Poetas líricos en lengua inglesa: Byron, Shelley, Keats y otros

Cuarta parte del prólogo de Silvina Ocampo a la antología Poetas líricos en lengua inglesa (Buenos Aires: Jackson, 1952 y Barcelona: Océano, 1999).


“…desechar los superficial y lo pequeño, desdeñar lo trivial, y seleccionar en la cantera los trozos que resistirás los más duros golpes del martillo y que retendrán todas las marcas del cincel”: con estas palabras Walter Savage Landor definió con exactitud un ideal que Byron ni remotamente se propuso.
En medio de la romántica y lujosa poesía de la época, los poemas de Landor son lisos y netos como un trozo de mármol. Una gran serenidad distinque los versos de este poeta, que en la vida tuvo un carácter sombrío y violento. El epigrama dedicado a sus últimos días demuestra en la primera línea, su orgullo:

I strove with none, for none was worth my strife:
Nature I loved, and, next to Nature, Art:
I warm’d both hands before the fire of Life;
It sinks; and I am ready to depart.

[Contra nadie luché; nadie fue digno de mi lucha.
Amé el arte después de la naturaleza:
Calenté junto al fuego de la vida mis manos;
El fuego ya se extingue y estoy pronto a partir.]

Landor dejó una serie de epigramas hermosísimos: There is a Mountain and a Wood Between Us, The Leaves are Falling, Ianthe’s Question y Rose Aylmer son mis predilectos.

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Poetas líricos en lengua inglesa: Blake, Wordsworth, Coleridge y otros

Tercera parte del prólogo de Silvina Ocampo a la antología Poetas líricos en lengua inglesa (Buenos Aires: Jackson, 1952 y Barcelona: Océano, 1999).


Parecería que los poetas se confabularan para reunirse con más ímpetu y felicidad en ciertas épocas de la historia. Un descolorido lapso se extiende, para la poesía inglesa, después de la desaparición de Shakespeare, Donne, Milton, Dryden y Pope, hasta la aparición de Blake, de Burns y de los poetas laquistas (Wordsworth, Coleridge, Southey), que inician una nueva y venturosa era. Durante ese lapso merece recordarse el nombre del célebre Samuel Johnson, que escribió poemas con más inteligencia que inspiración. Sus versos aislados pueden ser admirables, pero agrupados, en marcha monótona, en vez de estimular la lectura, pesan, entorpecen, desaniman y descorazonan la atención. Sus poemas más notables son London y The Vanity of Human Wishes. Mencionaré también las inspiradas imposturas de James Macpherson y de de Thomas Chartterton: los poemas de Ossian, vagos, retóricos, falsamente grandiosos, admirados por Goethe y por Napoleón, y los discutidos y asombrosos poemas de Thomas Rowley.

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Poetas líricos en lengua inglesa: Shakespeare, Donne, Milton, Pope y otros

Segunda parte del prólogo de Silvina Ocampo a la antología Poetas líricos en lengua inglesa (Buenos Aires: Jackson, 1952 y Barcelona: Océano, 1999).


Durante el siglo XVI, las mascaradas (Masques), representaciones con abundantes cantos y bailes, que se efectuaban en la corte y en las casas de los nobles, alcanzaron un éxito que fue un feliz presagio para el teatro elisabetano. Las mascaradas de Lyly y de Peele fueron muy aplaudidas, pero el mismo público exigía otros entretenimientos, otros espectáculos. Las universidades tuvieron pronto sus autores, sus actores aficionados. Una era brillante comienza para el teatro; su esplendor llenará de nostalgia el futuro.

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Poetas líricos en lengua inglesa: Chaucer, Spenser y otros

Primera parte del prólogo de Silvina Ocampo a la antología Poetas líricos en lengua inglesa (Buenos Aires: Jackson, 1952 y Barcelona: Océano, 1999).


