La cabeza de Orfeo

Fragmento del cuarto libro de las Geórgicas de Virgilio, donde Proteo, consultado por Aristeo, cuenta el triste final de la profética historia de Orfeo y Eurídice.

Septem illum totos perhibent ex ordine menses
rupe sub aëria deserti ad Strymonis undam
flesse sibi et gelidis haec evolvisse sub antris
mulcentem tigres et agentem carmine quercus;
qualis populea maerens philomela sub umbra
amissos queritur fetus, quos durus arator
observans nido implumes detraxit; at illa
flet noctem ramoque sedens miserabile carmen
integrat et maestis late loca questibus implet.
Nulla Venus, non ulli animum flexere hymenaei.
Solus Hyperboreas glacies Tanaimque nivalem
arvaque Riphaeis numquam viduata pruinis
lustrabat raptam Eurydicen atque inrita Ditis
dona querens; spretae Ciconum quo munere matres
inter sacra deum nocturnique orgia Bacchi
discerptum latos iuvenem sparsere per agros.
Tum quoque marmorea caput a cervice revulsum
gurgite cum medio portans Oeagrius Hebrus
volveret, Eurydicen vox ipsa et frigida lingua
ah miseram Eurydicen! anima fugiente vocabat:
Eurydicen toto referebant flumine ripae.

[Traducción al español de Eugenio de Ochoa: Es fama que siete meses enteros pasó él llorando bajo una altísima peña a la margen del solitario Estrimón, y repitiendo sus desventuras en aquellas heladas cavernas, amansando a los tigres y arrastrando tras sí las selvas con sus cantos. No de otra suerte, la doliente Filomela lamenta entre las ramas de un álamo sus perdidos hijuelos, que, puesto en acecho, le robó del nido, implumes todavía, el despiadado labrador; llora ella toda la noche, y desde la rama en que se posa, repite sus lastimeros trinos, llenando los vecinos bosques con sus desoladas quejas. Así el mísero Orfeo: no hay ya amor, no hay ya himeneo que cautive su corazón; solo con su dolor recorría las heladas regiones hiperbóreas, el nevado Tanais y los campos del Rifeo, siempre cubiertos de escarchas, lamentando su arrebatada Eurídice y los vanos dones de Dite. Menospreciadas de él, por efecto de aquel tan grande amor, las mujeres de los Cicones despedazaron al mancebo en medio de los sacrificios de los dioses y de las nocturnas orgías de Baco y esparcieron sus miembros por los campos, y aun cuando ya el Hebro eagrio arrastraba entre sus ondas su cabeza, arrancada del alabastrino cuello, todavía su voz, todavía su helada lengua iba clamando con desfallecido aliento: “¡Oh Eurídice, oh mísera Eurídice!”, y “¡Eurídice, Eurídice!” repetían en toda su extensión las márgenes del río. Y al inglés, de J. B. Greenough: For seven whole months unceasingly, men say, / beneath a skyey crag, by thy lone wave, / strymon, he wept, and in the caverns chill / unrolled his story, melting tigers’ hearts, / and leading with his lay the oaks along. / as in the poplar-shade a nightingale / mourns her lost young, which some relentless swain, / spying, from the nest has torn unfledged, but she / wails the long night, and perched upon a spray / with sad insistence pipes her dolorous strain, / till all the region with her wrongs o’erflows. / No love, no new desire, constrained his soul: / by snow-bound Tanais and the icy north, / far steppes to frost Rhipaean forever wed, / alone he wandered, lost Eurydice / lamenting, and the gifts of Dis ungiven. / Scorned by which tribute the Ciconian dames, / amid their awful Bacchanalian rites / and midnight revellings, tore him limb from limb, / and strewed his fragments over the wide fields. / Then too, even then, what time the Hebrus stream, / Oeagrian Hebrus, down mid-current rolled, / rent from the marble neck, his drifting head, / the death-chilled tongue found yet a voice to cry / ‘Eurydice! ah! poor Eurydice!’ / with parting breath he called her, and the banks / from the broad stream caught up ‘Eurydice!’]