Piedra blanca sobre piedra negra: sobre el incendio de Notre Dame

La tarde del lunes 15 de abril de 2018 comenzó un incendio que se llevaría una de las torres y el techo de la catedral de Notre Dame de Paris. Al otro día fui a ver lo que quedó y escribí esta crónica, que salió ese jueves en la diaria.

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El interior de Notre Dame después del incendio, por Christophe Petit Tesson

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Gauchos: sobre algunos fragmentos de Hudson, Darwin y Supervielle

Es famoso el capítulo de The Purple Land, de W. H. Hudson, en el que Richard Lamb participa de una ronda de historias a la luz del fogón con un grupo de gauchos que cuentan encuentros con el diablo y apariciones, pero se enojan cuando él les habla del Palacio de Cristal, que uno que se llama Lechuza califica de cuento, contra sus “experiencias reales”.

A los ojos de los visitantes, muchas veces los gauchos parecen decir cosas disparatas, dignas de un personaje de Alice in Wonderland, pero con absoluta seriedad. Otro caso se encuentra en A Naturalist’s Voyage Round the World, el diario de Charles Darwin. En efecto, el 26 de noviembre de 1833, el científico inglés anota:

En Mercedes le pregunté a dos hombres por qué no trabajaban. Uno me dijo muy seriamente que los días eran demasiado largos; el otro que era demasiado pobre.

En las memorias de Jules Supervielle hay algunos diálogos dignos de esta improvisada antología, como los protagonizados por Hipólito Hernández, un hombre que dejó el campo por primera vez para visitar a su hermana María, que vivía en un pueblo vecino. Cuenta Supervielle:

Es la hora de almorzar. Después del puchero, se le ofrecen aceitunas a Hernández, que desconfía de todos los alimentos que no son carne. Quiere comer una aceituna de su tenedor, pero no puede. Su hermana lo hace en el primer intento.
—No me sorprende, dice Hipólito: la aceituna estaba cansada.
—¿Querés queso?
—No, el queso es traicionero.
—¿Leche?
—Sí, la leche es un instrumento que usamos en mi casa.
—¿Y una naranja?
—No, la naranja es muy fría.
Después de almorzar la hermana le pregunta:
—¿Jugás al dominó?
—No, es un juego difícil, dice el gaucho con seriedad. Debería conocer la gramática.
Al crepúsculo se despide de su hermana para volver a la estancia.
—No le tenés miedo a los fantasmas, le pregunta la mujer.
—No, estoy acompañado (quiere decir que lleva un talismán consigo).

Un poco más adelante, sigue Supervielle, esta vez hablando de otro hombre que está en su lecho de muerte:

El cura, después de la extremaunción, le pregunta qué le puede ofrecer.
—Un churrasco, dice el agonizante con los ojos ya vidriosos.
Y he aquí que come y resucita.

Los restos del naufragio

Hay un vacío, en la playa, que se fue llenando de los desperdicios del barco que vemos hundirse a lo lejos, manchas negras, humos, su inmensidad como un dinosaurio volcado. Y las botellas, los candelabros, las enciclopedias que se amontonan en la arena, con palos, caracoles, viejas sombrillas olvidadas. Un lenguaje que va muriendo pero respira ahora en restos, en fragmentos dispersos de letra, en balbuceos de los ahogados y todavía dice cosas.

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Fotografía de Andrés Seoane

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El poeta

Aquella tarde, en San Isidro, había una de las habituales reuniones de los domingos o de los sábado a la hora del té. La gente paseaba un poco por ese jardín que adoré demasiado. Unas no terminaban de hablar, otras de inspeccionar el jardín en busca de plantas cuyos nombres ignoraban, otras de juguetear al tenis, pues había una cancha colorada, bien cuidada, que invitaba a jugar. No siempre desdeñaba la invitación, pero aquel día, sí. Después del té, una ceremonia muy larga como largos eran los diálogos, me apartaba, ahora lo deploro, para escuchar los árboles, el río o una flor. Me acuerdo que era una tarde preciosa; ésta es la única fecha que puedo darle. En algún momento de aquella tarde, tan cercana y tan lejana, cuando me disponía a entrar en la casa, me sorprendió la visión de un largo bulto en el suelo, al pie de la escalera de entrada. ¿Sería una alfombra? No podría creer que hubiese quedado una alfombra enrollada en la escalera de entrada, en la casa de Victoria. Me acerqué. Oí un susurro. Con alarma vi que ese largo bulto, que ocupaba parte de la entrada, era el cuerpo acostado de Jules Supervielle, que pronunciaba palabras inteligibles, como un zumbido de abejas, en una colmena escondida. Me acerqué en puntas de pie porque soy tímida, me tiré al suelo a su lado, asustada pero admirativamente. Permanecer de pie me parecía poco respetuoso, porque era mirar desde arriba a un poeta, que era tan alto. No tuve tiempo de preguntarle, también en un susurro, “¿Qué le pasa?”. Me contestó en francés: “Estoy rezando”. En el susurro de su voz no reconocí ninguna oración francesa de las que poblaron mi infancia. Agucé mi oído y reconocí sus versos… “Cuando estoy enfermo”, explicó, “digo mis versos, como oraciones que atesora mi memoria. Pero ya pasó. Dieu doit être un poète quand même; si je ne l’écoute pas il me écoute*”. Esta frase, ¿la pensé o yo realmente la dijo? ¿La dijo o me la transmitió sin decirla? Me atreví a preguntarle: “¿Quiere un poco de agua?”. Con su mano alada hizo un ademán de director de orquesta, imponiendo un compás de espera. Susurró: “Mejor no interrumpir… ya estoy bien. Me sucede a veces”.

Éste es un verdadero poeta, pensé. Nada lo aleja de la poesía. Se aleja por momentos del mundo, pero nunca de la poesía.

***

Jules Supervielle sufría del corazón. Una vez lo vi tendido en el suelo, pálido, murmurando unas palabras como si rezara. Después me dijo cuando se sentía mal recitaba versos hasta que el malestar se disipaba. “En robe de délire”**, vestido de delirio, es uno de los versos que cuadraría para describirlo en ese estado.

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