Semejantes a las láminas de los libros donde los niños aprenden a leer, en la poesía primitiva las palabras representan los objetos con alegre y deslumbradora precisión. Una rosa es una rosa; no es la mejilla de una mujer amada, ni un jardín idéntico a su fragancia, ni un laberinto en miniatura donde se esconde la luz, ni el rocío de la noche sobre la blancura de una paloma dormida; el deleite que produce, todo lo que sugiere y recuerda, todo lo que en ella deja de ser rosa, no define mejor su forma, ni su existencia, que su nombre. En virtud de ella existirán todas las rosas de los futuros poemas; resplandecerá en el amor, en las batallas, en los ríos del poniente; adornará los mosaicos de un palacio o el pecho oscurecido de un leproso; hecha de barro, de papel o de fuego, servirá de emblema o de presagio: será la misma rosa.
Cuando retrocedemos hasta las fuentes de la poesía, internándonos por los inversos caminos del tiempo, nos sorprenden el color intenso de las palabras y la claridad de las imágenes. Al perder los adornos retóricos, los poemas se vuelven más plásticos. Después de pasar por Rossetti, Wordsworth, Donne, Milton y Shakesperare llega un momento en que la poesía inglesa deja de ser musical, como lo es todavía en la obra de Spenser, para ser ardientemente plástica, como en la de Chaucer.

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El poeta

Aquella tarde, en San Isidro, había una de las habituales reuniones de los domingos o de los sábado a la hora del té. La gente paseaba un poco por ese jardín que adoré demasiado. Unas no terminaban de hablar, otras de inspeccionar el jardín en busca de plantas cuyos nombres ignoraban, otras de juguetear al tenis, pues había una cancha colorada, bien cuidada, que invitaba a jugar. No siempre desdeñaba la invitación, pero aquel día, sí. Después del té, una ceremonia muy larga como largos eran los diálogos, me apartaba, ahora lo deploro, para escuchar los árboles, el río o una flor. Me acuerdo que era una tarde preciosa; ésta es la única fecha que puedo darle. En algún momento de aquella tarde, tan cercana y tan lejana, cuando me disponía a entrar en la casa, me sorprendió la visión de un largo bulto en el suelo, al pie de la escalera de entrada. ¿Sería una alfombra? No podría creer que hubiese quedado una alfombra enrollada en la escalera de entrada, en la casa de Victoria. Me acerqué. Oí un susurro. Con alarma vi que ese largo bulto, que ocupaba parte de la entrada, era el cuerpo acostado de Jules Supervielle, que pronunciaba palabras inteligibles, como un zumbido de abejas, en una colmena escondida. Me acerqué en puntas de pie porque soy tímida, me tiré al suelo a su lado, asustada pero admirativamente. Permanecer de pie me parecía poco respetuoso, porque era mirar desde arriba a un poeta, que era tan alto. No tuve tiempo de preguntarle, también en un susurro, “¿Qué le pasa?”. Me contestó en francés: “Estoy rezando”. En el susurro de su voz no reconocí ninguna oración francesa de las que poblaron mi infancia. Agucé mi oído y reconocí sus versos… “Cuando estoy enfermo”, explicó, “digo mis versos, como oraciones que atesora mi memoria. Pero ya pasó. Dieu doit être un poète quand même; si je ne l’écoute pas il me écoute*”. Esta frase, ¿la pensé o yo realmente la dijo? ¿La dijo o me la transmitió sin decirla? Me atreví a preguntarle: “¿Quiere un poco de agua?”. Con su mano alada hizo un ademán de director de orquesta, imponiendo un compás de espera. Susurró: “Mejor no interrumpir… ya estoy bien. Me sucede a veces”.

Éste es un verdadero poeta, pensé. Nada lo aleja de la poesía. Se aleja por momentos del mundo, pero nunca de la poesía.

***

Jules Supervielle sufría del corazón. Una vez lo vi tendido en el suelo, pálido, murmurando unas palabras como si rezara. Después me dijo cuando se sentía mal recitaba versos hasta que el malestar se disipaba. “En robe de délire”**, vestido de delirio, es uno de los versos que cuadraría para describirlo en ese estado.

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