Poetas líricos en lengua inglesa: Chaucer, Spenser y otros

Primera parte del estudio previo a la antología Poetas líricos en lengua inglesa (Buenos Aires: Jackson, 1952 y Barcelona: Océano, 1999), a cargo de Silvina Ocampo.


Semejantes a las láminas de los libros donde los niños aprenden a leer, en la poesía primitiva las palabras representan los objetos con alegre y deslumbradora precisión. Una rosa es una rosa; no es la mejilla de una mujer amada, ni un jardín idéntico a su fragancia, ni un laberinto en miniatura donde se esconde la luz, ni el rocío de la noche sobre la blancura de una paloma dormida; el deleite que produce, todo lo que sugiere y recuerda, todo lo que en ella deja de ser rosa, no define mejor su forma, ni su existencia, que su nombre. En virtud de ella existirán todas las rosas de los futuros poemas; resplandecerá en el amor, en las batallas, en los ríos del poniente; adornará los mosaicos de un palacio o el pecho oscurecido de un leproso; hecha de barro, de papel o de fuego, servirá de emblema o de presagio: será la misma rosa.

Cuando retrocedemos hasta las fuentes de la poesía, internándonos por los inversos caminos del tiempo, nos sorprenden el color intenso de las palabras y la claridad de las imágenes. Al perder los adornos retóricos, los poemas se vuelven más plásticos. Después de pasar por Rossetti, Wordsworth, Donne, Milton y Shakesperare llega un momento en que la poesía inglesa deja de ser musical, como lo es todavía en la obra de Spenser, para ser ardientemente plástica, como en la de Chaucer.

Seguir leyendo “Poetas líricos en lengua inglesa: Chaucer, Spenser y otros”

El poeta

Aquella tarde, en San Isidro, había una de las habituales reuniones de los domingos o de los sábado a la hora del té. La gente paseaba un poco por ese jardín que adoré demasiado. Unas no terminaban de hablar, otras de inspeccionar el jardín en busca de plantas cuyos nombres ignoraban, otras de juguetear al tenis, pues había una cancha colorada, bien cuidada, que invitaba a jugar. No siempre desdeñaba la invitación, pero aquel día, sí. Después del té, una ceremonia muy larga como largos eran los diálogos, me apartaba, ahora lo deploro, para escuchar los árboles, el río o una flor. Me acuerdo que era una tarde preciosa; ésta es la única fecha que puedo darle. En algún momento de aquella tarde, tan cercana y tan lejana, cuando me disponía a entrar en la casa, me sorprendió la visión de un largo bulto en el suelo, al pie de la escalera de entrada. ¿Sería una alfombra? No podría creer que hubiese quedado una alfombra enrollada en la escalera de entrada, en la casa de Victoria. Me acerqué. Oí un susurro. Con alarma vi que ese largo bulto, que ocupaba parte de la entrada, era el cuerpo acostado de Jules Supervielle, que pronunciaba palabras inteligibles, como un zumbido de abejas, en una colmena escondida. Me acerqué en puntas de pie porque soy tímida, me tiré al suelo a su lado, asustada pero admirativamente. Permanecer de pie me parecía poco respetuoso, porque era mirar desde arriba a un poeta, que era tan alto. No tuve tiempo de preguntarle, también en un susurro, “¿Qué le pasa?”. Me contestó en francés: “Estoy rezando”. En el susurro de su voz no reconocí ninguna oración francesa de las que poblaron mi infancia. Agucé mi oído y reconocí sus versos… “Cuando estoy enfermo”, explicó, “digo mis versos, como oraciones que atesora mi memoria. Pero ya pasó. Dieu doit être un poète quand même; si je ne l’écoute pas il me écoute*”. Esta frase, ¿la pensé o yo realmente la dijo? ¿La dijo o me la transmitió sin decirla? Me atreví a preguntarle: “¿Quiere un poco de agua?”. Con su mano alada hizo un ademán de director de orquesta, imponiendo un compás de espera. Susurró: “Mejor no interrumpir…ya estoy bien. Me sucede a veces”.

Éste es un verdadero poeta, pensé. Nada lo aleja de la poesía. Se aleja por momentos del mundo, pero nunca de la poesía.

***

Jules Supervielle sufría del corazón. Una vez lo vi tendido en el suelo, pálido, murmurando unas palabras como si rezara. Después me dijo cuando se sentía mal recitaba versos hasta que el malestar se disipaba. “En robe de délire”**, vestido de delirio, es uno de los versos que cuadraría para describirlo en ese estado.

