numerosa, pero tan mía.
Yo te veo hasta en la sombra imprecisa del sueño.
Oh, visitante.
Ya es seguro que ningún desvío nos separará.
Iguales luces señaleras nos atraen hacia la compartida vida, hacia el destino único.
Ambos nos ayudaremos para subir la callejuela empinada.
Ni en nuestra carne ni en nuestro espíritu nunca pasaremos la línea del otoño.
Porque la intensidad de nuestro amor es tan grande, tan poderosa, que no nos daremos cuenta cuando todo haya muerto, cuando tú y yo seamos sombras, y todavía estemos pegados, juntos, subiendo siempre la callejuela sin fin de una pasión irremediable.
Oh, visitante.
Estoy lleno de tu vida y de tu muerte.
Estoy tocado de tu destino.
Al extremo de que nada te pertenece sino yo.
Al extremo de que nada me pertenece sino tú.
Sin embargo yo quería hablar de la lluvia, igual, pero distinta.

La lluvia es bella y triste y acaso nuestro amor sea bello y triste y acaso esa tristeza sea una manera sutil de la alegría. Oh, íntima, recóndita alegría.
Estoy tocado de tu destino.
Oh, lluvia. Oh, generosa.

Apuntes de lluvia de Circe Maia.

I
Salimos a mirar la creciente. Figuras invertidas
de casas y de árboles
en calles inundadas.

Volvimos casi noche y empezada otra vez
a lloviznar, despacio.
Atrás quedó el extraño
paisaje doble, imagen
de angustia quieta: débiles
paredes, niños descalzos, ranchos
ventanas negras.
Alrededor, el agua.

II
Si se va a desatar la lluvia ahora
mejor sería esperar, sentarse afuera
sentir llegar, antes que esté, el sonido
claro aliento, frescura.

Con su ruido parejo
baja la sombra.
De anochecer lloviendo sobre calles y casas
golpeando el vidrio y cal, sentir sus filos
cortando el aire quieto.

La lluvia de Jorge Luis Borges.

Bruscamente la tarde se ha aclarado
porque ya cae la lluvia minuciosa.
Cae o cayó. La lluvia es una cosa
que sin duda sucede en el pasado.

Quien la oye caer ha recobrado
el tiempo en que la suerte venturosa
le reveló una flor llamada rosa
y el curioso color del colorado.

Esta lluvia que ciega los cristales
alegrará en perdidos arrabales
las negras uvas de una parra en cierto

patio que ya no existe. La mojada
tarde me trae la voz, la voz deseada,
de mi padre que vuelve y que no ha muerto.

La palabra

Dos de las más grandes poetas que he leído reflexionan sobre la palabra en breves y contundentes poemas.

El medio transparente de Circe Maia.

Lo mejor sería no pensar demasiado
en ellas, las palabras. Ellas vienen
así o de otro modo y no es tan importante.

Vidrios, ventanas son y habría que limpiarlas
con cuidado, por eso. No pintarlas
–¿qué verías detrás?– y no adornarlas.

Por mirar el adorno en la ventana
no miraste hacia fuera.
El más breve vistazo
hubiera sido al menos suficiente
para mirar la luz del otro lado.

Sí, esa luz de afuera
sobre un rostro que pasa.

Poema número 1212 de Emily Dickinson.

A word is dead
when it is said,
some say.
I say it just
begins to live
that day.

[Traducción de Silvina Ocampo: Algunos dicen / la palabra muere / al ser dicha. / Yo digo que empieza / a vivir / ese día.]