Nocturno I

Los nocturnos tienen una extensa tradición. De filiación doble, marcial y religiosa (le rouge et le noir), Nocturna denominaba los turnos  de la noche en el ejército durante el Imperio Romano y a los oficios nocturnos de la liturgia católica. En el onceno volumen de la Catholic Encyclopedia, Fernand Cabrol sostiene que en un primer momento el término fue sinónimo de vigilia. En el siglo XVIII se comenzó a aplicar a ciertas obras musicales pensadas para ser interpretadas por la noche, o bien entrada la tarde (es el caso del Notturno de Mozart). Es en el siglo XIX cuando se toma el noche y sus impresiones en el compositor como tema, casi pretexto, de la obra y se lo pasa a llamar nocturno (v.g. Chopin). Así, el nocturno evoca el momento oscuro y contrario del día, la intimidad, la sensualidad, el peligro de la noche. En literatura se dio la noche para la reflexión, para la melancolía y el cuestionamiento metafísico, bajo, al menos en castellano, la influencia (o su negación) de La noche oscura de San Juan de la Cruz. Lo que en San Juan es símbolo de seguridad, sosiego, guía y amor espiritual se transformará con los siglos en duda, nostálgica evocación, sexo y deseo de muerte. [Parte dos aquí]

Fragmento del Nocturno Nº5 de Juan Parra del Riego.

En qué aguas vivas y anchas, en qué profunda fuente
de mi pecho, alma mía, te bañas temblorosa
que de mi ser oscuro y amargo, de repente,
sales como la luna: blanca y maravillosa.

Y en la noche estrujada de una angustia infinita
curvas el hierro huraño de mi vida violenta,
de mi vida de hombre que combate y se agita
con el pendón sonámbulo de una luz de tormenta.

Alma mía, que te alzas dulce y aplacadora
sobre el fogoso espanto de mi insomnio sutil,
paloma turbulenta, dolorida y sonora
que amanece empapada de un rocío febril.

Somos el trigo huérfano que muele en su molino
frenético el destino con un salvaje ardor
¡Molinero sonámbulo! ¡Molinero asesino!
La harina va cayendo: dolor, dolor, dolor…

Alma mía nocturna, alma mía anhelante,
¡cuánto amor! ¡cuánta muerte! ¡cuánta sed! ¡cuánto grito!
en este enloquecido corazón trashumante
lleno de un solitario sufrimiento infinito.

Fragmento del Nocturno de El Rosario de Eros de Delmira Agustini.

Fuera, la noche en veste de tragedia solloza
Como una enorme viuda pegada a mis cristales.

Mi cuarto:…
Por un bello milagro de la luz y del fuego
Mi cuarto es una gruta de oro y gemas raras:
Tiene un musgo tan suave, tan hondo de tapices,
Y es tan vívida y cálida, tan dulce que me creo
Dentro de un corazón…

Mi lecho que está en blanco es blanco y vaporoso
Como flor de inocencia,
Como espuma de vicio!
Esta noche hace insomnio;
Hay noches negras, negras, que llevan en la frente
Una rosa de sol…
En estas noches negras y claras no se duerme.

Fragmento de Una noche, tercero de los Nocturnos de José Asunción Silva.

Esta noche
Solo, el alma
Llena de las infinitas amarguras y agonías de tu muerte,
Separado de ti misma, por la sombra, por el tiempo y la
distancia,
Por el infinito negro,
Donde nuestra voz no alcanza,
Solo y mudo
Por la senda caminaba,
Y se oían los ladridos de los perros a la luna,
A la luna pálida
Y el chillido
De las ranas,
Sentí frío, era el frío que tenían en la alcoba
Tus mejillas y tus sienes y tus manos adoradas,
Entre las blancuras níveas
De las mortuorias sábanas!
Era el frío del sepulcro, era el frío de la muerte,
Era el frío de la nada ….
Y mi sombra
Por los rayos de la luna proyectada,
Iba sola,
Iba sola,
¡Iba sola por la estepa solitaria!

El Cap Polonio en Montevideo de noche, con el edificio de la Armada en construcción detrás.
El Cap Polonio en Montevideo de noche, con el edificio de la Armada en construcción detrás.

Estamos en el siglo en el que da más pena morirse: en el de Lenin, Einstein y el cohete luminoso de Godart. Siglo de esperanza, en que todo se hace posible: la invasión de las estrellas con las alas mecánicas de Fitzsimon, la longevidad incalculable con la glándula intersticial de Voronoff, la demolición de todas las cáscaras crueles y podridas, matadoras del hombre, de la poesía de la tierra, con las figuras geométricas de la propiedad, con la conquista definitiva del espacio; y la alimentación sintética y por vía química. Loas, hermano, por los rayos X, por la motocicleta aérea de Gourur, por el telescopio ultrapotente Reading. Loas por el Cap Polonio, un transatlántico que parece un rascacielos del mar. Lo fui a ver desde la escollera. ¿Te acuerdas, aquella escollera de nuestra embriaguez astronómica con Sabat? Y pasó bajo la noche estrellada del puerto maravillosamente encendido y poderoso. Conseguí después visitar las máquinas. Tú hubieras tenido que ver esa especie de catedral y bosque de acero y de llamas. Yo vi ahí el alma de toda la vida moderna. Vi al hombre. Vi su nuevo orgullo y su nueva firmeza. Mi sentido de poeta maquinista volvió a afirmarse ahí. No puede ser asimétrica y blanda la nueva poesía (la máquina es sólo ritmo y equilibrio), tiene que ser deslumbrantemente nerviosa y afirmativa, tensa, de un expresionismo más agudo, más vital. Porque lo que ha cambiado no es la vida ni la naturaleza que siempre son el mismo espíritu que está ahí. Lo nuevo es llegar a una expresión más ardiente y desnuda de nuestros sueños y las cosas. Sólo hoy he comprendido a los clásicos. Son extraordinarios. El estilo que produjeron, que es lo que aún le falta de un modo más definitivo al arte moderno, obedeció a una profunda actitud vital frente a la naturaleza. Los otros después, los pseudoclásicos, no imitaron esa actitud vital sino de las formas, los patrones, los motivos que, desaparecido el color local de esas épocas, desapareció con ellas. Y he ahí por qué de lo clásico, que fue lo vital, nos hicieron una cosa repugnante y muerta, inmundamente falsa, empeñada en repetir motivos que no tenían ningún contacto humano con la realidad nueva de nuestra vida. Nada de espíritu, sólo formas.

Fragmento de una carta de Juan Parra del Riego a su hermano Bernardo.