El fin sin fin

Reseña de Ficción para un imperio, de Ramiro Sanchiz (Buenos Aires: Milena Caserola, 2014) que salió el 29 de diciembre de 2014 en la diaria.


Sanchiz es un buen caníbal. Como explicara Oswald de Andrade en su magnífico manifiesto de 1928, la antropofagia (en su sentido cultural) consiste en “alimentarse” de los bienes de la metrópolis (Europa, Estados Unidos) y sintetizarlos desde nuestra cultura (latinoamericana, marginal). No replicar, sino transformar. Sanchiz selecciona su comida cuidadosamente, pero sin distinción de si esta pertenece a la “alta” o “baja” cultura. Esa distinción no es un tema para él, que utiliza (y cita) fuentes tan diversas como los juegos de video, el escocés Alasdair Grey, historietas, películas de ciencia ficción, Levrero, Ballard, Lovecraft, jueguetes viejos, glam rock, Dylan, Proust. Sanchiz tiene, más allá de su saludable antropofagia, una costumbre autófaga que dificulta la lectura de algunas de sus novelas o libros de cuentos, que se basan en versiones de otros, que reinventan temas viejos, que tratan desde otro punto argumentos de otras novelas y cuyo grado de dependencia es muy grande. Otro costado (tal vez más saludable) de autofagia es la aparición constante de personajes, de “autores” (Emilio Scarone), de mundos que se expanden texto a texto. Haciendo caso omiso a todo esto, intenté leer  Ficción para un imperio por fuera  del “proyecto Stahl” (nombre que le ha dado Sanchiz a su plan autoral en honor a su invariable protagonista, Federico Stahl), en el que aparece como último punto en una línea que comienza en Alguno de los otros, de 2010.

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