Shakespeare oriental: sobre los traductores uruguayos de William Shakespeare

En la semana santa del año pasado comencé a contactarme por mail con Roberto Appratto, Roberto Echavarren, Amir Hamed y Circe Maia, los traductores uruguayos de Shakespeare, pensando en un artículo sobre el bardo, que fue publicado luego en el número 41 de la revista Lento, junto a una entrevista al argentino Marcelo Cohen.

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Ilustración de Leandro Bustamante

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Poema: Idea y ritmo: sobre “La masa sonora del poema”, de Idea Vilariño

Reseña de La masa sonora del poema de Idea Vilariño (Montevideo: Biblioteca Nacional, Montevideo, 2016), que salió en la diaria el 16 de marzo de 2017.


Es tentador pensar en Idea Vilariño ensimismada en la noche, escribiendo alguno de sus más estremecedores versos de amor. No obstante, la imagen es tan tentadora como poco verosímil. Su concentrada poesía, sus versos concisos (casi siempre endecasílabos o heptasílabos completos o demediados) y su lenguaje deliberadamente coloquial han tenido la mala fortuna de parecer fácilmente replicables, y han dado por eso una prole cuantiosa de imitadores lacrimógenos. Pero su poesía (la amorosa, la política, la existencial) no podría, a pesar de esos seguidores que son sus involuntarios detractores, ser más calculada, más precisa, más medida.

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Vida y muerte en “Medida por medida”

En cuanto a las traducciones de la obra de William Shakespeare, en nuestro país el precursor es Antonio Pereira (1838-1906). Hijo del presidente Gabriel Pereira, entre 1891 y 1894 tradujo, en sus palabras como “un aficionado”, Romeo y Julieta, Hamlet, Julio César y El rey Lear. Luego de este temprano antecedente habría que esperar hasta los años cuarenta para que Eduardo Dieste (1881-1954), tío del ingeniero, tradujera veintiún sonetos del bardo inglés.

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Perfume del tiempo taura que pasó: sobre “El tango”, de Jorge Luis Borges

Reseña a El tango de Jorge Luis Borges (Buenos Aires: Sudamericana, 2016), que salió en la diaria el 15 de julio de 2016. El título de la nota corresponde a un verso de “Agua florida“, un hermoso tango de Fernán Silva Valdés. Acompaña la entrada un dibujo de Borges de dos bailarines, rodeados por una copla de su autoría.


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Nocturno III

Dice Aldo Mazzucchelli de las nocteritmias de Julio Herrera y Reissig palabras que bien se podrían decir de otros nocturnos: “Los ritmos de la noche. La zona oscura, bituminosa de la poesía de Herrera y Reissig” donde predomina “una imaginería exploradora de territorios limítrofes entre la angustia metafísica y la conflagración erótica.” Herrera llega al paroxismo de lo pesadillesco y lo blasfemo en Officium tenebrarum de su Desolación Absurda:  “En el coro de la Noche / cárdena del otro mundo, / retumban su De Profundo / los monjes de media noche… / Desde el púlpito un fantoche / cruje un responso malsano, / y se adelanta un Hermano, / y en cavernosas secuencias / le rinde tres reverencias / con la cabeza en la mano.”, que de algún modo está prefigurado en La nochede Los éxtasis de la montaña. Hondo subjetivismo, introspección y soledad, son también adjetivos que de algún modo definen la poesía nocturnal. [Parte cuatro aquí]

Nocturno,  de El canto errante de Rubén Darío.

Silencio de la noche, doloroso silencio
nocturno… ¿Por qué el alma tiembla de tal manera?
Oigo el zumbido de mi sangre,
dentro de mi cráneo pasa una suave tormenta.
¡Insomnio! No poder dormir, y, sin embargo,
soñar. Ser la auto-pieza
de disección espiritual, ¡el auto-Hamlet!
Diluir mi tristeza
en un vino de noche
en el maravilloso cristal de las tinieblas…
Y me digo: ¿a qué hora vendrá el alba?
Se ha cerrado una puerta…
Ha pasado un transeúnte…
Ha dado el reloj trece horas… ¡Si será Ella!…

Noche de Alejandra Pizarnik.

Quoi, toujours? Entre moi sans cesse et
Le bonheur!
G. de Nerval

Tal vez esta noche no es noche,
debe ser un sol horrendo, o
lo otro, o cualquier cosa.
¡Qué sé yo! Faltan palabras,
falta candor, falta poesía
cuando la sangre llora y llora!

¡Pudiera ser tan feliz esta noche!
Si sólo me fuera dado palpar
las sombras, oír pasos,
decir “buenas noches” a cualquiera
que pasease a su perro,
miraría la luna, dijera su
extraña lactescencia tropezaría
con piedras al azar, como se hace.

Pero hay algo que rompe la piel,
una ciega furia
que corre por mis venas.
¡Quiero salir! Cancerbero del alma.
¡Deja, déjame traspasar tu sonrisa!
¡Pudiera ser tan feliz esta noche!

Aún quedan ensueños rezagados.
¡Y tantos libros! ¡Y tantas luces
¡Y mis pocos años! ¿Por qué no?
La muerte está lejana. No me mira.
¡Tanta vida, Señor!
¿Para qué tanta vida?

Si muriera esta noche, uno de los Nocturnos de Idea Vilariño.

Si muriera esta noche
si pudiera morir
si me muriera
si este coito feroz
interminable
peleado y sin clemencia
abrazo sin piedad
beso sin tregua
alcanzara su colmo y se aflojara
si ahora mismo
si ahora
entornando los ojos me muriera
sintiera que ya está
que ya el afán cesó
y la luz ya no fuera un haz de espadas
y el aire ya no fuera un haz de espadas
y el dolor de los otros y el amor y vivir
y todo ya no fuera un haz de espadas
y acabara conmigo
para mí
para siempre
y que ya no doliera
y que ya no doliera.

Utopía

It is often said that an ideal state—a Utopia where there is no folly, crime, or sorrow—has a singular fascination for the mind. Now, when I meet with a falsehood, I care not who the great persons who proclaim it may be, I do not try to like it or believe it or mimic the fashionable prattle of the world about it. I hate all dreams of perpetual peace, all wonderful cities of the sun, where people consume their joyful, monotonous years in mystic contemplations, or find their delight, like Buddhist monks, in gazing on the ashes of dead generations of devotees. The state is one unnatural, unspeakably repugnant: the dreamless sleep of the grave is more tolerable to the active, healthy mind than such an existence.

Fragmento del capítulo XVIII de The Purple Land de William Henry Hudson.

[Traducción de Idea Vilariño: Se ha dicho a menudo que un estado ideal -una utopía donde no haya locuras ni crímenes ni sufrimientos- tiene una singular fascinación para el espíritu. Ahora bien, cuando me encuentro con una falsedad, no me preocupa quiénes son los importantes personajes que puedan proclamarla, no trato de que me guste, o de creerla, o de imitar las charlas mundanas de moda acerca de la misma. Aborrezco todos los sueños de paz perpetua, todas las maravillosas ciudades del sol donde la gente consume sus monótonos años sin alegría en místicas contemplaciones, o encuentra su deleite como monjes budistas que miran las cenizas de muertas generaciones de devotos. Ese estado es antinatural e indeciblemente repugnante: el dormir sin sueños de la tumba es más tolerable para la mente activa y saludable que una tal existencia.]