Seguir leyendo “El poeta”

Nocturno VI

Se lee en Enten – Eller, de Søren Kierkegaard “Mit Liv er som en evig Nat; naar jeg engang døer, da kan jeg sige med Achilles: Du bist vollbracht, Nachtwache meines Daseyns.” [Traducción de Howard y Edna Hong: My life is like an eternal night; when I die, I shall be able to say with Achilles: Du bist vollbracht, Nachtwache meines Daseyns. (You are fulfilled, nightwatch of my life)].  [Parte uno aquí]

Fragmento de Ejércitos de la oscuridad de Silvina Ocampo. 

Desde la infancia veo en la oscuridad total de un cuarto, cuando estoy por dormirme, una suerte de raudo ejército azul y colorado que avanza en dirección a mí hasta que se pierde y vuelvo a recuperarlo en otro ángulo de la oscuridad, donde aparece para hacer la misma trayectoria. Me dirán que ese ejército podría ser un campo sembrado de jacintos, los hay rojos y los hay azules. Podría ser también el tablero de un juego con fichas vistosas, pero nunca se me ocurrió que pudiera ser otra cosa que un ejército de soldaditos vestidos de azul y de colorado que avanzan unidos como un solo soldado. Ese ejército fue fue siempre para mí el ejército de la noche. No sólo en la noche hay oscuridad, ya lo sé, pero de todos modos en el sitio en que lo vi con más frecuencia fue en la noche, que para mí es un sitio, el más importante del mundo. En el momento en que aparece el ejército de la noche pienso, recuerdo, elucubro ideas e imágenes que no reconozco durante el día. Y ese ejército de pequeñísimas ideas, de recuerdo, de imágenes de mi mente pugna por vivir y trata de matarme porque sus divisiones son a veces mansas como corderos o dulces como la miel, pero otras veces silban o gritan o manejan cuchillos y venenos, se agazapan en los infinitos laberintos inexplorados donde las pierdo de vista para volverlas a encontrar en el sitio donde las espero de nuevo: la oscuridad.

Aldebarán, a la medianoche de Patricia Damiano.

Alguien escribió por error la sentencia:
la noche acantilada
la música
lo que no nace

Si regreso
he de vestir el luto de la montaña
tu forma del amor y de la muerte
una resistencia que te abarca
y no abarca
y es la verde montaña
que visto de luto, que vestiré de luto verde
cuando regrese a la noche acantilada
a la música
a lo que claudica.

Y si no regreso al sol tuya será la torre,
otra sentencia:
una suite para cello que azula este costado
esa mano en la montaña verde del luto

lacrimosa
cuando la tarde no claudica

Lo que no nace, si cuello sin norte, tras el luto
te sabe

Nocturno de la sección Vigilias de Libertad bajo palabra de Octavio Paz.

Sombra, trémula sombra de las voces.
Arrastra el río negro mármoles ahogados.
¿Cómo decir del aire asesinado,
de los vocablos huérfanos,
cómo decir del sueño?

Sombra, trémula sombra de las voces.
Negra escala de lirios llameantes.
¿Cómo decir los nombres, las estrellas,
los albos pájaros de los pianos nocturnos
y el obelisco del silencio?

Sombra, trémula sombra de las voces.
Estatuas derribadas en la luna.
¿Cómo decir, camelia,
la menos flor entre las flores,
cómo decir tus blancas geometrías?

¿Cómo decir, oh Sueño, tu silencio en voces?

La palabra

Dos de las más grandes poetas que he leído reflexionan sobre la palabra en breves y contundentes poemas.

El medio transparente de Circe Maia.

Lo mejor sería no pensar demasiado
en ellas, las palabras. Ellas vienen
así o de otro modo y no es tan importante.

Vidrios, ventanas son y habría que limpiarlas
con cuidado, por eso. No pintarlas
–¿qué verías detrás?– y no adornarlas.

Por mirar el adorno en la ventana
no miraste hacia fuera.
El más breve vistazo
hubiera sido al menos suficiente
para mirar la luz del otro lado.

Sí, esa luz de afuera
sobre un rostro que pasa.

Poema número 1212 de Emily Dickinson.

A word is dead
when it is said,
some say.
I say it just
begins to live
that day.

[Traducción de Silvina Ocampo: Algunos dicen / la palabra muere / al ser dicha. / Yo digo que empieza / a vivir / ese día.]