Cuentos de barrio y de muerte

Reseña de Urquiza de Carolina Bello (Montevideo: Fin de Siglo, 2016) y de la quinta entrega de los Cuadernos de ficción, Negro (Montevideo: Estuario, 2016), que fue publicada en la diaria el 15 de diciembre de 2016.


Son pocos los libros de ficción que incluyen mapas. Por lo general, se trata de libros pensados para niños (como en la saga protagonizada por Winnie-The-Pooh, de A. A. Milne), o de fantasía (como la serie Canción de fuego y hielo, de George R. R. Martin), o ambas cosas (como El hobbit, de J. R. R. Tolkien). A veces las novelas históricas vienen también acompañadas por un plano que delimita los espacios nombrados (sobre todo cuando refieren a épocas muy pretéritas, en las que la toponimia era distinta de la actual), y también novelas como Los anillos de Saturno, de W. G. Sebald, se sirven de material cartográfico y otros tipos de imágenes para profundizar el espacio de la ficción (y a la vez problematizar la condición de artificio). Más escasos son los libros con mapas en la literatura uruguaya, y uno de los ejemplos recientes más atendibles es Urquiza, de Carolina Bello, el ganador más reciente del premio Gutenberg que otorga la editorial Fin de Siglo en conjunto con la Unión Europea.

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Mi primer Borges

En la biblioteca de mis abuelos, una biblioteca pequeña y un poco desvencijada, llena de novelas de aventuras y policiales, de ediciones del Quijote, de pequeños libritos que venían con el diario y de ensayos sobre política y crónicas (siempre me llamó la atención por su título el clásico de Manini Ríos, Anoche me llamó Batlle), había un volumen chiquito, de tapa rojiza, que tenía un nombre raro y un autor al que yo había oído nombrar muchas veces en todos lados.  El libro era El Aleph. El autor, Jorge Luis Borges.

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“Adventure time”

Reseña a la tercer entrega de Cuadernos de ficción, de nombre Aventurero (Montevideo: Estuario, 2014) que apareció en la diaria el 16 de enero de 2015.


Extraterrestres, piratas, cazadores de diamantes, científicos poco escrupulosos, astronautas, bandidos. Han protagonizado centenas de cuentos, novelas y películas de aventura y todos están en este libro. Aventurero es el tercero de los Cuadernos de Ficción, colección que la editorial Estuario comenzó en 2012 con Sobrenatural, bajo la idea y dirección de Rodolfo Santullo y que tiene como premisa presentar una colección de narraciones en torno a un mismo eje temático (el segundo número de la colección fue Fóbal, de 2013). En este caso, como en los anteriores, se suman, a los once cuentos de once autores diferentes, once ilustraciones de once artistas. La lista es variopinta: va desde el propio Santullo (nacido en México) a la española Carmen Moreno, de ilustradores uruguayos como el multifacético Sebastián Santana, la increíble Maco o el talentoso Matías Soto López al historietista argentino Max Aguirre, de los cuentistas uruguayos Sebastián Pedrozo y Pablo Leguísamo al ilustrador argentino Jorge Vildoza. Aunque las ilustraciones son siempre adecuadas y a veces de gran belleza, los temas narrados variados y los resultados en general aceptables; como obra de conjunto, el libro es desparejo. Hay cuentos que se acercan a la perfección junto a otros con fallas elementales de estilo y descuidos inadmisibles en el argumento (en un caso extremo un personaje que muere reaparece después en la historia sin explicación).

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El fin sin fin

Reseña de Ficción para un imperio, de Ramiro Sanchiz (Buenos Aires: Milena Caserola, 2014) que salió el 29 de diciembre de 2014 en la diaria.


Sanchiz es un buen caníbal. Como explicara Oswald de Andrade en su magnífico manifiesto de 1928, la antropofagia (en su sentido cultural) consiste en “alimentarse” de los bienes de la metrópolis (Europa, Estados Unidos) y sintetizarlos desde nuestra cultura (latinoamericana, marginal). No replicar, sino transformar. Sanchiz selecciona su comida cuidadosamente, pero sin distinción de si esta pertenece a la “alta” o “baja” cultura. Esa distinción no es un tema para él, que utiliza (y cita) fuentes tan diversas como los juegos de video, el escocés Alasdair Grey, historietas, películas de ciencia ficción, Levrero, Ballard, Lovecraft, jueguetes viejos, glam rock, Dylan, Proust. Sanchiz tiene, más allá de su saludable antropofagia, una costumbre autófaga que dificulta la lectura de algunas de sus novelas o libros de cuentos, que se basan en versiones de otros, que reinventan temas viejos, que tratan desde otro punto argumentos de otras novelas y cuyo grado de dependencia es muy grande. Otro costado (tal vez más saludable) de autofagia es la aparición constante de personajes, de “autores” (Emilio Scarone), de mundos que se expanden texto a texto. Haciendo caso omiso a todo esto, intenté leer  Ficción para un imperio por fuera  del “proyecto Stahl” (nombre que le ha dado Sanchiz a su plan autoral en honor a su invariable protagonista, Federico Stahl), en el que aparece como último punto en una línea que comienza en Alguno de los otros, de 2010.

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